La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

Capítulo 4

Devil´s Acre, Londres.

Los tacones de las botas de Amanda resonaron contra la piedra mojada de la calle londinense, creando un estruendo demasiado obvio para aquellas horas de la noche. La zona estaba desierta y una neblina húmeda dificultaba aun más su visión de la oscura calle que olía a madera quemada, basura y putrefacción. Aquella parte de Londres, a pesar de su proximidad a Westminister Abbey, era una zona pobre y de mala reputación, donde bandidas y borrachas se escondían entre las sombras de la noche para descansar de sus fechorías.

No había sido su intención pasearse por esas calles una vez caída la noche, pero el tren de Amanda se había retrasado en el nudo de Stewarts Lane. Además al salir de la estación Victoria le habían indicado mal el camino hacia Westminister, y había terminado por caminar dos millas antes de encontrar la vía Old Pye, que tenía como referencia de la dirección que buscaba. Cuando llamó a la puerta de Jemina Price nadie le respondió y esperó en el sombrío y mísero rellano de aquel edificio a que la mujer volviera durante casi cuatro horas.

Cuando al fin había aparecido alguien con la ropa empapada por la lluvia nocturna no se trataba de Jemina Price sino de su vecina. Amanda se llevó dos dedos a la nariz para mitigar el hedor que provenía de la mujer. Un pastilla de jabón de cuatro onzas costaba lo mismo que un buen trozo de ternera por lo que no era ninguna sorpresa que las clases obreras no malgastaran su dinero en algo que cualquiera con un estómago vacío considerara una nimiedad.

La mujer, con el rostro ceniciento y cansado, le echó un buen vistazo a Amanda, deteniéndose en su abrigo verde jade y sus botas impolutas.

—¿Se ha perdido usted, doña? —le pregunto extrañada.

—Espero que no —respondió, carraspeando para aclarar la voz tras las horas en aquel pasillo frío—. Busco a Jemina Price. Tengo entendido que vive aquí.

La mujer frunció los labios y miró por encima de su hombro las escaleras por las que había subido.

—¿Quién es usted? —le preguntó recelosa.

Amanda tragó saliva. Soy la hija de Mary Fairfax y estoy aquí para hablar de un asunto que la señora Price tenía pendiente con mi madre.

La mujer la contempló con curiosidad durante un instante.

—Me da que esos “asuntos” se van a quedar a medias —dijo al fin.

Amanda frunció el ceño.

—Jemina murió hace una semana —prosiguió la mujer alzando la barbilla y señaló la puerta cerrada a la que había llamado Amanda horas antes—. La encontró la casera en la cama degollada. Un robo dijo la inspectora.

—¿Usted no cree que se tratara de eso? —indagó Amanda ante el tono irónico con el que había añadido eso último.

La mujer abrió los brazos mostrando la capa de lana agujereada que llevaba como si fueran alas de murciélago y la ropa remendada que vestía bajo esta.

— ¿Qué tesoros podría buscar un ladrón en este edificio? —inquirió socarrona.

Amanda abrió la boca ante la insinuación de que había sido asesinada adrede.

—¿Usted la conocía? ¿Jemina era científica?

La mujer soltó una risita nasal.

—¿Científica? No, doña. Aquí, si una mira libros todo el día no come, ¿sabe usted? —le explicó con una sonrisilla y dándole un repaso con la mirada, como si la creyera demasiado inocente con respecto al funcionamiento del mundo real—. Pero sí que era lista, Jemina, un ratón colorado. Trabajaba de ayudante en un laboratorio. Quizá sabía demasiado para su propio bien, ¿entiende usted?

Amanda exhaló, sintiéndose mareada. La había encontrado, la razón por la que su madre la había visitado meses atrás. Jemina le había proporcionado el antídoto a Mary para llevar a cabo el experimento y ahora estaba muerta. Asesinada sin duda.

Se sostuvo en la barandilla de la escalera y trató de recomponerse.

— ¿Alguna vez la señora Price le explicó algo acerca de su trabajo?

La mujer negó con la cabeza.

—Y ahora que ha muerto, lo quiero saber aun menos —respondió un tanto mordaz, preguntándose quizá si Amanda iba a traerle problemas.

Asintió afectada. Los pensamientos arremolinándose en su cabeza demasiado deprisa. ¿Tenía algo que ver Mary con la muerte de Jemina? Por terrible que hubiera sido la idea del experimento, se negaba a creer que su madre era capaz de asesinar a alguien.

— ¿Podría indicarme dónde puedo encontrar a la casera?

La vecina de Jemina asintió y caminó hacia una de las puertas que había en el lóbrego pasillo, llamando a esta con los nudillos.

— ¿Tillie? ¿Estás ahí? —berreó tras el segundo intento.

Se escucharon unos pasos y una señora regordeta y despeinada abrió la puerta chirriante.

—¿Qué se debe? —inquirió al verlas en el rellano. Le faltaban varios dientes y los que tenía estaban torcidos o negros.

—La doña venía buscando a Jemina —explicó la vecina a la que debía ser la casera.

La mujer la miró de arriba abajo con la misma expresión sorprendida que había puesto la otra mujer.

—¿No es usted muy fina para querer alquilar aquí? —preguntó burlona.

—No… no venía a alquilar el cuarto de Jemina, sino a hablar con ella —explicó Amanda titubeante—. No sabía que había fallecido.

La casera entornó la cabeza.

—¿Y qué quiere de mí? No sé despertar a los muertos.

Amanda se humedeció los labios y dio un paso hacia la mujer.

—Quería saber si encontró algo en su cuarto cuando… ya sabe, encontró el cuerpo. Notas, escritos, cartas… cualquier cosa sería de ayuda.

La mujer frunció el ceño y alzó el mentón desconfiada.

—Fue un robo, ¿sabe usted? Estaba todo revuelto, los cajones abiertos, to tirao por los suelos… solo dejaron ropa. No había na de eso que dice usted —declaró e hizo el amago de cerrar la puerta.

Amanda se apresuró en interponer la mano .

—¿Está usted segura de que no había nada? ¿Algo que pueda explicar por qué la… robaron?



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Editado: 29.11.2020

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