La chica y el vínculo

Capítulo 13; Exilio y concilio

Hace más de tres días, todo el reino de Arnau se había alertado... una amenaza inminente comenzaba a brotar, a descontrolarse. Aquella famosa peste, o más bien muerte intencional, había culminado con la vida de cinco o hasta más personas: El pueblo estaba de luto, todos lloraban por los caídos, por esos que no pudieron luchar contra las fuerzas del mal.

La angustia, desesperación y preocupación se implantaban en las mentes de los aldeanos, forzándolos a caer en depresión, a no querer salir de sus casas, a no alimentarse. Arnau se vio cubierto por un cielo gris, mustio e impenetrable capaz de arrebatar la esperanza de todo aquel que habitara bajo él.

Cada individuo que contraía aquella peste se veía sometido por distintos síntomas. Comenzaba por una leve tos seguida de vómitos, dolor abdominal y un pulso bastante acelerado... días después, las fasciculaciones y la lumbalgia entraban al terreno para dejar su marca, causando una rotunda agonía y terror en los residentes.

¿Lo peor de todo eso? Es que había una sola persona que se encargaba de ellos. Conrad, el curandero exclusivo y por excelencia era quien trataba el virus tan dañino que había llegado. Estaba acompañado por sus dos aprendices, Aspen y Edith, pero no le era suficiente.

El joven paje se encargaba de acarrear con cubos repletos de agua para aliviar la fiebre, mientras que Edith se ocupaba de ir y venir en busca de los recipientes que contenían los hierbajos medicinales y ungüentos requeridos. Todos allí hacían lo posible por resguardar un poco más las vidas de los achacosos e intentar resolver dicha mortandad.

—Hemos perdido a dos más—comentó Edith con la mirada gacha—, una mujer y su niño —concretó. La chica no pudo evitar sentirse mal, no pudo resistirse a llorar... estaban muriendo, y todo el peso recaía en ellos tres.

—Aspen, niño, a partir de ahora has de encargarte de los cuerpos —dijo el curandero bastante serio mientras se llevaba la mano a la cabeza.

—¿A dónde los llevareis? —preguntó Edith.

—Eso no importa, chiquilla—protestó el masculino—, ahora tráeme el recipiente con el tubérculo —le ordenó.

Cada uno siguió con su deber al pie de la letra: Aspen levantó los cuerpos ya inertes y los cargó en una carreta para llevarlos a quién sabe dónde con el propósito de arrojarlos sin piedad alguna. Edith entretanto le alcanzaba los elementos necesarios para que el médico pudiera apaciguar el dolor de los pueblerinos.

—¿Ha sido ese el último? —se cuestionó la colorada.

—Tan solo ha de faltar Aria... vamos, Edith, a ver qué podemos hacer —dijo este mientras se dirigía hacia la moribunda señora. Edith miraba con lástima aquel escenario, no sabía qué otra cosa podía hacer más que esperar a que el especialista pusiera sus sabias manos en ella para sanarla.

—Resista, señorita Aria, se lo imploro —puchereó la moza justo después de llevar sus manos a las de la fémina para sentirse más cercana a ella, y cuando las tocó, pudo percibir el tempano de hielo en el que estas se habían convertido.

La muchacha se recostó a un lado de la cama donde yacía su cuidadora. Permanecería en esa posición lo que fuera necesario hasta que la viera mejor y atendería a cada orden que Conrad le diera con tal de poder contribuir en algo.

—Una tos muy grave, ronca y seca —dijo el curandero —, necesitaré un poco de las raíces espinudas que me habéis traído —Edith asintió y fue en busca de lo que necesitaba. Salió del cuarto y pudo ver el panorama. Un hombre estaba tendido en el suelo, su piel era blanca como la nieve que caía del cielo y de sus labios chorreaba un hilo de sangre: estaba muerto, eso era seguro. ¿Qué demonios habían ingerido los residentes como para enfermar de tal modo?

Sacándose la pregunta de la mente, volvió a lo que le comprometía. Tomó el recipiente y retornó a la habitación, se lo dio a Conrad y observó como este molía las raíces para mezclar la pasta verdosa con agua caliente.

Luego de ello, el masculino tomó tres de sus dedos y los sumergió en el brebaje para frotarlo en el cuello de la enferma, eso aliviaría su tos. Por suerte, la enfermedad de Aria era temprana a comparación de los demás pueblerinos. Esta poseía los primeros síntomas, así que podían actuar con rapidez para salvarla.

—¿Qué es lo que tienen? —se escuchó la voz del paje entrar por la puerta de la morada. Este estaba un poco preocupado por su salud y por la de los otros, no podía creer en lo que se había convertido su tan maravilloso hogar.

—Supongo yo es envenenamiento —indujo Conrad pensativo—, algo habrán introducido en los comestibles que les hubo de causar tan fatídica enfermedad—aseguró. Aspen llevó sus dedos a los labios, estaba sumamente preocupado... ¿y si él también tenía eso? —, al parecer no ha de tratarse de algo contagioso, sino que nuestra gente lo ingiere y decae poco a poco —concluyó.

Edith miró confundida en dirección al curandero. No era común que la comida sufriera alteraciones, no cuando tenían como encargado de abastecer a todos los residentes a un reino tan responsable y pacifico como lo era Austro. A partir de ese momento, todas las personas deberían tener sumo cuidado a la hora de alimentarse con los suministros accesibles de los mercados.

—¿La comida en Arnau está emponzoñada? —curioseó el joven aprendiz.

—Exacto, has de estar en lo correcto Aspen...—dijo Conrad. Los minutos pasaron hasta que por fin algo en la mente del curandero le dio una señal, una idea clara de la que podría llegar a ser la solución a todo aquel embrollo—, pero, algo de lo que poseo yo aquí podría salvar a todos estos míseros. El hongo que Edith y Milosh han recogido puede servir de maravilla, ¡ya mismo me pondré a prepararlo! —exclamó en un pequeño grito de gloria. El hongo tenía propiedades paralizadoras, pero un componente era capaz de aliviar las lumbalgias, una fuerte toxina adormecedora capaz de calmar toda contracción habida y por haber.



Santiago Taberna

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En el texto hay: fantasia, misterios, aventura epica

Editado: 06.01.2021

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