Los ratones de la cocina

Capítulo 1

No consiguieron dormir mucho. Era de esperar. De los básicos: refugio, comida y calor, habían conseguido los dos primeros, pero el frío resultó ser una tarea aún pendiente de solucionar. Fue lo que ocupó su mañana en cuanto el sol empezó a iluminar el nuevo hogar y les permitió otear las posibilidades a su alcance.

Con suma precaución ─pues, aunque pronto se dieron cuenta de que la cocinera no andaba muy fina de oído, ésta pasaba bastante tiempo allí y podría verlos─, Adalberht se dedicó a recolectar todas las pajitas y hebras de sacos que pudo, mientras Flora las colocaba para formar una cama que les proporcionase una temperatura nocturna un poco más llevadera; pues, durante el día, el fuego estaba continuamente encendido y convertía la cocina en una de las estancias más agradables de la casa.

Adalberht no tardó en hacerse con las riendas de su recién adquirido cuerpo. Lo más difícil era calibrar su potencial ponderando su reducido tamaño con la, por otra parte, gran velocidad. Poco a poco, conseguía ir encontrando el equilibrio y, sobre todo y más importante, averiguando sus lastres y sus ventajas.

Solamente en procurarse un lecho aceptable y algunas provisiones se les fue el día entero. Esquivando a la anciana cocinera e intentando acostumbrarse ─o soportando, más bien─ el vertiginoso latir de sus diminutos corazones, que continuamente les recordaba lo rápido que marchaba su nuevo cuerpo hacia el final de la vida.

También la vieron varias veces a ella. La joven traía y llevaba cosas de la cocina, hablando poco ─la cocinera tampoco le daba mucha ocasión, pues se dirigía a ella únicamente para darle órdenes no abiertas a discusión─ y con una profunda expresión de tristeza. Tristeza resignada… de la que ya no produce lágrimas.

Tras la cena, la cocina volvió a quedarse vacía, como cuando habían llegado la noche anterior. Y, de nuevo, varias horas después, cuando todo el mundo en la casa estaba ya acostado, ella volvió a aparecer, claramente buscando el calor del fuego mortecino de la chimenea. Adalberht se preguntó cuánto tiempo llevaría ella viviendo así, ya que, sin saber bien por qué, intuía que, como ellos, la chica estaba adaptándose también a una situación recientemente sobrevenida.

Esta vez, la joven se había traído una manta vieja y una almohada, y las colocó lo más cerca posible de las brasas. Al poner la manta sobre el suelo, para evitar el frío de las baldosas, se quedó sin nada con lo que cubrirse. Pero se acurrucó allí, con la cara prácticamente en la ceniza, y se dispuso a pasar la noche de la mejor manera que las circunstancias le permitieran.

 

A la mañana siguiente, la cocinera llegó antes de lo previsto.

-¿Qué haces aquí?

Ella se levantó deprisa del suelo y, cuando estuvo de pie, la mujer le propinó una sonora bofetada.

Automáticamente, el ratón que espiaba desde el agujero en la pared salió corriendo de su escondite y mordió con todas sus fuerzas a la cocinera en el tobillo.

-¡Aaahh! Pero ¿qué…? ¡Ratones! Creía que había terminado con ellos. ¡Niña, revisa las trampas y pon dos o tres más! ¡Venga!

Ella, con la mejilla dolorida y enrojecida, visible a pesar del tizne de la ceniza, se fijó en el pie de la mujer, que sangraba. Luego, la miró de arriba abajo con rencor y obedeció.

Flora, despierta ya también a causa del jaleo, y Adalberht aprovecharon para aprender dónde estaban situadas las ratoneras, asomando sus cabecitas, con más precaución aún si cabía, por el agujero de su guarida.

Cuando la joven llegó a la altura de su refugio y se disponía a colocar una de las trampas justo delante, Adalberht tomó una decisión precipitada y muy arriesgada: salió del agujero y se quedó allí sentado frente a ella.

Ella se sorprendió a sí misma sobresaltándose mucho menos de lo que habría esperado y observó durante unos largos instantes al ratón y, en especial, sus bigotes, todavía manchados de sangre. Luego, pasó de largo sin dejar cerca ninguna de las ratoneras.

Flora no le iba a perdonar semejante temeridad.

-¿Estás loco? –le recriminó cuando éste volvió a entrar-. Si vas a ponernos en peligro de esta manera, dímelo, porque igual no me conviene tu compañía.

Incluso tan enfadada como estaba, inmediatamente empezó a arrepentirse de sus palabras. No quería quedarse sola.

-Lo siento –respondió Adalberht, aturdido por su propia reacción-. Intuí… Intuí que era de fiar… Además… iba a poner un cepo justo en la entrada y no habríamos podido salir.



Monica Euen

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En el texto hay: magia, misterio, amor

Editado: 26.08.2019

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