Las Hermanas Deltaff

Damas del Amor

 

Aceptaron la invitación de la mujer, que se llamaba Sune, a pasar la noche en su hogar. No tenían dónde ir y tampoco podían regresar sobre sus pasos.

A pesar de que aún era de día, había poca luz en el pasillo angosto de la entrada. Era largo y no tenía puertas a los lados, ni siquiera retratos. Sólo vieja madera quebrándose. Sin embargo, al final del pasillo, una cortina de color rosa deslavado, que quizá alguna vez fue  tela fina, se ondeaba con lentitud.

Sune las apartó y dentro las recibieron montones de jóvenes desnudas amontonadas entre sí. Okono reprimió una exclamación ahogada mientras las mejillas se le sonrojaban. Jamás había convivido con otras muchachas y nunca imaginó conocerlas precisamente así. Además de que todas parecían "comérselas" con la mirada.

-Muchachas, tenemos compañía- anunció Sune estirando los brazos hacia las gemelas, que estupefactas no sabían muy bien qué hacer o a dónde mirar.

-¿Clientas?-inquirió una mordiéndose el labio inferior.

-No, sólo compañía-corrigió Sune-. Tomen asiento, ahí-indicó señalando unos cojines desvencijados-. La jornada de trabajo justo terminó, no estén asustadas.

Ellas se sentaron inseguras y al instante las demás jóvenes se congregaron alrededor suyo. Parecían contenerse sólo porque Sune estaba allí

-¿Alguien le dio de comer al pequeño tonto? ¡Huyet, vamos terca! Dale ternera y pan. Asegúrate que tenga cobijo. Esta noche será fría y peligrosa, como todas.

La primera en acercarse a Okono fue una muchacha de ojos cobrizos, que brillaban como el rojo fuego de su cabello.

-¿Qué clase de atuendo es éste?-inquirió jaloneando la ropa de Okono con insistencia-¿Acaso eres hombre con ésa espada y ésos pantalones?

-Son...son mis cosas-balbuceó Okono. El corazón le palpitaba con fuerza y la respiración se le aceleraba. Descubrir un cuerpo que no fuera suyo la llenaba de una excitación inesperada.

La chica de los ojos cobrizos se le acercó, llevando sólo un collar que le caía en los pechos protuberantes.

-¿Por...porqué están todas así?-inquirió Okono tratando de enfocar su vista en otra cosa.

-Porque somos las damas del amor. El cuerpo no nos avergüenza, al contrario, lo enaltecemos. Sabemos que somos hermosas y no lo ocultamos. ¿Por qué  tú te avergüenzas?

Okono bajó la vista hacia  los pezones duros de su compañera. La muchacha siguió su mirada y sonrió.

-No...no es sólo que...no entiendo cómo es posible que seas tan hermosa-agregó con un tono de celos. Era imposible no mirarlas, no mirar aquellos vientres planos, piernas apiñonadas y carnosas, era difícil ahogar aquella atracción hacia su piel que se asemejaba a la seda. Sentía un angustioso y reprimido deseo de tocar aquellos pechos blandos, sólo para probar cómo sería tocar a lo que parecía ser un hermoso ángel.

-Deberías averiguarlo-propuso.

-¿Disculpa?-preguntó Okono, pero la chica tomó su mano y la besó, para después chupar su dedo índice-¿Qué estás haciendo?-agregó alarmada, sintiendo la humedad creciente entre sus piernas.

-Me preguntaste cuál era mi belleza y yo te la estoy mostrando. Te estoy mostrando lo que es ser mujer...-pausó  mirándola a los ojos-¿Algunas vez has estado con algún hombre?

No respondió.

-Tomaré eso como un no...¿sabrías cómo hacerlo cuando llegue el momento?-le interrogó-¿Te has tocado tú para saber qué pedirle?

-¿Quién eres tú para decirme cómo puedo hacerlo y cómo no? De todas formas, no te he pedido tu opinión, así que déjame en paz. Vinimos por asilo, no por descubrimientos-argumentó a la defensiva.

-Nosotras niña, somos las maestras del placer-hizo notar Huyet que ya regresaba de alimentar al pequeño que trajo a las gemelas-. Por eso estamos aquí. Para que hombres y mujeres de todas las edades disfruten de nuestro talento.

Estaba recargada en la tela y dejaba que ésta le cubriese tan solo un poco el vientre y más abajo.

-No nos interesa sus conocimientos-dijo Sansce. Huyet posó su mirada en ella con interés.

-¿A no? Es una pena...son tan hermosas...pero no saben utilizar su cuerpo-mientras lo decía se deslizó despacio, muy despacio al suelo y a gatas se fue acercando a la maga. Se acercó tanto que ambas quedaron a centímetros. Sansce podía sentir el aroma dulzón de la prostituta-. Tú...hay algo en ustedes que me repulsa...pero hay otras cosas que me vuelven loca. ¿No es así chicas?

Todas rieron.



Miranda G. Arjo

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En el texto hay: guerra y enfermedad, romance y magia

Editado: 23.03.2018

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