Los Hijos de Anac y el Jardin del Eden

El jardin del Eden

“Y planto un huerto en Edén, al oriente; y puso ahí al hombre que había formado”

El hombre corría con toda la fuerza que le quedaba, no miraba hacia atrás; sabía que moriría en el momento en que volteara su rostro y se encontrara con los ojos rabiosos de Samuel. Tenía que llegar con su mujer y entregarle en sus manos el fruto del árbol de la sabiduría, colocarlo en sus manos bendecidas por la Fuente para proteger el porvenir de sus descendientes. No podía titubear o moriría en manos de aquel a quien traiciono, a quien engaño en su propio juego.

Sus pulmones ardían como si respirase fuego y sus pies doloridos y sangrantes ya no podían dar un paso más, pero se obligaba en su mente a continuar, a no desfallecer y cumplir con su cometido aunque le costara la vida.

A lo lejos vislumbro el gran roble y bajo su sombra esperaba su mujer con la mirada llena de preocupación y lágrimas que no se derramaban. Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios del hombre pero le fue arrancada cruelmente en el momento que noto a Lilith recostada a un costado del árbol sonriéndole con malicia y perversidad. Su corazón se contrajo dolorosamente y sus pies se detuvieron de golpe, el pensamiento de que era el fin de sus existencias lo aterro de la peor manera; sin darse cuenta había conducido a su mujer a una muerte cruel y agonizante.

Con lentos pasos el hombre fue acercándose al gran roble, no aparto la mirada de su mujer pensando en que esa podría ser la última vez que pudiese apreciar el brillo de sus cristalinos ojos marrones. Ignoro la risa pretenciosa de Lilith y extendió su brazo hacia la mujer para poder llevarla a sus brazos y darle algún tipo de consuelo, un consuelo que él no poseía pero que fingiría para ella.

_ Haz fallado, Adán._ Se burló Lilith._ Sabes cuál es el precio.

El hombre abrazo a su mujer con fuerza y susurro a su oído con cariño, por ella mantendría la cabeza en alto y moriría con dignidad.

_ Muy mal, querido._ Chasqueo la lengua con un gesto tan repugnante que la piel del hombre se erizo con desagrado._ Es una lástima.

El hombre se negó a mirarla, la despreciaba demasiado y su maldad solo la convertía en un verdadero demonio. Un demonio poderoso y capaz de embaucarte para que le cedieras el alma con gusto.

Una fría corriente de aire le aviso de la presencia de Samuel a su espalda, Lilith sonrió confirmándole su final. Abrazo con más fuerza a su mujer y beso la cima de su cabeza, moriría con ella pero jamás les entregaría el fruto del árbol sagrado.

_ Tienes algo que me pertenece._ Advirtió Samuel con severidad._ Y lo quiero, ahora.

_ Jamás lo entregare._ Respondió el hombre con valor._ El padre nos puso aquí para que lo protegiéramos y moriremos cumpliendo su mandato.

La risa de Samuel hizo temblar a hombre y mujer, el padre de los demonios dio dos pasos hacia ellos y suspiro su fétido aliento en la nuca del hombre.

_ Eres muy ingenuo, Adán._ Murmuro Samuel a solo centímetros de atravesarlo con sus garras._ Tu amado creador no se interesa por ti, su amor es solo para sus ángeles. Tú, eres un pasatiempo.

_ ¡Mientes!_ Grito la mujer con fuerza._ Eres un mentiroso.

_ Eres un verdadero desperdicio._ Escupió Lilith a la mujer._ Eres tan poca cosa, sumisa, obediente, abnegada. Eres débil.

La mirada del hombre se cruzó con la de Lilith y pudo ver en ella todo el menosprecio y el odio que sentía por su mujer. Incluso podía sentir su desprecio en su piel como si fuera un veneno letal.

_ ¡Cállate, Lilith!_ El hombre la desafío con la mirada._ Tú también eres una creación de la Fuente. Esto es una traición…

La risa de Lilith le impidió continuar, era inútil intentar hacerla entrar en razón. Ella fue una criatura corrompida desde su primer respiro de vida, la falta de instinto la convirtió en un ser vil y egoísta.

_ Estoy perdiendo la paciencia._ Continuo amenazando Samuel._ Quiero lo que me pertenece.

Samuel deslizo una de sus filosas garras por el cuello del hombre, un hilito de sangre cálida y pura se deslizo por su piel color oliva provocando un estremecimiento de miedo en el hombre. No importaba cuanto le dijeran que solo eran un pasatiempo, que la Fuente nos los amaba realmente y que les había abandonado, él jamás le traicionaría.

_ Tendrás que morir, Adán.

Cerró sus ojos, sostuvo a su mujer con furor y le dedico su último pensamiento al ser supremo que le había otorgado la vida.

_ Retrocede, Samuel._ Dijo una voz fuerte y clara._ Aleja tus inmundas manos de los elegidos.

El corazón del hombre se sintió aliviado al reconocer aquella fuerte voz, sus hombros se relajaron y tuvo la certeza de que todo estaría bien a partir de ese momento. Su creador no les había abandonado.



Angeles Esquivel

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Editado: 24.04.2018

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