La Sombra Del Holocausto.

Capítulo 32.

En intervalos de treinta segundos trataba de fingir que nada dolía, nada estaba pasando y estaba bien como si mi vida fuese una tremenda diversión, pero la mayoría del tiempo me sentía como si mi alma me hubiese abandonado, si mal no recordaba apenas eran tres días en ese lugar que ya había dejado de sorprenderme; llegabas, te desnudaban, te humillaban y morirás, en el campo había una regla. Se trataba que si alguno nosotros era golpeado ese día, en la tarde o a la mañana siguiente eras asesinado al pasar lista, los que no eran judíos de oro tenian una probabilidad de vida de una a dos horas, pero nadie trataba de imponerse, pues la mayoría ignoraba que estaban en un lugar donde serían asesinados.

El calor de agosto tampoco estaba a nuestro favor pues hacia que los cuerpos se pudrieran más rápido, el olor de estos era tan fuerte y penetrante que llegaba desde la fosa hasta nuestras narices desde donde estábamos, era tan insoportable que hacia llorar a Ruth y que Fela se desmayar variadas veces. Yo lo hice el anterior y desperté hasta en la noche. 
La cocina era algo grande, pero sucia y olorosa, solo teníamos una olla gigantesca para hacer sopa, con agua sucia y con solo un paquete de fideos, esta olla era para unos quinientos judíos, gitanos y homosexuales, solo comíamos una vez al día y teníamos quince minutos para hacerlo, después de esto seguían los trabajos forzados, obviamente por más grande que fuese esa olla no alcanzaba para todos. En cambio, la comida que preparábamos para los nazis era simplemente exquisita.
Por las noches nos llevaban hasta las galeras; unos cuartos donde supuse que dormiríamos, había pequeños catres de madera uno encima del otro, yo dormía hasta arriba, Ruth abajo de mí, y hasta abajo de ella Fela. Me parecía realmente molesto tener que cargar con esa chiquilla pues todo el tiempo preguntaba por su madre y Fela no hacia otra cosa que evadir sus preguntas, yo trataba de hacerle saber que su madre ya no existía pero Fela no me lo permitía, dijo que sería muy cruel de mi parte. No me interesa. 

— Algún día va a enterarse — Se lo decía constante.

El tiempo que dormíamos era exactamente nada, al momento que cerraba los ojos, los alemanes ya estaban golpeando las patas de los catres para levantarnos. Trate de mantenerme alerta, pues había veces que los ojos se me cerraban solos en el día.

Día Cuatro.

Después de preparar la escuálida sopa y mientras que Fela barría el suelo polvoso y Ruth llorando en una esquina, salimos hasta el patio donde el tren se frenó.

Nuevos.

Bajaban de la misma manera que a nosotros, los judíos de oro, quitaban sus ropas, pertenencias, y cortaban el cabello a las mujeres, al mirar aquella cosa tan horrible me acomode el gorro escondiendo un mechón rebelde que se había escapado. Mire a Ruth y su cabello estaba intacto, tan sedoso y bonito como cuando la vi por primera vez, supuse que le tuvieron lastima. Ella jalo mi falda para ponerle atención y yo gire a mirarla.
— ¿Por qué cortan su cabello?

Yo la mire y entre cerré los ojos luego subí la mirada sin importancia

— Ellas no pueden tener cabellos, Ruth. Está prohibido — contesto Fela.
― ¿Y porque nosotras si podemos?

— Porque nosotras no vamos a morir. — Susurre muy bajo, pero Fela me escucho y me dio un codazo.

Fela la levanto en sus hombros.
— Somos diferentes, Ruth.

— ¿También cortaron el cabello de mi madre? — Pregunto.
Percaté que paso saliva, me miro y yo negué con la cabeza. 
— No— contesto — El cabello de tu madre está igual de hermoso que el tuyo.

— La extraño — chillo. Yo revolotee los ojos.

— ¡Oh, pequeña! — Exclamo. — Lo sé.

— La buscaremos hoy también ¿verdad? — pregunto, Fela asintió con la cabeza.

Alaric, caminaba hasta nuestra dirección.

— Necesito que me hagas un favor. — Dijo con voz profunda. Sonrió a Ruth— ¡Hola, preciosa! — exclamo extendiendo sus brazos. La pequeña le tenía confianza así que ella, sin ningún temor dejaba que la sostuviera en sus brazos. Se le estaba haciendo costumbre que le llevará una flor y un caramelo. Después de esto beso su frente y Ruth colocó sus pequeñas palmas en su rostro, los ojos castaños de Alaric brillaron, carraspeo la garganta y me entrego a la niña en brazos 
— Vamos — dijo a Fela y camino 
— Ahora vuelvo — Dijo Fela caminado detrás de él.

Rápido baje a la niña de mis brazos y sacudí mi ropa Ella me tomo de la mano, sus dedos estaban fríos, eran delgados y apenas rodeaban mi mano

Seguía cuestionándome que era ese lugar que se veía a lo lejos con una supuesta chimenea gigante arriba de este, metían ahí a los prisioneros y jamás salían. Camine de la mano con Ruth y nos sentamos en el suelo, en un pequeño rincón donde no estorbaríamos a los demás prisioneros, senté a Ruth de lado mío, desenvolví su caramelo y se lo di. De pronto Kurt llego a mi cabeza, en esos días él no se había aparecido, y en mi pecho sentía una presión como si me sacarán el aire, mire mis manos mientras comprendía que es lo que me sucede, no podía dejar de pensar en ese abrazo que nos dimos, y todo lo que me dijo, por supuesto que no lo quería, claro que no. ¿Cómo podía pensar en él y yo en esos momentos difíciles? Una sonrisa se me escapó y luego pensé. ¡Maldita sea! ¿Dónde estás? Sentí como si mi espíritu se marchará de mi cuerpo y se hubiera ido detrás de él, la nostalgia me atrapó y al instante reaccionó. ¿Qué me sucedía? Lo extrañaba. Extrañaba su sien palpitante de enojo y sus ojos verdes mirándome , y luego sentí preocupación al pensar que algo le pudiera pasar.



LIlianna S Villanueva

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En el texto hay: segunda guerra mundial, nazi, nazis

Editado: 04.03.2018

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