La voz

19

Era noche cerrada cuando llegaron al punto de desembarco. La niebla era espesa esa noche. «Y no solo en el río», pensaba Jaime. Sospechaba que al menos la mitad de Aguasnieblas debía estar sumergida en la blanca bruma. No estaba seguro, pero barruntaba que la Voz era la responsable. Mejor que mejor; la Voz era un aliado. No había que temer; que temieran los demás.

Entonces, ¿por qué estaba tan asustado?

Encontraron el sauce llorón más por intuición que por visión. Jennifer le ayudó con los remos y guiaron el bote hasta quedar bajo las ramas colgantes. Le soltó una palmada en las nalgas a la preciosa chica cuando iba a saltar del bote y esta se volvió sorprendida. Él se encogió de hombros. Jennifer le hizo un gesto de “¿qué demonios?” y terminó de saltar a tierra. Jaime le dio un empujón al esquife para que se lo llevara la corriente y se reunió con ella.

En la cima del barranco los esperaba José, que tenía puesta la máscara de halcón.

―Hoy deberíamos guardar las máscaras ―dijo Jaime―. La niebla nos encubrirá y no hay nadie a quien haya que sacarle un buen susto.

José hizo caso de la sugerencia y guardó el objeto en el hueco bajo el asiento del conductor. Jaime y Jennifer se acomodaron en los asientos traseros y el auto se puso en marcha. La mano de la joven buscó la suya y le dio un fuerte apretón. A pesar de ello, persistió un leve temblor en la mano de la chica. Estaba asustada, tanto o más que él. Y Jaime la entendía. Tocaba la parte más importante de todo: el ritual y su participación en él. No por primera vez se preguntó cómo se habían dejado embaucar para participar en ese rito.

Oh, claro, por la vida eterna.

Durante toda la vida fue un tipo pragmático y práctico. No creía en Dios ni en el Diablo, ni en el cielo ni en el infierno. Creía en la vida y en la muerte, con las que convivía a diario. No pensaba que existiera un castigo para los malos actos en la vida, ni estando vivo ni después de muerto, como tampoco creía que existiera una recompensa por las buenas acciones. Para él, todas esas cuestiones ideológicas y teorías teístas eran pura basura, invención de los poderosos para otorgar consuelo a los pobres mientras ellos actuaban a sus anchas. Eso y por esa necesidad que parecen tener todos de que les digan que hay algo más.

Principalmente, fue ese pensamiento lo que lo llevó a ser lo que era en la actualidad. Eso y las palizas que le daba el viejo loco de su progenitor a él y a su madre. Todavía tenía la cicatriz en la mejilla izquierda de la vez que lo cortó con un cuchillo, torturándolo, ordenándole qué dijera quiénes eran los amantes de la puta de su mujer y cuánto le tocaba a él de comisión.

Si no le hubiera dado un piadoso fin a su vida, los que estarían muertos serían él y su madre.

Nadie sospechó que Jaime era el asesino. El tipo estaba loco, lo sabía todo el mundo. Se había inyectado cloro pensando que era droga, ¿qué había de raro en ello? Fue su primera víctima. Tenía trece años de edad.

Ni mucho menos era la única.

El bastardo de su progenitor había obtenido su merecido, no a manos de ninguna deidad, a manos suyas. Fueron manos de hombre las que le dieron muerte.

De la misma manera pensaba que, si un día recibía su merecido, sería a manos de otro hombre. Aceptaría la muerte con estoicismo, pues no temía a ningún infierno ni en sandeces semejantes.

Hasta que apareció Él, la Voz, Elliam. Le prometió vida eterna, a él y al resto de la banda. Era una promesa que Jaime consideraba muy real. Y le entusiasmaba la idea. Sacrificar a unos cuantos chicos para consumir su vida, era algo que no le parecía desalmado. Y cuando la vitalidad se estuviera agotando, se sacrificaba a otros chicos; de esa manera hasta el final de los tiempos.

Todo eso estaba muy bien. Lo que no estaba bien era la revelación que Elliam había supuesto. El Antiguo aseguraba pertenecer al orden natural de las cosas, que no era ángel ni demonio, que simplemente existía como existe el mundo. Al resto de Cazadores parecía habérselos echado a la bolsa. No así a Jaime. Él sospechaba la verdad. Elliam no era natural, para Jaime era un demonio o algo semejante.

Las implicaciones de esa revelación eran las que lo hacían tener miedo y dudas. ¿Si existía semejante ser, es que existía también el bien y el mal, cielo e infierno, Dios y el Diablo? Si era así, se estaban metiendo con algo que seguro se premiaba con alguno de los peores castigos. Hasta pensar en ello le provocaba escalofríos.

―¿Estás bien? ―preguntó Jennifer.

Jaime la miró y trató de sonreírle. Sus labios se estiraron en una mueca tensa. La joven le devolvió una sonrisa nerviosa. Era hermosa. Era la mujer más hermosa del mundo, con sus ojos avellanados y su pelo color caoba, esbelta y de piernas largas. Podía ganar cualquier concurso de belleza en el que participara y desfilar en las mejores pasarelas del mundo. Sin embargo, estaba allí, metida en el fango con él. Se preguntó si sabía en lo que se metía. No, seguro que no.

―Creo que sí ―respondió Jaime―. ¿Está todo listo, Ojosrojos? ―preguntó a José.

Ojosrojos era otro de sus motes, heredado de sus tiempos en que fumaba hierba como pipa y no le quedaba ni para las gotas de los ojos. Había dejado de fumar un año atrás.

―La Zorra y el Sapo se han encargado ―respondió―. Y la Bruja que ha hecho uso de sus brujerías, como tenía que ser.




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