La lanza del sur

12.- El desierto de Krangium.

La gran puerta de Orlos era una maravilla de construcción, había sido tallada en la cuesta de la montaña, entre dos grandes riscos empinados que la convertían en la única entrada o salida a la ciudad, a los laterales se alzaban dos colosos representando a una deidad. A la derecha se encontraba Goliardo de los elfos desérticos de una manera sencilla, solo portaba una gran hacha de guerra que era el pilar de la puerta y su escudo.

A la izquierda se encontraba el propio Orlos, una deidad orca, se asemejaba a un orco de gran tamaño, ancho de hombros y con gran musculatura, no portaba armas ni armadura, su propio brazo era el pilar que sostenía la entrada de la cueva. Aunque esa no era una deidad en sí de la tierra o la roca, su rostro tosco con dos largos colmillos inspiraba fuerza a sus seguidores.

La puerta era oscura pero no se percibía humedad, lo suficientemente larga y alta para que a su tiempo hubiesen pasado sin problemas las caravanas que llegaban del norte y el este; no tenía puertas para cerrar, antaño los orcos confiaban únicamente en su fuerza, por lo que la entrada a Orlos estaba protegida únicamente por torres de arqueros ocultas en las estatuas.

Al entrar Jikú fue iluminando nuestro camino con la misma esfera de fuego blanco que siempre utilizaba. Por un momento creíamos que encontraríamos una cueva similar o igual a la que habíamos cruzado en la cordillera de Goliardo, no fue así.

Las paredes eran perfectamente lisas y altas, sus superficies solo eran deformadas por las escaleras de piedra que conducían a diversos hogares que alguna vez hubieran dado un tono mágico a aquella gran bóveda de aire frío y oscuro.

Había largas columnas naturales que los mineros habían consagrado para que el techo nunca les callera encima. Pudimos ver los puestos de mercados, casas de cambio y varios templos de adoración a distintas deidades o espíritus.

Una estatua de un orco era lo único que permanecía en pie dentro de lo que sería la plaza. Todo lo demás eran ruinas, conforme caminábamos y nos percatábamos de que la ciudad estaba desierta podíamos sentir en el aire algo que nos helaba la sangre.

Las calles estaban cubiertas con la arena, seguramente de la anterior tormenta, había monedas de oro y plata, esparcidas por todas partes. Con cada paso que no se daba en arena, se escuchaba el tintineo de las monedas a nuestros pies.

Más adelante encontraríamos forjas que habían sido abandonadas y consumidas por su propio fuego, menas de metales muy valiosos y preciosos acumulando arena a su alrededor, juguetes y artesanías destruidos, templos y fuentes sin agua ni mantenimiento.

Kail se separó de nosotros, había un pozo de agua a unos metros de la estatua del orco que parecía estar seco, pero Kail arrojó una moneda al interior y escuchó, el sonido de la moneda indicó que el pozo aún tenía agua.

-El pozo es funcional- gritó.

-Como todos los demás- afirmo Jikú- algo ha pasado aquí, los orcos tenían la vida arreglada ahora que el oricalco puede volver al mercado en Decertica.

-¿Por qué se irían?- pregunté

-No se fueron por su voluntad- me explicó Kail- los orcos son muy codiciosos, no dejarían atrás una ciudad que les daría riquezas, ni las que ya tenían aquí. Algo o alguien los ahuyentó.

-Y ahuyentar a un orco es algo muy difícil- prosiguió Jikú –por la forma en la que las monedas están, suponiendo que algunas no hayan sido movidas por la tormenta de arena creo que debieron huir a sus minas más adelante.

No queríamos toparnos con lo que fuera que hubiese asustado a los orcos. Ya habíamos tenido suficiente con un dragón, por lo que otra sorpresa que saliera de esas cuevas era algo que queríamos evitar.

Seguimos caminando por la calle principal a lugares donde el techo fue aproximándose poco a poco, hasta que llegamos a un último muro al que lo dividían cientos de escaleras con túneles decorados. Las minas de los orcos, perfectos semicírculos por los que podía entrar un orco con sus herramientas y algún cesto para las menas que encontrara.

-¿Cuál debemos seguir?- dije extrañada.

-Algunos nos llevaran abajo,-analizó Jikú- a las entrañas de la propia tierra, otros seguro conectan con los demás para crear un laberinto que confunda y haga del intruso un prisionero, alguno tal vez nos lleve a la cima de la montaña, tendremos suerte si encontramos el camino que nos lleve a los puentes del paso.

Jikú se puso en frente con su báculo en mano, observó los múltiples pasadizos, analizó el viento que corría de la gran puerta y los caminos, haciendo de la montaña un gigantesco órgano musical. El mago cerró los ojos, situó la punta de su bastón en el suelo murmurando algo que no podíamos entender. De repente soltó el báculo y este cayó frente a él como una vara común y corriente.



Zucco

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En el texto hay: fantasia, aventura, amor

Editado: 29.09.2019

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