Injusticia Divina

-Capítulo siete- Sangrienta discordia

A medio día estábamos en carretera, con destino directo a Watford, listos para recorrer los 25 kilómetros que teníamos en frente sin desvío alguno. Estábamos en la autopista, con el monótono sonido de las ruedas deslizándose sobre el pavimento, incitando una inminente y soporífera conversación de las típicas que a Frank le gusta espolear en tales momentos, sin que le importe lo más mínimo la paz ajena. Se notaba inquieto; sus dedos golpeaban imparablemente el volante de su Mercedes-Benz, advirtiéndome, como dije, de una inminente conversación.

—¿Te sientes bien? —cuestionó cumpliendo lo que esperaba desde que salimos.

—¿A qué te refieres?

—La extrañas, ¿No es así? A la chica Sumpter…

—Ah, sí, la extraño, desde sus raras frases hasta su hermosa sonrisa. —respondí con la imagen de su rostro delante de mí.

—Ya lo creo que sí —Interpeló aún con su agitación, como si quisiera expulsar algo más de su arrugada boca—. ¿Sabes? Todavía extraño a Hadassah. La pienso todos los días desde que nos separamos. Fui un idiota, ahora lo sé. ¡Maldición! —Golpeó el volante e hizo una pausa—. ¿Qué piensas si…?

—Ya sé a qué quieres llegar. —interpuse.

—Sí, me arrepentí de lo que hice, James. Sé que no tengo la oportunidad de enmendar lo que hice, pero con la más mínima referencia de querer volver conmigo, no lo pensaría dos veces para estar a su lado.

—Si estás tan arrepentido, ¿Por qué no lo pensaste dos veces antes de firmar esa carta de divorcio?

—Llegué a un momento de estrés. Teníamos mucho trabajo, tú estabas ahí, eras… bueno, eres mi favorito, James.

—Soy tu único contacto…

—¡No me interrumpas! Como decía; teníamos tanto trabajo que el estrés me nubló la vista, mente y corazón hasta el punto de dejar el interés por mi matrimonio. Ella no lo merecía, no merece esto, y ahora sé que fui un idiota. ¿Cómo enmendarías algo así?

—Debes decirle lo que sientes de verdad, pedirle perdón y escuchar lo que tiene que decir. Deben resolverlo platicando como personas maduras y enamoradas que son. Bueno… si es que aún está enamorada de ti.

—Ese fue mi error, nunca la escuché. Siempre ha sido así de simple, ¿No? —Interpeló con gracia—. Sólo tenía que escucharla, y lo que hice fue escucharme a mí mismo. —Agregó viendo ceñidamente la carretera como si internamente tuviera una discusión consigo mismo. Se creó un momento de silencio, dándole un poco de espacio para que recapacitara más de la cuenta como se evidenciaba—. Gracias, James. De verdad te hiciste bueno en esto de las relaciones. ¿Quién lo diría? James Mercer Townley, todo un Don Juan.

—Eso creo. Lo cierto es que sin Lisa nunca hubiera sabido que muy profundo en mi alma tenía algo de humanidad para dar.

—Me alegra saberlo. Debo agradecerle en persona por haberlo logrado, la verdad es que ya me estaba cansando de no recibir de parte tuya el trato que merezco. —voceó riendo.

—No te hagas ilusiones, en la oficina todo seguirá como antes. —respondí siguiéndole el juego.

Reímos en todo el trayecto, recordando viejos actos estúpidos y haciendo chistes de humor oscuro con respecto a los homicidios que habíamos efectuado. Cualquier persona en su sano juicio habría etiquetado dicha conversación como Taboo o algo relacionado con temas retorcidos y desagradables. No obstante, pese a que el tema no era normal; ninguno de los dos trabajaba o hacía cosas que la sociedad o la ley vieran como normales.

“Cada loco con su locura” Fue la frase de esa tarde.

Arribamos a Watford conduciendo en los barrios bajos de la ciudad, calle Kingston XIII, para ser exacto. Frank conducía atento al igual que yo, esperando ver por alguna parte estacionado el viejo Mercedes Benz que el suegro de Cóndor le había regalado a la pareja como obsequio por su matrimonio. Buscábamos atentos la parte trasera y oxidada del vehículo por algún lado, hasta que después de diez minutos de ardua búsqueda, apareció cinco cuadras más al sur de donde esperábamos encontrarlo. Nos dirigimos al lugar con cautela, pues la familia nos conocía a ambos. Estacionamos el auto cien metros antes de la propiedad y caminamos hasta la casa abandonada, en la cual, como era de esperarse, la puerta estaba cerrada desde adentro. Frank no se hizo esperar; tomó una roca que estaba en el sucio jardín y la arrojó contra una de las ventanas.

—¿Qui…quién está ahí? —Preguntó acobardado Cóndor, apuntándonos con una escopeta recortada mientras atravesábamos la sucia ventana—. Ah, Dios, sólo son ustedes. ¿Qué demonios están haciendo aquí?

—Podríamos preguntarte lo mismo, idiota. —respondí colérico.

—Yo… pues, yo vivo aquí…

—Tú no vives aquí. Hemos ido a tu casa, ¿Ya lo olvidaste? —dijo Franklin.



A.M. Castillo

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En el texto hay: romance, drama, accion

Editado: 06.10.2019

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