Los 21 Suicidios de la Academia Heather

Capítulo I: Primer Suicidio.

    Madison.
    Completamente vestida en negro, bajé: zapatos, maquillaje, mi vestido, e incluso mi cabello, negro. Bajar las escaleras parecía un peso más en mi espalda, uno por uno, bajaba los escalones. Seguía concentrada en el incesante ruido de mis zapatos, que resonaban en el completo silencio.
    — Oye —me habló mi madre—, no quiero que te sientas obligada a ir. ¿Estás bien?
    Terminé mi recorrido por las escaleras, saltando el último peldaño, para quedar enfrente de mi madre, quién seguía siendo más alta que yo.
    — Podré manejarlo —contesté mientras asentía con la cabeza y observaba a mi padre, quien estaba impaciente buscando algo, supuse perdió las llaves del auto. Otra vez.
    — No te preocupes, Eleanor, Maddy es fuerte.
    Miré inconscientemente, por demasiado tiempo, el florero transparente que estaba en el centro de la mesa del comedor, lleno con rosas rojas, secas. Sentí como si lo hubiese visto en cámara lenta; vi caer uno de los pétalos encima de la mesa, débil. Tan frágil, como si siquiera con tocarle, se rompería. Pero por suerte, estaba seco, no podrido: se conservaría.
    — ¿Maddy? —miré asustada a mi madre que parecía estar hablándome desde hace un rato—. Te preguntaba si estás lista para poder irnos.
    — Vámonos  —asentí, distraída—. Thya quiere que nos juntemos allá, no quiere estar sola.
    — Está bien, entonces hay que apurarnos —dijo papá con las llaves en la mano, supongo que estuvieron en su bolsillo todo éste tiempo.
    Después de subir a nuestro auto, que no era ni nuevo ni viejo, ni limpio ni sucio, me puse los audífonos para evitar escuchar a mis padres, que cuestionaban las razones por las que una chica adinerada se quitaría la vida, si tenía un futuro tan brillante.
    Miré mi celular, y cambié la canción. Ahora sonaba la alegre melodía de una canción triste: "It's my party, and I'll cry if I want to, cry if I want to, cry if I want to. You would cry too if it happend to you!".
    
Miraba los árboles correr desde la ventana del auto, miraba la gente caminando, con bolsas de compras, con distintos atuendos, empezando a despedirse del tibio clima de verano, despidiendo las alergias y saludando a los resfriados. 
    Me gustaba pensar en posibles historias de vida de personas desconocidas. Cruzando iban, posibles madres divorciadas, madres adolescentes, niños que viven con sus abuelos, de familias adineradas, y familias humildes. Algunos, más respetuosos que otros. Tantas ideas se me cruzaban que no podía terminar una historia, porque ya estaba imaginando otra.
    Aunque intentara pensar en cosas banales para evitar el tema, no dejo de recordar que mi compañera que conocía desde hace dos años había muerto. Lo peor, es no saber cómo; porque ahí es cuando los rumores atacan. Muchos dijeron que tenía una enfermedad desconocida incurable, otros dijeron que fue asesinada por su propio padre, para evitar heredarle a ella su empresa. Algunos lo creyeron cierto, ya que él es dueño de una de las empresas arquitectónicas más importantes. De hecho, si es que no recuerdo mal, creo hasta haber escuchado una retorcida historia de muerte por sífilis, pero ni los periódicos amarillistas aún han podido averiguar la causa por la que ha muerto la hija del importante Roman Collins.
    — Maddy —me llamó mi madre—. Ha llamado Thya.
    — ¿Pasó algo malo? —le pregunté.
    — No. O sea, no se trata de eso. Ella dijo que ya se enteraron cómo murió Stella.
    Estuve un momento en silencio, observando. ¿Acaso alguna de éstas locas ideas conspiratorias sería verdad?
    — ¿Qué... Qué le pasó? —miré a mi padre.
    — Está confirmado, hija. Stella se suicidó —dijo él, mientras era observado cautelosamente por mi madre—. Se envenenó. Dicen que se envenenó con un experimento que ella misma estaba haciendo para la clase de química. La policía habló con el profesor, y él les ha dicho que Stella habló con él. Ella planeaba crear un novedoso veneno para ratas, ya que sería más limpio, en teoría, porque en lugar de dejar a la rata pudriéndose, secaría, y posteriormente, desintegraría los órganos internos, con el propósito de evitar el olor cuando muriesen.
    — ¿Funcionó? —pregunté atónita—.
    — ¿Qué cosa?
    — ¿Se desintegraron sus órganos internos?
    — De hecho, no. Como era un ácido pensado para ratas, no era tan potente. Sólo logró que ella agonizara muy lentamente —miró a mamá, y para mi horror recalcó la palabra «muy».
    Hubo un rato de silencio, bastante incómodo a decir verdad. Por las caras que mis padres ponían, puedo suponer que creían que comenzaría a llorar o a lamentarme por no haber pasado junto a ella sus últimos años de vida y haberla ayudado. ¿Pero qué puedo decir? Ni siquiera puedo arrepentirme de aquello.
    — Ella era buena en química... ¿cómo pudo tomarse accidentalmente el veneno? Seguramente estaba usando guantes, máscara, un delantal, y quizás qué más. Siempre era la única que hacía las actividades usando toda la protección necesaria.
    — El asunto es que probablemente no fue accidente —respondió mamá.
    La conversación de repente se puso demasiado turbia, más de lo que quisiera. Me callé de golpe.
    ¿Por qué demonios una chica como ella se suicidaría? Tenía su vida hecha desde que nació, de hecho, era millonaria desde mucho antes de que siquiera a su padre se le ocurriera crear una familia. Y de todas formas, ella tenía tanto potencial como para crear su propio imperio, independiente de su apellido.
     — Siendo sincera, me calma bastante saber que no mató ratas finalmente. ¿Se imaginan a las pobres muriendo así?
    — ¡Madison! —me reprendió mi madre.
    — Perdón, es que ¿se imaginan? pobres ratas...
    — No vayas a decir nada así de estúpido en el funeral, ¿entendiste? —papá me regañó, y luego de pensar un poco en mis palabras, me avergoncé de que él tuviera razón.
    Papá estacionó el auto, y luego tuvimos que empezar a caminar por un camino de tierra, que según nos habían dicho, nos llevaría directo al cementerio. Yo ya conocía aquel cementerio, sabía que todo allá adentro estaba pavimentado, pero por alguna razón que desconozco, no así el camino que le precede.
    Comencé a pensar en Stella. Ella era el tipo de persona que tú envidiarías si le conocieras; y por ello mismo, parecer perfecta era su maldición. Vivía en una mansión, en la cual había más empleados que dueños de casa, aunque ella no solía estar ahí. Prefería ir a una exposición de arte local o componer algo a violín. Ella era del tipo de persona que se dedicaba en clases y trabajaba, por lo que la mayoría no sabía ni quién era.
    Aunque describirla de una forma tan ligera, es sólo algo de cortesía y amabilidad de mi parte, diría que por respeto a su muerte; porque nadie es tan bueno mientras vive. Lo que acabo de relatar es sólo lo que cualquiera opina de ella al verla a simple vista, ¡pobre alma!.
    Como dije, me gusta imaginar la vida de las personas, pero parte de esta manía puede ser producida porque sus vidas reales suelen ser peores, y cuando las conoces, ya no los puedes ver de la misma forma, por eso no me causa tanta pena que estuviese tan sola todo el tiempo, al fin y al cabo, ni todo su dinero pudo comprarle amistades.
    Nunca fui realmente amiga de ella, pero de todas formas su muerte me hizo reaccionar. Yo siempre fui egoísta, me preocupaba sólo de mi aspecto físico, diciendo que "mi vida era la peor", vivía pensando en morir, y luego, con estas cosas te vas dando cuenta de cuán errónea es tu idea de muerte. Nunca eres un héroe si te suicidas, sólo eres alguien cobarde que necesitó un momento para fallecer y no hacerse cargo de sus problemas. Puede que la víctima en todo esto no lo vea así, pero el espectador suele hacerlo. Las muertes no suelen ser tan fáciles como las películas muestran o como los libros narran.
    Supongo que si vives como una científica morirás como una. ¿Quién inventa veneno?, quiero decir, además de las fábricas que producen toneladas de veneno anuales. Seguramente ella quería asegurarse de que en realidad muriese. De todas formas, ¿veneno para ratas? ¿Quién creería que hasta los millonarios tienen problemas domésticos respecto a los roedores? seguramente, si yo fuera una rata, me iría a una de esas mansiones, donde hasta los desperdicios son de buena calidad.
    Esta muerte tan cercana volvía mi mente hiperactiva, incluso me hacía pensar cosas que probablemente para esta situación eran muy imprudentes. Digo, ¿ponerse en el lugar de la persona que está muerta mientras se suicida es normal? No lo sé, pero no podía evitar pensar en cómo se debió de sentir. El sufrimiento, la desesperación, la desolación, la melancolía, la soledad, para acabar sólo con dolor. No podía evitarlo.
    — Debemos comprar las flores... ¿qué color prefieres, Maddy? ¿Blanco, rosa? —preguntó mamá, usando el tierno diminutivo que sólo soportaba que usara mi familia.
    — No lo sé. Debería ver los arreglos florales antes de elegir.
    Nos acercábamos por el camino de tierra, hasta un puesto que vendía flores. Habían flores apartadas, ramas de árboles cortadas, los arreglos; en su mayoría compuestos por rosas, y girasoles. Mi vista fue directo a unas rosas rojas gigantes, que podía oler desde la distancia, con gotas de agua que corrían por los pétalos, para que tuvieran mayor duración y calidad, viéndose humectadas. Supongo que era una perfecta ironía, mueren flores, sólo para que nazcan otras, pero demonios que era triste cuando morían de forma prematura. Las más jóvenes son aquellas que más deberían vivir.
    — ¿Qué tal éstas? —mamá tenía en la mano un ramo, no tan grande como el de las rosas rojas, pero sí muy tierno por el color rosado pastel de las flores y del suave color blanco que les acompañaba intermediamente. Habría dicho que no y habría llevado las rojas, pero mamá no me dejaría llevar colores intensos.
    — Sí, perfectas —dije con conformidad.
    Fue entonces que la florista se me acercó y dijo que también vendía las rosas rojas por unidad, sacando de repente una sola rosa en un papel plástico transparente que le envolvía el tallo, tan fresca como las otras flores.
    — Entonces, creo que la llevaré —sonreí mirando la rosa, mamá pagó y luego llegamos hasta la ceremonia, donde nos enteramos que iba a empezar unos minutos más tarde, para poder esperar a que llegara más gente.
    Comencé a caminar, lejos de mis padres, quienes conversaban entre sí acerca del estado de mis compañeros y la gran cantidad de gente que había, y de que cómo era posible que se esperasen a más. Ahí entendí, no importa cuántos amigos hayas tenido en vida, la gente sólo aparece al dar las condolencias.
    Desde la multitud de gente, que en general se veía expectante y asustada, logré ver a Thya, infaltable en situaciones difíciles y dolorosas como esta.



Alice Harker

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En el texto hay: muerte

Editado: 19.03.2018

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