La Dama De Rojo

EN UNA NOCHE CUALQUIERA

La mujer solo sonreía.
   Eran ya las diez de la noche de un frío diciembre y me encontraba apurado por llegar a la cena de navidad con mi familia. Extrañamente al cielo se le había ocurrido que aquella noche era perfecta para soltar una leve lluvia que apenas era perceptible a la luz del farol que iluminaba la parada de autobuses donde esperaba ansioso el de las diez quince. Una mujer esperaba ahí antes que yo. Era una dama que no pasaría de los treinta, vestida con un robusto abrigo color rojo aterciopelado y un pantalón de vestir oscuro. Una reluciente cabellera negra como la noche se asomaba por entre el gorro de Santa Claus que cubría su cabeza. Algo de aquella mujer llamó mi atención de inmediato. Algo como una sospecha. No, más bien, una sensación de una rancia extrañeza, un vació sepulcral. ¿Has visto alguna vez un fantasma? Ya te harás una idea. La presencia de algo inquietante rondaba en derredor de ella. Pero no hablo solo de una percepción subjetiva. Era… una angustia tangible en su… en su…. rostro. Su belleza era indiscutible, una silueta femenina con unas curvas impresionantes se debía ocultarse debajo de ese abrigo, estoy seguro, pero de pronto entre las arrugas que se escurrían por su rostro se escondía el infierno mismo. La luz mortecina del farol nos iluminaba a los dos, sentados uno al lado de otro. La mujer no se perturbó ni un ápice por mi presencia, pero algo dentro de mí se retorcía, como si un veneno mortífero traspasara mi alma al observar su rostro, ese fantasma que me inquietaba. Su sonrisa, era eso. Apenas perceptible, aunque sus comisuras distendidas la delataban. Su media sonrisa parsimoniosa, llena de paz y de odio a la vez, tan relajada y rígida, tan celestial y demoníaca. Era aquello, algo que jamás nadie imaginaría, que, en medio de una noche buena, donde todo mundo se halla entre familia y amigos, exista una solitaria mujer que permanece sentada en una parada de autobuses sonriendo a la nada. ¿A qué le sonreía? Todo mundo le sonríe a la vida, nadie jamás le sonríe a la muerte.
Jamás había tenido que reunir tanto valor para dirigir la palabra a alguien. Pero me costó un mundo hacerlo.


    —Vaya si los inviernos son fríos, y más con esta lluvia, ¿no cree? — la mujer solo acrecentó su sonrisa. Sentí que el silencio enmudecía aún más, y la congoja me invadió de nuevo.
    —¿Espera usted a alguien, señorita?


Más silencio.

   Me sentí como un completo estúpido. No podía dejar de observarla de reojo, era una mujer increíblemente hermosa. No podía controlar el vacío que se formaba en mi estómago. Quería que aquello terminara cuanto antes.
    Por fin vi las luces del autobús acercándose a lo lejos de la carretera en penumbra. Quince minutos de retraso. Me levanté de aquella banca, dispuesto a todo, menos a observar de nuevo esa sonrisa. Una mano tomó mi brazo. Era la mujer, que ahora me observaba con esos… sus ojos. Aún no los puedo olvidar, sentí un frío recorrer mi cuerpo cuando los vi, azules como dos zafiros. Aquella mirada me gritaba algo que no supe entender. Alejé su mano cuidadosamente de mí.
— Los inviernos son perfectos para decir adiós —dijo con un tono estúpidamente dulce.
Aún no puedo quitarme esa voz de la cabeza.
Detuve el autobús y lo abordé deprisa. Abandoné a la mujer en aquella banca, Esa noche llegué a mi casa, convencido de que nunca más volvería a mi mente la imagen de aquella dama de rojo.

Hasta hoy. Aun me persigue.


Periódico El Sol de Zamora.
     Macabro hallazgo. Familia entera es encontrada muerta al interior de un domicilio ubicado en la zona centro de Zamora. Aparentemente fueron asesinados a tiros con arma de alto calibre, misma que se encontró en el lugar de los hechos, envuelta en un abrigo rojo, junto a una nota manuscrita:


“Los inviernos son perfecto para decir adiós”.



Tormenta de Júpiter

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En el texto hay: misterio, mujer, romance

Editado: 30.05.2020

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