Historias del Cáncer

El enorme oriental

La cálida tarde primaveral marchaba como siempre. No habían muchos pacientes y el clima estaba muy lindo para usar ropa más liviana. Sin previo aviso el doctor Talles Medeiro se presentó en mi zona de trabajo con un hombre de casi un metro noventa, muy musculoso y de rasgos asiáticos. Vestía unos jeans y una camiseta blanca muy ajustada. No tenía ni un solo cabello, ni siquiera en sus cejas o pestañas. Su presencia era imponente y su mirada penetrante.

  Lo llevé hasta uno de los sillones que estaba desocupado e inmediatamente proseguí a oír las instrucciones que el doctor me estaba dando para su tratamiento. El monumental hombre padecía un raro tipo de linfoma de células T, llamado linfoma anaplásico de células grandes, ALK positivo. Seguramente para la mayoría es como si la que hablara chino fuera yo pero les aseguro que al ser un diagnóstico poco común, yo también tuve que estudiar de qué se trataba.

  Su tratamiento consistía en un cóctel de drogas que yo ya conocía pero que no sabía que también eran efectivos para este tipo de linfoma. Por suerte para él su pronóstico era bastante alentador.

  Lo malo es que a pesar de tener un cuerpo sumamente musculoso, no se le veía ni rastro de sus venas. Su cuerpo parecía hecho de cera. La primera vez que tuve que pinchar su brazo me fue sumamente difícil encontrar una buena vena para introducir la aguja. A medida que pasaban los minutos yo me ponía más nerviosa porque no quería clavar la aguja y no tener éxito en mi propósito. Y eso fue exactamente lo que sucedió. No fue en el primero, ni en el segundo, sino en el tercer intento que di con la ansiada vena. Me sentía tan mal por haber lastimado su brazo en tres oportunidades que me daba vergüenza verlo a la cara. Nunca me había pasado eso, ni siquiera cuando había comenzado mis prácticas hacía ya varios años. Su semblante era el mismo desde que entró en mi campo visual. Era inmutable y parecía tallado en granito. En ningún momento vi alterada la expresión dura de su rostro. Parecía como los ninjas de las películas que solía ver con mi papá cuando era pequeña. Y para empeorar la situación, yo le hablaba pidiéndole disculpas por el proceder fallido y él no me respondía más que una especie de gruñido. Aunque tampoco me había hablado en ningún otro momento. Solo hacía algún que otro gesto de vez en cuando. No sabía si no me entendía, si realmente hablaba solo chino o si yo le provocaba tal fastidio que no le interesaba responderme.

  Desgraciadamente esta situación se repitió cada vez que vino a tratarse. Cuando era día de su tratamiento, yo ponía especial énfasis en su persona. Me mentalizaba para tranquilizar mis nervios antes de tiempo y ponía en práctica todas las técnicas que conocía para no dañarlo en el proceso. Siempre traté de ser simpática y empática con todos mis pacientes, pero con el tal Lee parecía que perdía mi toque. No encontraba manera de llegar a él de ninguna manera. Se dice que uno no puede caerle bien a todo el mundo pero para mí era importante y lo sigue siendo al menos hacer sentir bien al otro y más cuando está en una situación tan delicada. Sin agregar más dolor del que ya enfrentan.

  La última vez que vino, fue la única dónde hundí la aguja en su brazo y a la primera encontré el tesoro tan buscado. Tenía ganas de bailar y llorar de la emoción, pero me contuve para no parecer más idiota de lo que seguramente el oriental me consideraba. Conecté la aguja mariposa a la vía y al sachet de suero con el medicamento y dejé que el procedimiento siguiera su curso natural, esperando que la vena no se reventara y hubiera que repetir el suplicio. Alrededor de una hora y media más tarde retiré todos los implementos y ya mi alma había vuelto a mi cuerpo.

   Terminé de colocar la pequeña porción de algodón con cinta adhesiva en su brazo sobre donde antes estuvo la aguja y con una sonrisa lo despedí deseándole suerte. El imponente hombre se levantó y por primera vez pude oír su grave voz: -Gracias- dijo y me quedé estática. Al final si hablaba español y eso fue todo lo que pude saber de él.

  Nunca más volvió a tratamiento, pero eso era algo que se esperaba. Y como siempre, aprendí de una nueva experiencia. Nadie es infalible en lo que hace pero lo importante es no darse por vencido y poner el corazón en todo lo que hacemos. Más cuando estamos frente a seres humanos, cualquiera sea su condición.



Anavíazul

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En el texto hay: esperanza, medicina, historiascortas

Editado: 10.04.2020

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