Los Errantes

Capítulo 7 Balas Perdidas (Parte 3)

VI

Abrió los ojos y aún tenía cubierta la cara, podía ver muy poco a través de los tejidos de la capucha, intento quitársela sin embargo la atadura en muñecas le impedía mover sus manos, pudo ver la silueta del hombre que estaba al volante y sentía algo que se aplastaba contra su cuerpo por el costado, también una leve respiración en su antebrazo, por lo que supuso, se trataba de Lucia. Seguían en la camioneta, aun andando a donde quiera que los llevaran.

La misma música de corridos y banda sonaban en el estéreo, pero a muy bajo volumen, había un olor a cerveza y al mover su pierna escucho el sonido metálico de aplastar una lata vacía. Su cabeza no paraba de darle vueltas, el mareo y el dolor eran intensos y aunque intento que no, le fue inevitable volver a caer en un sueño profundo.

Un aroma a tierra húmeda y madera la despertó, escuchaba una gota cayendo una y otra vez en un charco no muy lejos de ella. Abrió los ojos y esta vez pensó que tenía una venda, se dio cuenta pronto que no era así, pues se encontraba en una especie de habitación muy pequeña de no más de cuatro por cuatro metros, lo supo porque la luz del día entraba por debajo de la puerta y uno que otro rayo se colaba por las uniones de las tablas puestas en paralelo y que formaban aquel cuarto. Se encontraba sentada en el piso, con las manos por encima de la cabeza amarradas a un aro incrustado por encima de ella, había una llave que goteaba sobre un balde de agua que estaba lleno y que tras cada gota que caía se derramaba un poco sobre el piso de tierra. Estaba sola. Escuchaba murmullos a lo lejos, que se mezclaban con algunas carcajadas, pero no eran tan importantes como todos los demás ruidos, había quejidos, lamentos, llantos y sollozos y todos estos, muy cerca de ella. En lo que supuso ella se trataba del cuarto de enseguida, pudo escuchar a alguien gruñir y rasgar la madera que los dividía y pensó por un instante que se encontraba en una especie de establo o algo similar.

—¡Cállate ya pedazo de mierda!

Grito una voz ronca con tanta fuerza, que rebaso los golpeteos que dio en la puerta de donde ella acababa de escuchar los gruñidos, se generó un silencio muy breve, el cuál fue roto por más gritos guturales y el sonido de unas cadenas pesadas cayendo al piso, abrieron su puerta.

—Buenos días güerita —Aunque ella no era rubia, sino más bien castaña— aquí le manda el patrón. Dijo el hombre encendiendo un foco que pendía de algún lugar del techo y que iluminaba en un amarillo cálido que se le antojaba bastante anticuado.

No pudo distinguir al hombre, pues sus ojos no enfocaban encandilados por la fuerte luz del día, pero pudo ver el sombrero vaquero en su cabeza. El hombre dejo un plato que olía a una mezcla de frijoles y tortillas fritas, luego hizo algo sobre la cabeza de ella y pudo sentir como sus manos se aflojaban y caían a sus costados. La había desatado.

—Come, te hará bien y te hará fuerte para cuando te toque que te demos amor, princesa.

Dijo en un tono que se antojaba sarcástico y depravado.

El hombre se puso de rodillas frente a ella y le sonrió a la cara, sus ojos se estaban adaptando poco a poco, pero pudo ver la nariz robusta y redonda, se la imagino como la de un cerdo muy obeso, además en su sonrisa, pudo ver un brillo dorado que sobre salía de una corona de una de sus muelas.

Estaba tratando de hilar todas las cosas y formarse en su cabeza una idea más clara sobre todo lo que pasaba, trataba de traerse a sí misma a la realidad que ahora la acogía y aquel descenso del viaje que le dio la contusión, la luz amarillenta que aún se mecía por el movimiento al encenderla, no ayudaba y todo aquello había pasado a convertirse en miedo, escalofrió y rabia, en ese orden, cuando se dio cuenta que unos dedos gruesos como salchichas y una mano áspera y caliente, se enroscaban en su pierna izquierda deslizándose poco a poco hacia arriba por su muslo y la entrepierna, apretando y magullándola como si fuera un trozo de papel, sintió el aliento a alcohol y cebada más una mezcla de pestilencia a tabaco. Algo dentro de ella le pedía detener la situación, pero al mismo tiempo, sus músculos no le respondían, el centro de su pecho le quemaba, pero al mismo tiempo sentía sus manos heladas. De un momento a otro y casi sin darse cuenta, su puño se cerró con tal fuerza, que, con un solo puñetazo en el rostro de aquel hombre, fue suficiente para derribarlo antes de que le tocara sus partes íntimas.

El hombre sonrió aún más y se agarró más fuerte de su pierna al perder el equilibrio, dejando una estela ardiente como de rasguño justo antes de terminar con las nalgas en el suelo llevándose consigo el balde de agua.

—Así me gustan, las chicas rudas.

Se limpio la cara y Diana pudo ver en su antebrazo el mismo tatuaje que había visto en Xavier. El hombre batallaba en levantarse, pues la barriga enorme le estorbaba y cuando Diana intentó ponerse en pie, saco un revolver que brillaba en color plateado jalando el martillo hacia atrás.

—¡No tan rápido puta!

Diana se volvió a sentar en el piso levantando las manos y agachando la cabeza, justo antes de que otro hombre entrara.

—¿Qué le paso Chif?

—No hagas preguntas pendejo, ayúdame a levantarme.

El hombre le ayudo rápidamente y le sacudió el polvo de la espalda.

—Lo anda buscando el jefe, dice que nos quiere en chinga donde esta él.

—¿Ahora que quiere ese cabrón?

—No se Chif, yo solo le digo lo que me dijeron.

—Bueno pues a la chingada, jálate para allá.

Hizo una pausa y mientras el hombre desaparecía por el portal, él se acomodó el pantalón tomándolo por el cinto y jalándolo hacia arriba, pero su prominente barriga se lo impedía, luego volteo la mirada hacia Diana.

— Y en cuanto a ti perra, así quiero que pelees por tu vida más al rato y si no, yo mismo me encargare de meterte una bala por ese gordo culo, si es necesario.



Orlando G

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En el texto hay: terror, zombis, demonios

Editado: 05.08.2020

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