La clínica

IV

Entraron dos personas. El encargado y otro sujeto, un hombre cincuentón de apariencia afable y modales delicados. Hablaban entre sí:

-Ya fumas esa mierda, no te preocupes negrito pero primero arreglemos al chiquito, preciso me pedían hace rato partecitas como esta.

- Sí doctor, como ordene.

Ambos se acomodaron delantales grandes de carnicero y botas de hule, así mismo se pusieron guantes que les llegaban a los codos, cofia, tapabocas y gafas de seguridad.

Tomaron la hidrolavadora de una esquina, la conectaron y se dispusieron a limpiar a los cadáveres. Rique respiró con suavidad mientras lo lavaban. Los hombres no notaron cuando cerró levemente su boca al ser arañado por la esponja. El agua salpicada en los lentes y el vapor, conspiró para no hacer notar el leve enrojecimiento de su piel.

A Petri lo limpiaron con más vehemencia, restregando sus uñas con un cepillo y siendo untado después de lavado con gel antibacterial. El encargado, luego de la limpieza, fregó el suelo y drenó el agua hacia el desagüe. Su jefe esperó afuera. Ambos silbaban una tonadilla, Rique la reconoció, era la canción “Las tumbas” de Ismael Rivera. Al final ambos rociaron en el aire un líquido con fuerte olor a alcohol, para esterilizar la sala.

-Comenzamos con el chico, seguimos con este- señaló a Rique- de último dejamos los otros dos.

El encargado escuchó la indicación en silencio. Luego guardaron a Negro y a Chucha en los refrigeradores. Lo que siguió a Rique se le quedó grabado en la mente para toda su vida.

Retiraron a Rique a la esquina. Sacaron las pertenencias de las víctimas afuera y dispusieron una mesa con implementos quirúrgicos.

El jefe trazó una línea desde el tórax hasta la ingle; desde allí dibujó otras dos líneas verticales en dirección a los costados dando la forma de una flecha apuntando al pene.

Luego le dieron la vuelta para realizar dos líneas más en la parte lumbar.

Luego pasaron a cortar. Iniciaron con las marcas de la espalda. El galeno rasgó la piel con el bisturí, sujetando cada extremo por chupas de plástico a la piel del cadáver para que no se cerrasen las aberturas. Con sumo cuidado identificó la arteria y la vena renal, calculó cierta distancia y las cortó con las tijeras. Hizo lo mismo con el uréter. Ambos riñones fueron colocados en cajas herméticas. La sangre era succionada con una bomba y depositada en un cubo debajo de la camilla.

Cerraron la abertura y pusieron luego el cuerpo boca arriba, cortaron con el bisturí siguiendo las líneas demarcadas previamente, adosaron con bíceps y chupas plásticas para dejar abierto el tronco. Con la sierra quirúrgica, cortaron el centro del tórax y separaron las costillas. El olor a sangre y hueso quemado cubría la estancia. El rostro de Petri, calmado, sin angustia, contrastaba con su pecho abierto y sus vísceras expuestas.

La conciencia del durmiente se hallaba extinguida, pero el color aún brillante de sus órganos y el calor de su cuerpo al entrar en contacto con el frío de la sala, emanaba un leve vapor, que exhibía la vida robada por sus atacantes.

No había tiempo que perder y Rique lo sabía. Los dos hombres estaban entretenidos despedazando al chico. Levantó la mirada con extrema cautela y se dispuso a levantarse sin saber bien que hacer.



Nyarlathotep

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En el texto hay: horror, suspenso, thriller accion

Editado: 21.10.2020

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