La reina del cementerio

Capitulo 3

  Así lo encontró el policía canoso, El "caralarga"...

  En la comisaria a Ricchi le tomaron la denuncia, le pusieron una venda en la cabeza al tiempo que le daban un calmante. Más de eso no podía esperar, mucho habían hecho en un lugar poco hospitalario.   También le ofrecieron hacer una llamada a sus padres a lo cual el chico agradeció pero dijo que a la mañana temprano él iría a ver a sus parientes que vivían en la ciudad, alegando que tenía   la dirección pero no el teléfono. De esa forma se aseguró que no siguieran insistiendo con lo de la llamada. Dijo que iba   a estar bien para no dar más explicaciones de las necesarias.

Los policías le ofrecieron llevarlo al hospital, pero el chico también se excusó de la mejor manera al tiempo que pedía un poco de agua para tomar y volvía a la sala de espera de la estación de tren. No tenía esperanzas de encontrar a los ladrones y además tenía que irse de la ciudad lo más pronto posible. Mañana seguro su padre iba a arrancar con la búsqueda y era cuestión de minutos para que en la comisaria apareciera su   foto entre los buscados.

“¿Pero cómo se puede viajar sin dinero?”

Todo esto pensaba Ricchi con ojos cerrados, sentado en el banco. Ahora sí podría dormir tranquilo, ya no tenía nada que le pudieran robar. Se cruzó de brazos al tiempo que sentía temblar sus músculos, sin campera tenia frio. Agradeció que sus documentos de identidad estaban en el bolsillo y no en la billetera, aún tenía algo valioso: ¡Su identidad!

"¡Malditos ladrones!" pensaba al tiempo que sentía su cabeza tan pesada, parecía estar llena de piedras.

Allí sentado, con frío y solo, trató de elaborar algún plan. Tenía dos opciones o meterse en el tren sin boleto o robar algo de plata. Esta última opción no le agradaba mucho y además parecía gracioso. Recién lo robaron a él y ahora él mismo piensa en robar.

Se quedó por un rato con ojos cerrados...De repente escuchó la voz de mujer.

- Hola.

Ricchi abrió los ojos y miro a su alrededor. A su lado estaba sentada una chica. Tenía unos dieciséis o diecisiete años, unos ojos hermosos, pelo bien cuidado, estaba maquillada muy linda y tenía un vestido blanco. Parecía que estaba de fiesta.

- Hola — dijo él, algo sorprendido.

- ¿Se te pasó dolor de cabeza?

- ¿Que?

- Tu cabeza. — Señaló la chica con un ademán.

- Ah, estoy mejor, gracias. — respondió algo intrigado.

La chica sonrió.

- Tienes que comer algo...

Ricchi miró a su alrededor, el lugar estaba solitario y sombrío ¿De dónde había salido? ¿Qué quiere de él?  No había nadie en aquel sitio a esa hora y las pocas personas en la estación estaban en sus cosas, dormitando o conversando entre ellas a una buena distancia.

“¿Estaré soñando?" — pensó Ricchi y frotó sus   ojos.

Miró otra vez a la chica. Ella no tenía valija ni bolso ni siquiera una cartera.

- Tienes que comer algo — repitió la chica.

- ¿Disculpa, te conozco?

- Me llamo Ela. Ahora me conoces.

Ricchi suspiró.

- Me llamo Ricchi.

La chica se levantó.

- La cafetería está abierta toda la noche. ¿Me acompañas?

- Eh, si... claro — contestó Ricchi sin saber por qué al tiempo que se levantaba sin entender que estaba pasando y esperando descubrirlo pronto.

Al llegar a la cafetería Ricchi revisó su bolsillo y encontró unos billetes que casualmente se quedaron fuera de la billetera. No alcanzaba para un boleto de tren, pero si para dos cafés.

La cafetería se llamaba “El viejo tren” y era bastante cómoda. La chica se adelantó y se sentó a lado de la ventana.

"Debo tener la cara toda hinchada. ¿Qué quiere esta chica de mí?" — pensó Ricchi.

- ¿Qué quieres comer o tomar? — le preguntó.

- Nada — la chica sonrió — Solo me quedo un rato contigo.

Ricchi se sentó frente a ella y la miro fijamente.

- Te quiero hacer una pregunta. — le preguntó de manera directa — ¿De qué se trata todo esto?

La mirada de Ela se puso triste, se dio vuelta y miró por la ventana. Ricchi también se fijó si había algo en la calle pero era solo la noche con pocas luces y una calle sombría y solitaria.

- Perdóname — de repente dijo Ela en voz baja.

Ricchi bajó la mirada y se puso acomodar servilletas. Luego de un minuto se levantó.

- Discúlpame — le dijo a ella — Traigo café y hablamos.

Ella asintió con la cabeza sin mirarlo.

Desde la barra haciendo el pedido Ricchi observó a la chica una vez más. Era muy hermosa.

En cualquier otra situación normal es probable que ella ni se fija en él pero ahora era algo raro ese interés.

"¿No estará mal de la cabeza esta chica?" — pensó él. — "O capas que tuvo una tragedia muy grande".

Richi se sacó la venda que cubría parte de su cabeza, la metió en el bolsillo del pantalón y acomodó su cabello. El dinero le había alcanzado justo para dos café y una barra de chocolate.

Ricchi acomodó las tasas en la mesa y estiró la mano con el chocolatín.

- Esto es para ti.

-  Gracias, — la chica sonrió, pero ni miró al chocolate. Solo le miró a los ojos como tratando de ver algo adentro del pibe.

Este se quedó con la barrita en la mano.

- Déjala en la mesa. — le dijo ella

Ricchi se sentó.

- Perdóname, ¿sabes? — dijo a la chica.

- No pasa nada — Ela sonrió, estiró la mano para agarrar la tasa de café. Pero de repente se mostró asustada y escondió las manos bajo la mesa.

Ricchi la miró sorprendido.

- ¿Te pasa algo?

Ela suspiró.

- Después te cuento. Ahora cuéntame algo de ti.

Conversaron durante media hora la cual paso volando. Ricchi quiso contarle a la chica muchas cosas, pero solo le contó un par de mentiras y un par de verdades que quería compartir de corazón. Ela parecía no sorprenderse   con nada. Seguía un poco distraída. De ella conto muy poco.  Que había nacido en esta ciudad, vivía con sus padres, el año pasado terminó secundaria y este año pensaba entrar a la universidad pero ya no lo podía hacer. Cuando Ricchi preguntó porque, Ela solo bajó la mirada y se puso triste con los ojos brillantes por las lágrimas que contenía.



Vitto De Leone

Editado: 27.09.2019

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