La Caperuz Roja

La Caperuza Roja

A diferencia de lo que muchos creen, Caperucita Roja no regresó inmediatamente a su hogar después de que el amable leñador mató al infeliz del lobo feroz. Más bien, Caperucita Roja optó por dejar a su abuela con una íntima amiga en medio del bosque, y regresar dando saltitos por el camino hasta llegar a la otrora inocente casa de su abuelita, un poco para regresar por las galletitas que había olvidado, y un poco para husmear y ver si encontraba algún objeto digno de admiración: quizá alguna baratija para ponerse en el cabello, o con suerte, unos zapatos lindos mejores a los de la Cenicienta, quien ya tenía harta al Reino con su continuo parloteo sobre sus pies pequeños que cabían a la perfección en las zapatillas de cristal.

          Al abrir la puerta sintió un molesto retortijón en su estómago cuando descubrió con asco al lobo muerto aún tendido en el suelo, despanzurrado y emanando un penetrante olor a podredumbre. Después de recuperarse del asco inicial, Caperucita entró a la casa de su abuelita, y cuál no sería su sorpresa al ver que el amable leñador que recién las había salvado, se encontraba ahora saqueando y robando las joyas de la abuelita, mientras maldecía el hecho de que la anciana no recibiera una buena pensión del Reino de Nunca Jamás.
-¡Amable leñador!, ¿Pero qué hace?-dijo la pobre Caperucita, mientras abría como platos ambos ojos-¿Está usted robando las cosas de mi abuelita?
-No, no. Sólo las arreglo para cuando llegue tu abuelita-replicó lleno de nerviosismo-no le vayas a decir, es que es una sorpresita.
          Caperucita se llevó ambas manos a la cintura y levantó una ceja, demostrándole con su gesto al leñador que quizá no sabría dar con las casas y su sentido de la ubicación era pésimo, pero eso no significaba que fuera una tonta como la Blanca Nieves esa que se comía manzanas con analgésicos triturados sólo porque una anciana con nariz falsa se lo pedía.
           Mientras tanto, el leñador buscaba en el despoblado espacio de su cerebro que decirle a Caperucita, cómo explicarle que necesitaba dinero para comprar el maldito seguro médico del reino para su hijo, sin que la niña lo acribillara con interrogantes; es que esa maldita Caperucita tenía la nociva costumbre de hacer preguntas a diestra y siniestra, cosa fatal en un Reino sin complicaciones como en el que vivían. ¿Qué acaso ya no se acordaba que el lobo se la había comido en primer lugar por llegar preguntándole de sus ojos, y de su boca, y de su voz? ¿Es que acaso nadie había aprendido nada de Alicia, que se había perdido en el País de las Maravillas por andar husmeando en lugares que no le incumbían? ¿O qué tal a lo que le había pasado a los ositos, que por andar preguntado sobre la temperatura de su sopa se habían encontrado con Ricitos de Oro y su decolorado artificial? No, no, no, nadie aprendía nada útil en ese Reino, sólo a decorar la casa y a cantar y a hilar y a pasarse la vida bailando en los bosques con animales parlanchines que luego terminaban comiéndose.

El leñador volvió a fijar el rostro nervioso en Caperucita, y su mirada inquisitiva que lo amedrentaba hasta hacerlo sentir tan chiquito como Gulliver, cuando de pronto se percató de una cosa: esa caperuza roja que tanto orgullo provocaba en Caperucita no era precisamente suya; el leñador la había visto en otra parte, y en otra persona….bueno, en otro habitante del Reino.
-¡Ya sé por qué vino el lobo por ti!-dijo -¡esa caperuza es de su hijita!
 Caperucita, descubierta de improvisto, inmediatamente buscó excusas pero, por su mueca inicial de sorpresa, era bastante obvio que como el leñador decía, la caperuza era de la hija del lobo. Buscó y buscó por su cabeza todo tipo de soluciones para zafarse del problema, pero fue incapaz de encontrarlas; después de todo, Caperucita tenía problemas para el pensamiento analítico porque esa clase, por ser impartida por la Bella Durmiente, era interrumpida cada hora por los accesos de sueños que aún sufría la maestra.

 Por su parte, el leñador pensó que Caperucita no pensaba bien simple y sencillamente porque la caperuza le apretaba demasiado el cerebro y le impedía pensar claramente, como aparentemente sucedía con todas las princesas del reino una vez que les acomodaban las coronas.
-Ya recuerdo-siguió acusando el leñador- esa caperuza roja se puso muy de moda después de que una de las princesas del Reino la modeló hace apenas unos meses. Creo que era Rapunzel-se llevó un dedo a la barbilla-, sí, era ella, porque recuerdo perfectamente que me reí a carcajadas cuando los pies se le enredaron con el cabello y se cayó de narices con todo y caperuza.

 En otras circunstancias, Caperucita también se habría reído del incidente, pero lo cierto es que estaba aterrorizada por lo que el leñador había descubierto, y aún peor, por lo que podría divulgar sobre ella. En el Reino no había nada más tenebroso que los rumores…ah, y las brujas malvadas. Pero aún éstas palidecían frente a las consecuencias negativas de los chismes.
 Al verse sin escapatoria, y con la frente perlada de sudor, Caperucita sólo le confirmó al leñador sus sospechas: sí, Caperucita roja había robado esa caperuza, y el lobo sólo había vuelto por ella. Pero, ¿Qué más daba? El lobo estaba muerto, la lobita era demasiado peluda para usar una caperuza, y nadie tenía por qué enterarse de ningún asunto.

 De igual manera, nadie tenía por qué saber que el leñador se había robado una que otra cosa de la abuelita, si ambos acordaban no divulgar lo que el otro había hecho.
Sin más que decirle, caperucita salió de la casa de su abuelita con las galletitas por las que había vuelto en sus manos, y se las regaló a los hermanos Grimm, convenciéndolos tácitamente de que hicieran una versión sobre el suceso un poco más “conveniente” porque, si de algo estaba hecho el Reino de Nunca Jamás, era de cuentos de hadas. Y colorín, colorado, con Caperucita roja dando saltitos por el bosque con su caperuza roja robada, este cuento se ha acabado. 
Quizá.



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En el texto hay: ironia, parodia, caperucitaroja

Editado: 24.10.2020

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