La chica del tiempo

Capítulo XVI

La figura de Cronos se movió lentamente hasta la fuente y ahí quedó estática.

– Las personas se han olvidado de los Dioses griegos ya, no veo porqué te escucharía a ti, un simple mortal que no cree en nada. – renegó él.

– Desde la llegada de Zenda he abierto mi mente a posibilidades de que los dioses existen. – repuse en mi defensa. – Si no fuera así, no estuviera aquí pidiendo tu ayuda.

La risa amortiguada de Cronos resonó en mis oídos.

Me acerqué hasta su sombra, ya que viéndola más de cerca parecía humo lo que emanaba de ella, uno muy oscuro y tóxico.

– Entonces habla, mortal. – hizo una pausa y levantó su brazo en señal a mí materializando una mano. – ¿Cuáles son tus preguntas?

Me lo pensé dos veces y me armé de valor sin pensarlo dos veces, aunque aún así temía que Zenda pudiera llegar a enfadarse conmigo.

– ¿Fuiste tú quien aparecía el reloj al final de mis sueños?

– Claro que fui yo, Zenda es demasiado débil para hacer tal cosa sin ayuda de alguien. – respondió en un tono menos distorsionado.

– ¿Qué significa entonces? – pregunté intrigado.

– ¿Zenda no lo mencionó? – su voz tenía un deje de confusión. – O tal vez ya lo olvidó... – esperó mi respuesta, pero me negaba a responder si él no lo hacía primero. – Lo que las Moiras adoran tener como un adorno personal es un reloj de arena. Como Zenda ya te habrá dicho, es una mujer sagrada y por lo tanto no es inmortal.

El aire se me escapó de lleno.

– ¿Cómo que no es inmortal? Ella fue creada por ti. – sentía la ira corriendo por mis venas pero no sabía la razón en concreto.

– Fue creada por mí, sin embargo, no. – Cronos respondió con un tono divertido y casi podía ver una sonrisa detrás de todo ese humo. – Zenda fue creada para vivir mucho más que los mortales normales; en pocas palabras y para que tu cabeza lo asimile, el proceso de crecimiento de Zenda fue deteriorado, ha vivido más que tú, sin embargo, apenas tiene tu edad. – rió de nuevo. – ¿Eso no la hace exótica?

– Quieres decir que ella no es inmortal pero aún así tendrá un periodo largo de vida. – afirmé pero su risa que ya comenzaba a molestar se hizo presente.

– No. A eso viene el reloj de arena. – se movió por el jardín incitando a que lo siguiera. – Cuando lo viste por última vez, había avanzado inusualmente demasiado, ¿no?

– ¿Y eso qué? – respondí a la defensiva.

– Zenda, como todos, tiene un objetivo en este universo. – respondió y llegamos a los rosales más bonitos que había visto. – La creé para que amara... Para que me amara. Pero ella se negó a hacerlo y en cambio se enamoró de un mortal – las rosas comenzaron a deteriorarse. –, en ese entonces tenía una vida prolongada por lo menos un milenio... Y fue entonces cuando hizo ese absurdo trato para colarse entre tus sueños y a cambio dio la mitad de su vida.

» Fue por eso que me enfadé con ella y le impedía verte, y aunque quinientos años me eran suficientes para aprovechar su belleza, no era la parte completa de su trato.

» Había un castigo para ella. Si tú te enamorabas cada vez más de ella, su vida se reduciría con constancia. Incluso se lo advirtieron las Moiras, pero ella no tenía elección. Sentía esta tonta necesidad de salvar tu alma.

» El reloj de arena representa la vida que le queda a Zenda y como está claro, ya no lo puedes ver. Pero esa no es la mejor parte, no.

» Ésa chica, como tú la llamas, tiene una gran condena en sus hombros, la cual sí fue de mi parte, pero inconscientemente.

» “Cuando tu corazón lata con desesperación, cuando sientas mariposas en tu estómago y sientas a ese ser como el núcleo de tu vida; es ahí cuando sentirás la sensación de amar... Y tal será el único ser que puedas amar. Si éste desaparece, tú morirás de tristeza...”– Cronos paró en seco omitiendo una parte. – Y esa fue su condena.

Me quedé estupefacto y con un gran dolor en el pecho.

– No te sientas especial. – la sombra de Cronos apareció a mi lado. – Ella tampoco pudo elegir a quién amar. Cuando comenzó a observarte en el oráculo simplemente tenía curiosidad, pero al poco tiempo, las mariposas surgieron y ella no tuvo otra elección.

El humo se alzó un poco y la figura del Dios comenzó a hacerse borrosa ante mis ojos.

Él había escuchado mis pensamientos todo este tiempo pues sabía que yo había pensado algo similar cuando Zenda me lo había contado todo.

– En cuanto a las demás dudas que tengas, mi querida Zenda te lo puede contestar. – en vez de que su figura se elevara a los cielos como pensé que pasaría, se convirtió en una hilera de humo e hizo un rápido recorrido a las barandas del jardín.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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