La chica y el vínculo

Capítulo 22; ¿El amor a primera vista?

¿Había escuchado bien? Alain se estremeció cuando las palabras que salían de la boca de la anciana formaban aquel nombre, el nombre de la muchacha a la que tanto había buscado luego de la Gran Ceremonia Real. Boquiabierto por las palabras de su abuela, el masculino expreso una sonrisa de felicidad que dejaba descubiertos todos sus sentimientos a flor de piel. Y Gadea, al verlo tan contento, no hizo otra cosa más que extrañarse.

La anciana se cuestionó el porqué de su hermosa sonrisa, y al muchacho no le quedaba de otra más que explicarle los pasados acontecimientos con aquella enigmática y fugaz pelirroja a la que había conocido. Y así le contó todo, desde la primera mirada que lograron cruzar hasta la última reverencia en señal de despedida... el chocar de sus respiraciones, el intercambio de halagos y, por último, el apasionante beso.

Alain se tomó su tiempo para contarle todo, larguísimos minutos pasaban en los que este detallaba cada acción, cada gesto y cada momento acompañado de un rostro melancólico, embobado. Y cuando por fin terminó de explicar todo, Gadea logró apreciar con mayor claridad la felicidad en los ojos de su nieto: era muy evidente que se sentía feliz al saber que estaba más cerca de reencontrarse con su amor.

Pero como era de costumbre para todos en aquella región, algo siempre acechaba para interrumpir los cálidos momentos, algo o alguien que llegaba a desteñir toda la magia en el ambiente con su presencia... y, en ese caso, se trataba de un desorientado a la par que agotado pelinegro el cual se hacía presente de entre las largas cortinas que separaban una habitación de la otra en la gran casa.

Bastante adormilado, el príncipe observó aquel panorama de arriba hacia abajo sin comprender mucho de lo que estaba aconteciendo. Pero cuando sus ojos por fin pudieron ver con mayor claridad, este se percató de que el fornido sujeto que se posaba frente a él era Alain, el mismo que había roto con la presión social al momento de danzar con su compañera en aquel baile.

Quitándose las pocas lágrimas de los ojos y sin dudarlo dos veces, Milosh se acercó hacia los dos, abuela y nieto, para remarcar atrevidamente que este lo conocía.

—Disculpa...—bisbiseó el joven—, yo te conozco —concretó.

El rubio se acercó a unos metros del príncipe y posteriormente a una reverencia se dignó a contestar.

—Príncipe Milosh de las tierras de Arnau, ¿verdad? —contestó este con una pequeña sonrisa de bienvenida—, yo también le recuerdo, acompañaba a....—antes de que Alain terminara de hablar, Milosh lo interrumpió.

—Sé perfectamente a quién acompañaba, pero he de preferir evitar el asunto —respondió este bastante lamentado.

Milosh bajó su mirada para que ninguno de los dos lo vieran, dejando que una pequeña lagrima cayera desde sus ojos para posteriormente difuminarse en el frío suelo de la mansión. Aquel conmovedor momento hizo que Gadea sintiera culpa de alguna forma... quisiera o no, una parte de ella había generado toda la disputa que los jóvenes estaban viviendo. Y aquel remordimiento fue quien le dio el impulso para abrazar al joven príncipe.

Correspondiendo el cálido abrazo, el mozo se vio un poco más aliviado al saber que todas las diferencias entre él y la anciana habían sido por fin ajustadas. Seguido a ello, Alain y el pelinegro se dirigieron a un lugar mucho más cómodo para comenzar a platicar sobre muchísimas cosas que les habían pasado, a intercambiar y liberar sus incomodidades, aclarar dudas y desmentir otras tantas. Hasta que, sin que ellos se percataran de lo que estaban haciendo, una pequeña amistad se había comenzado a formar.

El tiempo pasó, aquella fuerza mística que jamás se detenía y que iba en constante cambio... aquella fuerza tan poderosa intrincada al destino, con quien hacia un perfecto dúo para determinar las acciones y desembocaduras de todas las personas en el mundo. Horas, horas pasajeras y calmas para Milosh y Alain, pero mortales y engañosas para una joven pelirroja la cual luchaba por sobrevivir en un bosque ahogado de amenazas.

La jovencita se había extraviado en aquel laberintico bosque, su caballo hacia lo posible para esquivar cada rama o roca que se antepusiera en su trayecto, pero la zona era bastante escabrosa, por lo que podrían caer si se despistaban. Edith tenía el control, de ella dependía que su corcel no atentara a la muerte o se fracturara una pata... Erriel poco podía hacer, estaba resguardado en la bolsa de su compañera.

La niebla se había expandido por completo, era como estar corriendo sobre el mismísimo cielo... un lugar monocromático y muy húmedo en el cual cualquiera se podía perder. De vez en cuando se veían cuervos revolotear por los alrededores, pero poco más.

Los lobos les seguían el rastro, corrían detrás de Edith con un solo objetivo: matarla a ella, a su caballo y al zorro para darse el mayor festín que pudieran haber tenido en mucho tiempo.

Sí, era una obviedad... quien antes cazaba para sobrevivir, estaba siendo cazada. El corazón de la muchacha palpitaba sagacísimo, sus manos temblequeaban de vez en cuando provocando cierta desestabilidad al agarrar las riendas del équido.

¿Por qué? ¿Por qué de alguna forma u otra aquella pelirroja terminaba rodeada de situaciones así de difíciles? Era como si el universo le indicara que allí pertenecía... y si, le daba muchísimo miedo ser perseguida por una manada de fieras sanguinarias, pero a la vez aquella adrenalina que le causaba la hacían sentirse libre, satisfecha.

Otro aullido se logró percibir desde las cercanías, un sonido que estremeció por completo el cuerpo de Edith y seguramente a todas las criaturas que merodeaban por dichos paramos. El caballo se detuvo por algunos segundos, pero esta se las ingenió para que siguiera corriendo.

—Malditas criaturas —se quejó la moza para seguidamente acelerar aún más la velocidad del caballo, dándole algunos golpes con las riendas.



Santiago Taberna

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En el texto hay: fantasia, misterios, aventura epica

Editado: 06.01.2021

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