La chica y el vínculo

Capítulo 43; Salavert Henderson

—¿Qué has dicho? —exclamó Octabious.

—Eso mismo, mi querido...—respondió Katerina para, posteriormente, depositar un forzado beso en los labios del hombre.

Aquella unión de labios no era como las otras, no se sentía para nada igual. Parecía que Katerina estaba desesperada por convencerlo, y eso lo abrumaba un poco.

—Salavert Henderson...—repitió una y otra vez en un intento por atar los cabos sueltos. Estaba muy pensativo, con el ceño fruncido y las manos sudorosas: algo se había depositado en su mente y no lo dejaba en paz.

Recordando el pasado, Octabious pensó casi instantáneamente en las unidas dos personas que conocía de su reino, a las dos personas con las cuales, por más poco que hubiera sido, había mantenido contacto... las dos únicas personas que habían tenido un hijo hace años y que jamás habían dado a conocer.

—Convoca a los guardias, Katerina —suspiró con la mirada perdida—, tengo asuntos que responder.

—¿Qué es lo que sucede? —preguntó la castaña.

—Bajo mi protección y soberanía gravitan dos larvas traicioneras... Tobías Salavert y Nora Henderson —masculló el rabioso para, acto seguido, ordenar por segunda vez que buscara a sus lacayos.

Mientras la reina corría para hallar a los soldados reales, Tobías y Nora no se percataban de lo que estaba por acontecer.

La castaña tardó varios minutos en bajar las escaleras, y cuando por fin estaba abajo, se vio interrumpida por una mujer de voz baja que se encontraba en las puertas del palacio con un arsenal de canastas repletas de pan y frutas.

—Señora, ¿qué es lo que busca? —interrogó Katerina a la mayor de edad.

—Majestad —se inclinó lentamente para dar una reverencia—, vengo desde los campos para otorgaros estas ofrendas—la miró al rostro con admiración—. Mi nombre es Isabelle, mi cargo aquí es brindaros todo sustento para...—antes de que la desgreñada campesina pudiera terminar de hablar, se vio interrumpida por su superior.

—Solo le he preguntado que qué es lo que busca, mujer, ¿acaso no ha comprendido mis palabras—contestó déspota—, ¿conoce usted a un tal Tobías Salavert y a una Nora... Henderson?

Cuando Isabelle escuchó aquellos nombres, un sentimiento de duda se depositó en el pecho. Uno que la dejaba inquieta y hasta algo desesperada pues... ¿qué quería aquella mujer de su concubino Tobías?

Sí, un nuevo amorío se había formado bajo las campanadas y los campos de calabaza. Tobías, después de tantísimos años soportando a su mujer, se había atrevido a salir del nido y formar su vida como si nunca se hubieran conocido. Con el tiempo, el exhausto labrador pudo olvidar su vida pasada, y, lastimosa mente, de su hija Edith también.

Isabelle y Tobías se enamoraron hace años, años los cuales fueron necesarios para que la nueva pareja se formara y diera sus frutos: es decir, a dos pequeñas criaturas, una niña y un niño.

En ese periodo de soledad y pobreza, Nora tuvo que optar por brutos medios para conseguir algo con lo que alimentarse. La limosna fue efectiva en un principio, pero cuando la crisis arremetió contra todo Deimos, ganarse la vida significaría mucho más.

La prostitución.

Pasó las noches de casa en casa, brindando sus servicios a todo hombre que quisiera desahogar sus instintos sexuales. Y, al ver la reputación que la desdichada se había ganado en poco tiempo, los burdeles más caros en el Reino del Norte decidieron acoger a Nora.

Era común ver como algunas mujeres accedían a estas prácticas sexuales para sobrevivir, y no era nada del otro mundo, pues todas las personas calificaban a la prostitución como un mal necesario.

Si se eliminaba la prostitución de la sociedad, se desestabilizaría todo debido a los deseos carnales y la burbujeante y peligrosa lujuria.

—¡Mujer! ¡¿no me escucha acaso?! —Isabelle volvió a la tierra cuando escuchó el grito furioso de Katerina.

—S....sí, los conozco. ¿Ha sucedido algo con ellos? —exclamó la mujer.

—Ande, vaya y dígales que morirán pronto. Es mejor que lo sepan y no los tomen por sorpresa, ¿No? —largó una carcajada burlona.

Isabelle quedó petrificada, ¿había escuchado bien? Y era cierto... cuando logró ver con atención, más de diez soldados se estaban armando para ir en busca de los traidores. La femenina tomó su vestido con las manos para comenzar a correr y buscar a su pareja.

Cada paso que daba significaba una pequeña esperanza más de evitar la tragedia. Entre tropiezos, raspones y miradas fulminantes, la exhausta campesina llegó a su casa, donde Tobías se encontraba avivando el fuego que, con su leve flama, mantenía cálido el hogar.

—¡Tobías! —gritó Isabelle.

—Querida, ¿qué ha sucedido? Te noto exaltada —concluyó el hombre, hombre que se veía muy diferente a la última vez que Edith había compartido miradas con él.

Más arrugado, más canoso y más débil, al pobre Tobías se le venían los años encima y la muerte junto a ellos.

—Hombre, debes esconderte. Te están buscando, a ti y a Nora Henderson.

—¿Q... qué? ¿Qué quieren de mí?

—Desconozco la causa, ¡pero, no es momento de preguntas, hombre! ¡corre! —vociferó mientras le daba pequeños empujones para que este se escondiera.

Tobías salió despavorido de la casa para escabullirse a las afueras del Reino del Norte. Entre algún que otro tropezón, el masculino se alejó lo suficiente como para no ser visto por los guardias.

Estaba agotado, había corrido y saltado durante mucho tiempo por los pequeños caminos, pastizales, arboledas y arroyos que había en la zona.

La edad no era la adecuada como para realizar aquel tipo de esfuerzos físicos, ya no era como antes. Pero, sin que este se diera cuenta, estaba llegando a la frontera entre las vastas llanuras y el Bosque de Pocatrol.

Ya habiendo asimilado lo mucho que logró caminar, el viejo decidió adentrarse al gigante verde para que su búsqueda fuera más exhaustiva y dificultosa.



Santiago Taberna

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En el texto hay: fantasia, misterios, aventura epica

Editado: 06.01.2021

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