La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

Capítulo 5

—Mira, Eleonor. Se ha despertado.

Amanda intentó abrir los ojos, pero la habitación dio vueltas a su alrededor provocándole nauseas. Volvió a reposar la cabeza sobre la almohada para recobrar el equilibrio y que cesara el martilleo insufrible dentro de su cráneo.

—¿Dónde estoy?

Pasos resonaron contra el suelo de la habitación, indicándole que alguien se estaba acercando a ella. Separó las pestañas con lentitud y entornó los ojos por el dolor en sus pupilas. A juzgar por la iluminación en la estancia, debía ser de día.

Una mujer, con el pelo cubierto por un velo blanco que formaba un triángulo en su cabeza y se elevaba a los lados como si fuera un pájaro en pleno vuelo, la observaba con atención.

—¿Puede usted volar con eso? —musitó de forma apenas audible. Si Callum hubiera estado allí, habría reído ante su pregunta.

—Por supuesto, ¿por qué sino tomaría los hábitos, si no fuera por la promesa de volar? —respondió la mujer con tono animado, en lugar de ofenderse—. Si bromea es que no se encuentra tan mal como parece.

—Así es, Eleonor —le contestó la otra voz, a la que se había dirigido con su última afirmación—. Es joven, se recuperará. 

Eleonor le depositó una mano fría en la frente, pero Amanda agradeció la frescura de su piel pues la de ella se encontraba en llamas. 

—¿Estoy ardiendo en el infierno?

—¿Crees que hay monjas en el infierno? —preguntó la voz mucho más divertida de lo que se había mostrado Eleonor. Por lo que dedujo que no se trataba de una monja; y, además, sonaba demasiado joven.

—Solo las malas —respondió Amanda, contrayendo el rostro en una mueca de dolor. Empezaba a encontrarse verdaderamente mal.

—¿Eres una hija de Lilith? —le preguntó la joven, que no podía tener más de quince años. Rizos poco definidos salían tiesos como alambres de su frente como si su cabello no pesara nada.

—Déjala en paz, Rose —la regañó Eleonor mientras pasaba un trapo frío y mojado por su frente, devolviéndola a la vida en el proceso.

—¿Callum? —murmuró Amanda con los ojos plenamente abiertos al recordar cómo había llegado allí.

—No te preocupes, está durmiendo en aquella cama—le aseguró Eleonor, impidiendo que se irguiera. Lo que resultó ser una buena idea pues solo el esfuerzo la mareó por completo.

Se encontraba en una sala estrecha y alargada cuyas paredes blancas se alzaban en hasta un techo muy alto con cristaleras que mejoraban la iluminación. La sala tenía una sucesión de camas con simples sábanas blancas enfrentadas. Parecía ser una enfermería, aunque no había nadie más allí aparte de ellos cuatro.

—Es tan apuesto —celebró Rose con voz ensoñadora—. Cuando me llegue el momento quiero uno así.  

Con dificultad, giró la cabeza hacia el lado opuesto a Rose para asegurarse de que el joven se encontraba en el camastro que le habían indicado. Así era. Pudo ver su nuca descansando plácidamente sobre la almohada.

Volvió a enfocar a Rose, quién le sonrió con una hilera de dientes retorcidos. La chica era incluso más joven de lo que había imaginado, y su rebelde pelo castaño estaba alborotado por la almohada. Al parecer acababa de despertarse, porque aún llevaba el camisón blanco y estaba medio cubierta por las mantas, mientras se sostenía en un codo. Su nariz era amplia, demasiado grande para su cara, pero tenía unos ojos bonitos.

—Has dormido durante tres días —le informó Rose con cierta irritación, como si esperar a que se despertara la hubiera llenado de impaciencia.

—El corte en el dedo te dio una buena infección, pensamos que no sobrevivirías—intervino Eleonor — ¿Hay alguien a quién desees avisar de tu paradero?

Amanda se imaginaba que debían pensar de ella. Una dama de alta cuna, perdida en la noche con un dedo serrado.

—Lo hicieron para sacarme el anillo de oro que me regaló mi abuela—dijo mientras alzaba la mano para observársela, sin embargo, la tenía completamente vendada. 

—Lo sé muchacha, no es la primera vez que ocurre —le aseguró la monja—. No deberías deambular por esas calles de noche. Londres no es como tu pueblo.

—¿Cómo sabe de dónde soy?

—Hemos rebuscado entre tus cosas para hallar alguna pista sobre tu identidad. Había un billete de tren desde Crawley, ¿no es así? 

Amanda asintió.

—Además, una joven londinense nunca hubiera visitado esa zona sin al menos un carruaje —interrumpió Rose con condescendencia. Habían visto la nota de Mary con la dirección de Jemina Price.

La monja se volvió hacia Amanda con curiosidad, pero se contuvo de no hacer preguntas.

—Buscaba a la científica que inventó el antídoto para la bacteria —desembuchó de carrerilla.

Eleonor frunció en entrecejo como si aquello no fuera en absoluto lo que había esperado.

—¿Para qué necesita una joven campestre y de alta sociedad como tú despertar a su siervo?

—Porque así fue como lo conocí —musitó, dejando que su mejilla cayera contra la almohada, con su vista clavada en Callum—. No le necesito, le añoro. 

Rose saltó de debajo de las sábanas y se puso de pie sobre el enclenque camastro que se quejó con un rechino oxidado.

—La nota es de él, entonces —gritó la joven fuera de sí—. Sabía que no la había escrito ella. ¡Es de él!

—¿A qué nota te refieres? —Amanda se apoyó sobre los codos, pero la cabeza le dio vueltas.

—Callum, despierta —gritó la joven, ignorándola.

—¡Eh, muchacha! ¿A qué nota te refieres? —le gritó, conteniendo una nausea.

Eleonor estaba metiendo gasas con sangre seca en un cubo, pero se detuvo en sus labores de enfermera para observar la escena. Acto seguido se acercó a la cama del muchacho, lo incentivó a levantarse y a acercarse a Amanda.

Le dolió el pecho al verle frente a ella. Así, recién levantado, le parecía aún más hermoso. Su piel caliente de la cama desprendía un aroma masculino embriagante que aun en ese estado tenía el poder de alterar todo su ser. Sus labios relajados le recordaban a mañanas de besos abrasantes y sus ojos adormecidos e hinchados lo hacían parecer un niño desprotegido. Amanda quería despertar así junto a él, junto a su amigo y amante, el resto de su vida. Pero con la muerte de Jemina, sabía con seguridad que todo lo que tendría era aquel cuerpo vacío, y los recuerdos del joven se desvanecerían en el tiempo hasta parecer un sueño.



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Editado: 29.11.2020

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