La Profecía del Regreso - Libro 2 de la Saga Del CÍrculo

PRIMERA PARTE: El Refugiado - CAPÍTULO 13

            Cuando entré a la cocina, lo vi hablando con Nora. Ella estaba vigilando algo que tenía cocinándose en el horno.

            —Mercuccio— lo llamé—, quiero hablarte sobre algo.

            —Claro, ¿en qué lo puedo ayudar?

            —Necesito que arregles el traslado de los libros de Strabons a un lugar seguro, un lugar donde yo pueda consultarlos. Ya que no puedo contar con su ayuda, pienso que tal vez haya algo entre sus cosas que me pueda guiar para encontrar lo que necesito. Sé que es peligroso volver a la casa, pero debemos sacar los libros y las notas del doctor de allí, debemos evitar que su investigación caiga en manos equivocadas.

            —Eso no es necesario— dijo Mercuccio.

            —Sí es necesario— insistí—. Mercuccio, sé que tal vez no parezcan libros importantes, pero lo son. La persona que asesinó a Strabons probablemente también está tras ese material. Si lo encuentra...

            Mercuccio levantó los brazos para detener mi explicación. Luego se acercó a mí y me tomó del brazo.

            —Venga conmigo— me dijo.

            Lo seguí hasta el comedor, y luego hasta la sala donde estaba la puerta que daba a la calle.

            —No es necesario que vayamos ahora mismo— dije—. Está anocheciendo y...

            Mercuccio abrió la puerta del costado derecho de la sala, y me empujó suavemente hacia la habitación. Encendió la luz.

            —¡Por el Gran Círculo!— murmuré, estupefacto—. ¿Cómo...?

            —Supuse que iba a necesitar esto, así que lo traje— respondió él, como si fuera lo más obvio del mundo.

            La habitación estaba atiborrada de libros agrupados en pilas que subían hasta el techo. No se podía siquiera caminar por el lugar. La enorme mesa con los cajones alargados estaba en el medio, pero apenas se distinguía pues estaba también cubierta por miles de libros. En una esquina de la habitación, vi la vitrina con la espada falsa.

            —Tomará un tiempo ponerlos en orden— señaló Mercuccio—, pero al menos están todos a salvo. Mañana llamaré a un carpintero para que se ponga a trabajar haciendo los anaqueles.

            Con una sonrisa en los labios, tomé a Mercuccio por los hombros y le estampé un beso en la frente.

            —Gracias, Mercuccio, eres fantástico.

            —¿Tiene hambre?— preguntó Nora, asomándose por detrás.

            —¡Oh, sí! ¡Estoy famélico!— respondí, riendo de buen humor.

            —La cena está lista— anunció ella.

            Al llegar al comedor, vi que la mesa estaba puesta para una sola persona.

            —¿Dónde están los otros platos?— pregunté.

            —Bueno...— dudó Nora— después de lo del patio esta tarde, no estaba segura si iba a querer compañía en la cena. Cuando Strabons tenía arranques como esos, prefería estar solo. A veces inclusive se iba al bosque por días para no estar en contacto con nadie.

            —Nora, lamento lo de esta tarde. No tenía derecho ni razón para gritarte así, te pido que me perdones. Te prometo que te compensaré. ¿Me perdonas?

            Nora sonrió emocionada.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, portales

Editado: 12.10.2019

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