La Reina: El inicio de la leyenda

Capítulo 9

[ 9 ]

Escucho el parloteo incesante de Lía; hija del conde Uriel; el cuarto en la línea de los altos cleros. Amelia y una tercera; Grecia, hermana mayor de Amelia, ambas hijas del marqués Rodolf.

Su plática sobre chicos, el Rey, joyas, vestidos y reuniones de té no es de mi total agrado, misma razón por la que decido mirar a los alrededores de la terraza en busca de una buena inspiración para pintar y así no prestar atención a su aburrida charla.

Me sigo cuestionando en qué momento llegué a aceptar su oferta de dar una vuelta por los recintos del reino cuando yo sé cuál es su rutina y el tipo conversaciones en donde se incluye juzgar a las personas de las clases bajas y verlas como si solo fuesen un objeto para utilizar y desprestigiar.

Y si, a pesar de los choques entre sus personalidades y la mía, me encuentro sentada en la misma mesa con dos chicas con las que había sacado a relucir mi personalidad y una tercera que hasta el momento no hemos tenido inconvenientes. ¿Hipocresía? Quizá. Nada nuevo en este reino.

Me había sorprendido que Elodi cediera tan rápido a dejarme salir cuando supo que ellas me habían invitado. Es muy probable que mi madre se haya cansado de verme en la misma rutina aburrida de todos los días que tuvo un poco de compasión por mí. Parecía un alma vagando por los pasillos de mi propio hogar pidiendo un poco de piedad.

Una semana desde el juicio de Jackson, y un par de semanas desde que un caballero del palacio real se convirtió en uno más de mis escoltas.

Todos sucesos que me tomaron con la guardia baja y que aún no logro asimilar de todo.

Después de la pequeña crisis que tuve en los jardines, Sir Jhuriel me escoltó hasta la puerta de mi aposento en donde me encerré hasta el anochecer, sin hablar o abrirle a nadie de los que se acercaban a tocar la puerta preguntando como estaba.

Necesitaba estar sola, tener un momento de meditación conmigo misma sobre lo que estaba pasando, de la situación en general. Necesitaba tener ese momento de privacidad. No fue hasta que escuche el galope de los caballos y el ruido del carruaje de mis padres asomarse por las enormes puertas de nuestro palacio que me dije ya había sido suficiente por ese día. Pensar me agotaba y no ayudaba con mi salud mental.

La cena ese día fue casi silenciosa, ni Elodi ni Leonardo mencionaron nada referente a la condena de Jackson porque así se los pedí, después que padre me aseguró que había recibido un castigo justo, corté cualquier conversación referente a ese día en el palacio de Milickan y ese fue el fin del tema. No necesitaba que se me revolviera el estómago o tener alguna pesadilla en el lapso de esa noche, no cuando me había costado mucho asimilar la situación y no dejarme caer ante los miedos que aun suponía.

Nada parecía haber cambiado los días posteriores, nada a excepción de las charlas cortas que tenía con el caballero Jhuriel cuando salía de mi habitación, las miradas significativas entre nosotros, quizá recordando el último encuentro por los jardines que terminó siendo un desastre. Su compañía era lo único diferente al igual que la compañía de mis siempre leales escoltas y amigos; Giulio, Félix y Aarón y mis damas por supuesto. Gracias a ellos tenía la dicha que algo en mi monotonía fuera llevadera. Apostaría que de no ser por ellos y sus charlas, quizá estaría más que pérdida.

Por otro lado, Sir Elay parecía estar libre de misiones, pasaba más tiempo en el palacio, vigilante desde la distancia silenciosa, guardaba su distancia conmigo, pero sabía que siempre estaba aguardando en algún lugar. La tensión entre Jhuriel y Elay era evidente, el escolta de Elodi seguía dedicándole esas miradas furibundas y recelosas a mi nuevo caballero, pero nada más que eso, para buena suerte.

Ya no salía de casa, permanecía en mi habitación o veía el jardín a través del balcón, pintaba a medias, intentaba leer algún libro de historia clásica del arte, charlaba con mis damas o simplemente todo era tan aburrido que me asqueaba, por lo que le hacía compañía a mi madre en su estudio donde tejía o bebía café por montones, a veces sola, a veces con sus fastidiosas amigas.

Su actitud parecía haber mejorado un poco después de tantos acontecimientos y no presionaba por mi asistencia al lago o por cosas tan pequeñas como lo hacía tres semanas atrás. Me dejaba vestir sin el corsé y no exigía que anduviese tan extremadamente presentable.

Agradecía inmensamente ese pequeño respiro lleno de paz.

Esa mañana las Ilustrísimas habían hecho llegar una invitación a pasar una tarde entre “amigas”. Ridículo, pero terminé confirmando mi asistencia.

Tres ilustrísimas que no paran de alardear de su nueva colección de joyas o los nuevos pretendientes de otros reinos que han rechazado con la absurda esperanza que guardan que Milickan fuese a escogerlas para algún cortejo como se ha estado murmurando en los últimos dos días. Me he enterado por boca de Vrina y Melody que escucharon el rumor que Milickan ha organizado ciertas actividades para un fin.

El soberano se está preparando para escoger a una futura esposa.

Jugueteo con la cuchara de mi té, pensando seriamente si agregarle leche o azúcar. No me molesto en ocultar el aburrimiento de mi cara cuando claramente puedo escuchar la conversación de las tres damas que ni siquiera se esfuerzan por disimular que hablan.

No debería quejarme cuando conozco a esas jóvenes y conozco los intereses de charla. En estos momentos es donde tanto añoro tener la libertad de antes, así pudiera ir con mi buen amigo Bastile a charlar de temas de nuestro agrado.

Quizá hoy pueda hacerlo, estoy fuera y no sería mala idea, no estaría cometiendo pecado alguno y Elay no está de guardia…

—Oye —la voz de Grecia interrumpe mis cavilaciones lejanas—. No te veía en semanas, Lady Sharon, que bueno que hoy decidiste acompañarnos, la mañana nos sonríe como para pasar encerradas en las paredes de un palacio.



Jenniffer Abigail

#882 en Otros
#159 en Novela histórica
#533 en Joven Adulto

En el texto hay: reinos, romance prohibido, aventura

Editado: 14.01.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar