Los Errantes

Capítulo 7 Balas Perdidas. (Parte 2)

V

 

La mañana siguiente el sol entro por un pequeño hueco en la pared del fondo y termino pegándole en la cara, ahora el cansancio era demasiado y Martín lo sentía en las bolsas debajo de sus ojos, le pesaban como un par de costales de papa. Se enderezo en el asiento y tomo de su mochila un bote de agua, dio un trago, la revolvió en su boca y luego la escupió por la ventana. Se bajo y estiro su cuerpo, los músculos le dolían y sentía su columna un poco desviada, hizo dos pequeños giros por la cintura y escucho como sus huesos se acomodaron, luego noto algo que no había visto el día anterior por el pánico y la adrenalina, casi al fondo del gran patio en el lugar había unas pequeñas habitaciones con una puerta igual que la que él había abierto con la barreta y una ventana del mismo material con un cristal pintado y que impedía ver lo que había dentro, supuso que se trataba de las oficinas del lugar así que tomo la barreta, dio un vistazo a las chicas para ver si seguían dormidas y luego fue hasta ahí. 

 

Hizo lo mismo que el día anterior, coloco la barreta encajada en la puerta a la altura del pasador y luego hizo palanca, el seguro boto haciendo eco por todo el lugar. Una vez dentro se dio cuenta que su idea no estaba tan errada pues, había una pequeña sala de espera, con unos sillones en color marrón que tenían el forro cuarteado y manchado de una pasta negra, quizás grasa y en algunos puntos la esponja que los rellenaba se dejaba ver. —Aquí pude haber pasado mejor noche— murmuro Martín, pensando en su espalada. También había una pequeña pero alta mesa de recepción, donde se mostraba un viejo monitor amarillento con la palabra ya despintada, Samsung, en el punto bajo del mismo el cual estaba sobre un CPU igualmente amarilloso, una maceta con un cactus diminuto de flores amarillas junto a un portarretratos con la foto de una mujer y un hombre que se abrazaban cariñosamente, además de una foto más, empalmada en el portarretratos con la ecografía de un bebe. Por detrás de aquella mesa y pegada a la pared, había una repisa en la cual estaba una cafetera, varias tazas y una azucarera. —Bueno, al menos podre tomar café— se volvió a murmurar buscando en los cajones y por todo ese lugar alguna bolsa de café molido, pero no lo había. Se introdujo por un marco de puerta que había a un costado de la recepción y esta llevaba a un pasillo, el cual tenía dos puertas a su derecha y una puerta más al final con la señalización de “baño” con el dibujo clásico de un hombre y una mujer divididos por una diagonal que los mantenía separados. La primera puerta tenía puesto el candado, una placa a la altura de sus ojos le indicaba que se trataba de la oficina del gerente, así que no pensó que encontraría nada de interés. Se siguió hasta la segunda puerta, la cual estaba abierta y con una placa que decía comedor. Entro y ahí entendió que la pintura en el vidrio era para mantener privacidad a la hora de comer, también encontró una máquina de refrescos enlatados y otras bebidas, una maquina más llena de snacks y una pequeña mesa redonda con cinco sillas, una cocina integral, un refrigerador y un microondas. Abrió la primera puerta de alacena y ahí estaba la bolsa de café, con la barreta rompió el seguro de la máquina de refrescos y una vez abierto tomo varios botes de agua. Se preparo un café y lo disfruto recostado en el sillón mientras leía una vieja edición de la revista Men’s Health, donde aparecía en la portada el jugador David Beckham que, según el artículo, te enseñaba a ser un ganador. Pasaron cerca de treinta minutos, cuando el ruido de una bisagra abriéndose lo saco de su trance lector, se trataba de Diana, quien había descendido del camión y buscaba en todas direcciones con una mano sobre sus ojos para taparse la luz del sol, que ya comenzaba a entrar por arriba del lugar. Le hizo señas con la mano para que ella pudiera verlo y esta levanto su brazo para que supiera que ya lo había visto, regreso dentro del tráiler y después de unos minutos, ella y Lucía se dirigían con las maletas hacia donde estaba él.

   —Buenos días, señoritas.

   —Buen día Martín. —Contestaron ambas aun con la voz algo adormilada.

   —Bueno, por allá al fondo está el baño, por si quieren lavarse la cara o hacer sus necesidades y aquí hay algunas tazas por si quieren café, solo hay negro.

   Las chicas caminaron juntas al baño, para salir rápidamente ya con la cara más despierta y se sirvieron una taza de café cada una. Luego fueron hasta donde estaba el comedor.

   —¿Qué haremos hoy? —Pregunto Lucía.

   —Supongo que continuaremos con el plan original, iremos rumbo a Rayones según como veamos el camino, digo, es lo único que tenemos hasta el momento.

   —Cierto, —reafirmo Diana dando un sorbo al café caliente. — aunque ahora nos quedamos sin coche.

   —¿Y si regresamos por la camioneta? —Pregunto Lucía.

   —No creo que sea opción, eso es lo que quizás esperan que hagamos. —Dijo Martín.

   —¿No hay ningún coche aquí dentro verdad?

   —No, revise aquí dentro si había algunas llaves, pero no, creo que hagamos lo que hagamos lo tendremos primero que hacer a pie.

   —¿Aun tienes las llaves de ayer, las que usaste para encender la alarma? —Diana parecía tener una idea.

   —Pues sí las tengo, pero si están pensando en volver hasta allá, te aviso que eso está a más de tres o cuatro kilómetros y recorrerlos así con esas bestias sueltas no creo que lleguemos muy lejos.

   —Es lo único que se me ocurre.

   —¿Y si vamos al sector privado que está aquí al lado? —Interrumpió Lucía. —Digo, quizás encontremos algún coche con las llaves puestas.

   —Si y como a qué te gusta, ¿Cincuenta o cien de esas cosas?

   —Entiendo tu preocupación Martín, pero ¿entonces que haremos?

   —Déjame terminar mi taza de café, luego nos ponemos a pensar, tenemos que comer y descansar bien, porque una vez saliendo de esa puerta no sé cuándo volvamos a descansar.



Orlando G

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En el texto hay: terror, zombis, demonios

Editado: 05.08.2020

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