La vida de un escritor

Capítulo 5: Negación

1

A la mañana siguiente, Víctor Stock tomaba café mientras observaba a su perro correr de un lado a otro de la casa persiguiendo una pequeña pelota. Sus días eran tranquilos; muy por lo contrario de sus historias. ¿Acaso la vida de un escritor es aburrida?

El líquido en la taza giraba, mientras al mismo tiempo lo hacía aquella última pregunta en su mente. Alguien tocó la puerta y se escuchó una voz femenina.

—Entraré –Comentó ella.
La puerta se abrió.

— ¿Qué haces aquí? Martha –Preguntó Víctor sin apartar la vista del líquido.

La mujer entró sin decir nada, colocó su maleta junto a la puerta de una de las habitaciones y se sentó frente a su hijo.

—Estoy de visita por la ciudad. ¿Te molesto? Podría irme a un hotel si gustas –Desde luego ella no añadió el Con gastos pagados de tu parte.

—Estaré ocupado y necesito la casa para mí solo. La idea del hotel suena excelente.

—Siempre he sido un estorbo para ti… -Susurró su madre mientras le caían un par de lágrimas. El perro paró de jugar y la observó ladeando la cabeza.

—No te molestes, Kevin. Ella está actuando –Comentó Víctor- ¿Podría dejarte en el hotel Caben e ir por ti cuando arregle todo esto?

Su madre se puso de pie y rodeó la barra para finalmente pararse junto a su hijo y abrazarle.

— ¿Qué es exactamente esto? Cariño.

—Problemas personales.

Stock se tensó un poco al sentir el contacto de su progenitora y la alejó casi inmediatamente después de que ella hiciera contacto, así como alguien alejaría a una persona que tuviese alguna enfermedad altamente contagiosa.

—Soy tu madre.

Él terminó su café y se levantó. «Una madre que me dejó de lado a los nueve años. Una madre que en cuanto aprendí a caminar dejó que tomara mi propio rumbo sin apenas preocuparse. Una madre…que simplemente está aquí como escala para ir a su próxima filmación.»

—Eres una persona que juega el papel de madre en la película de mi vida –Espetó Stock- Ahora recoge tus cosas, que te llevaré al hotel.

2

Él condujo en silencio mientras su madre observaba la ventana fingiendo tristeza. Todo era fingido, ella era una actriz y sólo eso, jamás había tenido vocación de madre y aquello le hacía enfurecer. Martha Stock era todo, menos una mujer sincera. A temprana edad era una madre soltera pero una excelente actriz, sólo le bastaba presentarse para ganar el papel que ella quisiese.

—Dime porqué has venido.

—Hijo, simplemente tenía ganas de verte, ¿Qué no me crees? –Preguntó ella con la mirada perdida tras el cristal lateral. Él comenzaba a tragarse su mentira, gotas caían del cielo formando parte de aquel acto insano de tortura maternal.

—Lo único que me has dado son transacciones bancarias y educación. ¿Qué hay del amor de madre? –Cuestionó él- ¿¡Cuándo fue el último cumpleaños que pasé a tu lado!? ¿El octavo, quizá? –Víctor frenó en seco al ver que el semáforo cambiaba de anaranjado a rojo.

Martha sólo pensaba en que su próxima película sería un éxito total. Estaba orgullosa de que su hijo fuese reconocido por una parte del mundo, pensaba que él no comprendía todo lo que había tenido que hacer para que él fuese el hombre que era ahora.

«A ti te van bien las palabras, pero…yo simplemente no tengo tiempo para unirlas y decirte lo que quieres oír. La verdad.» Pensaba ella.

—El hotel está enfrente, puedes dejarme aquí si quieres –Dijo la mujer ignorando las anteriores palabras de su hijo. Bajó del auto y caminó hacia el maletero, lo abrió mientras Víctor la observaba por el retrovisor.

—Sé que soy un mal hijo, pero…nadie me enseñó modales –Comentó él y posteriormente subió el cristal del asiento del copiloto. Aceleró y dejó a su madre atrás. A una distancia decente del hotel.

3

Él regresaba a casa cuando la música fue interrumpida por el tono de llamada del celular. El nombre de aquella persona dueña de su mente apareció en la pantalla.

—Me da gusto que me hayas hablado, no he tenido un buen día y eso que apenas comienza.

— ¿Qué decir de mí? Ha sido un día ajetreado en la oficina –Respondió ella.

Hubo un silencio momentáneo. Seguido de una risa.

—Disculpa, había olvidado para qué te llamé. Quiero verte, Víctor. Aclararemos lo que me pediste, esta vez escoge tú el lugar.

La conversación con su madre le había abierto una herida que él ya creía cerrada ¿Y qué mejor para cerrar heridas que un poco de alcohol?

— ¿Te parece el bar chino Liánhuā? Es uno de mis favoritos.



Dirk Blackmore

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En el texto hay: escritor, amor, fan

Editado: 21.11.2019

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