Historias del Cáncer

El mejor lemon pie del mundo

Una tarde de verano conocí a Graciela. Era una bellísima mujer de unos cuarenta años. Tenía la tez muy blanca decorada con miles de pequeñas y delicadas pecas que a hacían verse aún más joven. Era menuda y vestía su lindo cuerpo de forma elegante, favorecedora y juvenil. Al principio me costó notar que usaba una peluca, ya que era de una muy buena calidad de cabello natural en tonos castaños claros cobrizos. La misma le llegaba a los hombros y era bastante lacia. Parecía que había sido hecha exclusivamente para ella.

  Tenía un agresivo cáncer de ovarios. Había sido operada y se le habían extirpado la totalidad de sus órganos reproductores. Además ya había hecho un tratamiento quimioterápico en otra institución, por lo cual entendí el uso de la peluca.

  Siempre fue una persona amable, correcta y ubicada. Toda una dama con una voz cálida y sensual. Siempre hablaba de cosas superficiales y no era muy dada a la conversación con el resto de los pacientes. Pero lo que más me llamaba la atención es que siempre venía sola. Era la única paciente que jamás había traído un acompañante ni a las consultas con el doctor Balistrelli ni a los tratamientos conmigo.

  A mí me daba un poco de temor preguntar el motivo de su soledad, pero a la vez la curiosidad era muy importante. No podía imaginar el porqué en una situación tan delicada, nadie de tu círculo familiar o de amigos no quisiera acompañarte, o porqué tú no permitirías que lo hicieran.

  A medida que el tiempo pasaba me fui encariñando cada vez más con la linda señora. Poco a poco entablábamos una relación aunque algo distante y superficial. Hasta que un día descubrí la pasión de Graciela: la cocina. En una de las tantas charlas triviales que compartíamos con el grupo de turno salió el tema de las comidas favoritas, los modos de preparar ciertos alimentos y postres. Era como un pez en el agua, era lo suyo. Habló de todo, cómo nunca lo había hecho. Compartió secretos culinarios con los otros pacientes a los cuales siempre educadamente ignoraba. Nos contó de algunas recetas propias y experiencias en la cocina. Ella no era chef ni siquiera cocinera profesional pero su amor por la cocina la hacía olvidarse de todo. Era un bálsamo para su alma.

  En esa época yo no tenía gran destreza en la cocina. Hacía poco que vivía sola y a veces no tenía mucho tiempo para cocinar. Era muy básica en mi alimentación y sólo algunos fines de semana podía darme el lujo de hacer algún platillo más elaborado. Le conté que siempre había querido hacer lemon pie pero que nadie en mi entorno sabía cómo hacerlo. Su rostro pareció iluminarse pues era una de sus especialidades. Tenía una receta propia sencilla, económica y deliciosa. Recuerdo anotar los ingredientes y algunos tips de preparación en dos o tres post-it (esos papelitos amarillos con una línea adhesiva un la parte superior) y guardarlos como un tesoro en mi billetera. Me hizo prometer que ni bien lo hiciera le contara el resultado de mi primera incursión.

  Tiempo después reuní los ingredientes necesarios para preparar el delicioso manjar y puse manos a la obra. Tuve algunos inconvenientes en el desarrollo pero el resultado fue bastante aceptable. No me salió muy prolijo pero el sabor era increíble. Para esa época ella ya había terminado su tratamiento y no había vuelto para hacer controles.

  Aunque me daba un poco de vergüenza, llevé una porción de mi lemon pie para convidar al doctor Balistrelli y a Alejandra (la nueva secretaria). A mi querido doctor le encantó y devoró su porción rápidamente haciéndome prometer que la próxima vez que preparara lemon pie le llevaría nuevamente un pedacito (aunque me pidió que fuera más grande). Le conté que era una receta de su paciente Graciela y me contó que ya no la veríamos más por el consultorio porque estaba haciendo un nuevo tratamiento que requería su internación, ya que el último desgraciadamente no había sido exitoso.  Me hubiera gustado contarle que puse en práctica su receta y que me salió bastante bien para ser la primera vez.

  Unos meses más tarde la vi llegar acompañada de un chico muy guapo de unos quince años. Llevaba el cabello muy corto algo más oscuro con pequeños rulos. Se veía  bella como siempre. La saludé brevemente porque ella venía sobre la hora a la consulta con Balistrelli y yo estaba también muy ocupada. Cuando salió fue a buscarme a mi puesto de trabajo y me contó que el chico que la acompañaba era su hijo mayor y que otro más pequeño estaba esperándola con su ahora exmarido. El cáncer había arrasado no solo con su salud sino también con su relación de pareja. Pero ahora estaba saliendo a flote y se sentía más fuerte que nunca. Se fue a vivir con una amiga y descubrió que no estaba sola. Ella había alejado a todos porque no había sabido cómo manejar todo lo que le estaba pasando al mismo tiempo.

  Se tocó el cabello y me preguntó si me gustaba el nuevo estilo. Era su cabello natural que ya había crecido un poco. La verdad es que se veía muy bien y se lo dije.  También le conté que había practicado su receta un par de veces y que era muy elogiada por ello. Se puso muy contenta y se alegró por las dos. Me dio un abrazo y se despidió. Nunca más volví a verla.

  Con el tiempo y la práctica los lemon pie cada vez me salieron mejor. Ahora son una de mis especialidades. Aún conservo los viejos pos-it en mi billetera y cada vez que preparo su receta la recuerdo con mucho cariño.



Anavíazul

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En el texto hay: esperanza, medicina, historiascortas

Editado: 10.04.2020

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