Huesos para Adhira

X

Lynch Knowlton se sorprendió al ver donde estaba el hogar del profesor Armelo Fabricci, un conservador del Museo Británico, no era más que un pequeño apartamento de un edifico cochambroso en pleno Canary Wharf, donde perros caminaban hambrientos y llenos de pulgas. Dumm se adelantó y subió los escalones de un salto. Apretó un timbre y sonó un chirrido. Lynch se dio prisa por alcanzarle.

    Todo estaba cubierto por una ligera capa de polvo.

   —¿Quién? —se oyó una voz entrecortada por el escacharrado telefonillo.

   —Lynch Knowlton, Policía metropolitana.

   Al otro lado de la línea, el hombre titubeó unos segundos.

   —Vale, pasen.

   La puerta emitió un zumbido y Duum la empujó para abrirla. Dentro, había un pesado olor a humedad. La luz no funcionaba, solo quedaba la luz del amanecer por la puerta. Sus pasos reverberaron en el largo pasillo; aparte de eso, todo estaba en silencio, con gran expectación.

    Lynch se sorprendió al encontrarse cara a cara con algo que no había visto. Unos ojos con las venas marcadas le miraban desde un rincón. El hombre que lo miraba tenía diez años mas que el agente, y unas profundas arrugas surcaban su rostro frío.

   —Mejor por las escaleras —dijo Dumm, alejándose de un ascensor escabroso con espesas manchas marrones.

    Lynch se giró hacia las escaleras. Le vendía bien el ejercicio. Y la idea de meterse en esa cabina claustrofóbica no le llamaba mucho la atención.

    —Sí, mejor.

   Dos pisos mas arriba, otro pasillo largo le dio la bienvenida a ambos agentes con un olor a gato muerto. Si llego a saber, pensó Lynch, me quedo en comisaria. Se giraran al escuchar chasquidos en una de las puertas. Tras quitar los cinco pestillos, la puerta número veintidós se abrió.

    —Pasen —dijo un hombre joven con un ligero acento francés.

    Lynch entró primero y siguió al hombre, al que apenas veía por la penumbra de la entrada. Dumm cerró la puerta con delicadeza. El pasillo giraba a la derecha y cuando los agentes llegaron a ese lugar, el hombre cerro rápidamente una puerta y siguió adelante.

    —Vengan al salón, por favor.

    El salón estaba mejor iluminado, con una ventana por la que entraba una brisa que traía el frescor del verano inglés. La cocina estaba justo a lado, y se conectaba  con el salón por una abertura en la pared. El hombre se sentó junto a la ventana. Lynch tomó asiento en un sillón sin que se lo ofreciera nadie.

    Los pocos muebles que habían (que parecían comprados en un mercadillo) estaban llenos de cosas desordenadas. Camisetas arrugadas, envases sucios y vasos a punto de hacerse añicos contra el suelo. Un olor a papel flotaba en el aire. Varios fajos de papeles estaban apilados sobre un escritorio junto a un cartón de pizza; seguramente trabajo acumulado de Fabricci, Dumm se dio cuenta que junto a él había un sobre de papel manila.

    —¿Quieren tomar algo? —preguntó el joven, su voz delataba que estaba algo nervioso.

    —No, tranquilo —respondió Lynch, a pesar de que se moría de hambre—. Hemos venido a hacerle unas preguntas. ¿Armelo Fabricci vie aquí?

    El joven asintió mientras juntaba las manos. Llevaba pantalones vaqueros cortos hasta las rodillas. En ambas orejas tenía dos pendientes con piedras negras, y un tatuaje de una especie de fénix alzándose en su pantorrilla. Su camisa negra rezaba una frase con letras blancas de Edgar Alan Poe: “A la muerte se le toma de frente, con valor, y después, se le invita a una copa…” A la frase la acompañaba una caricatura de Poe con una parca cadavérica, festejando como borracho, y con una copa en la mano.

    Lynch sacó un bloc de hojas amarillentas y pasó varias páginas ya garabateadas. Luego, chasqueo el bolígrafo.

   —Y usted, ¿vive también aquí?

   —Sí.

   —Y se llama…

   —Grégorie Chevré —separó las letras para que el agente lo escribiera bien en su pequeña libreta.

   —¿Es la pareja del señor Fabricci?

   El joven dio un respingo y sonrió tímidamente.

   —No, éramos amigos. Armelo era todo menos… —pareció buscar una palabra que no fuera ofensiva para nadie—eso. Tenía bastante facilidad para las mujeres, solía ligar siempre que se lo proponía, ¿saben?

   —Trabajaba en el Museo Británico, como conservador, ¿verdad. Dígame, Grégorie, ¿en que trabajaba en estos momentos?

   El hombre se giró y miró al otro agente como si quisiera cambiar de pregunta. Se revolvió un poco y en su asiento y negó con la cabeza.

    —La verdad, no se muy bien en que hacía ahora. Me comentó hace un mes algo de una exposición, pero nada más.



J. R. Cascales

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En el texto hay: asesinatos, misterio, terror

Editado: 05.04.2018

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