Los ratones de la cocina

Capítulo 16

Tal y como había prometido, Kasimir abrió el baile con Herta, a quien más de dos muchachas, arribistas o no, no dejaron de escudriñar. El Príncipe tenía ahora un interés añadido para querer pasar tiempo con ella.

-Cuéntame lo que sabes.

-Me temo que no -respondió Herta, aun consciente del riesgo de hablarle con tanta rudeza. Al fin y al cabo, no lo conocía y sus antecedentes debían, como mínimo, tenerla en guardia.

-Dime, al menos, si Adalberht está con ella. -La chica no contestó.- De acuerdo. Tu silencio, en este caso, lo confirma.

-No. No lo confirma -dijo ella enfadada-. Lo único que indica es que no doy información sobre un asunto; lo más probablemente porque no la tengo.

Kasimir hizo un gesto que significaba “como quieras”.

Pasaron un rato bailando en silencio.

-¿Se han fugado juntos, y mi madre y el Rey les han prohibido volver?

Lo que más tentaba a Herta a hablar era que su tono parecía sinceramente de preocupación y nada amenazador.

Le pidió con la mirada que no siguiera preguntando.

-De acuerdo. Háblame de ti, entonces. -Kasimir cayó en la cuenta de que, entre tanto misterio, lo del Conde de Silice podía también no ser verdad y, antes de que ella abriera la boca, le ahorró el mal rato.- Mejor, déjalo. Disfrutemos simplemente del baile.

Pero Herta sentía que debía un mínimo de explicaciones al Príncipe; más aún desde que él le había concedido la opción de no darlas.

Estaba pensando qué podía contarle que no pusiera en riesgo ni a ella misma ni a los demás cuando una pareja llegó bailando a su lado y se detuvo de una manera muy poco ortodoxa.

-Buenas noches, primo Kasimir -dijo Gloria, rompiendo totalmente el protocolo-. Veo que conoces a Herta.

El Príncipe dejó de bailar y la música se detuvo. Herta notó cómo todos los pares de ojos que aún no lo habían hecho se fijaban en ellos. Así sí iba a pasar inadvertida…

Kasimir conocía a su prima, por supuesto, aunque no recordaba haber tenido nunca una conversación con ella o con su hermana. Dirigirse a él así, y en este baile, era del todo inapropiado.

Cecilia llegó rauda a sacarla de un brazo y a disculparse con una reverencia ante el Príncipe. El joven que bailaba con Gloria no sabía si quedarse más extrañado ante el comportamiento de la hija o de la madre.

Cuando hubieron desaparecido las dos de la vista, se oyó una sonora bofetada y, a continuación, los músicos empezaron a tocar de nuevo.

Kasimir miró a Herta arqueando las cejas y sonrió.

-Se suponía que tu tía debía deleitarnos con un recital tras la cena, pero no sé si seguirá con ganas después de esta escena. Me parece que las grandes ocasiones no le sientan muy bien.

Herta se preguntó si alguna vez, cuando estuviera muy lejos, podría llegar a recordar a sus dos hermanastras y a su madrastra con cierta nostalgia. Tal vez cuando estuviera muy viejita… y senil.

Al terminar la pieza, la Duquesa anunció que la aclamada soprano amateur Cecilia De Notenough les deleitaría con una selección de las más bellas canciones tradicionales del reino. El Rey la miró complacido, pues se lo tomó como un halago a su persona, y Cecilia habló con los músicos mientras el resto de invitados se acomodaba en las sillas que rápidamente empezaron a colocar los sirvientes.

Kasimir abandonó a Herta y fue a reunirse con un grupo de personas a las que ella no conocía. El que, de repente, la dejara sola la sorprendió casi tanto como la atención que le había prestado hasta entonces.

Un sirviente le ofreció una silla que iba a colocar a su lado y ella la aceptó.

Muy pronto, la voz de Cecilia inundó la sala. Herta la había oído cantar algunas veces en la casa. Su voz distaba mucho de ser “aclamada”, pero, sin duda, sí era potente y tolerable; agradable, incluso, en varios fragmentos.

Herta estaba segura de que ahora no recibiría ninguna visita inesperada de sus amigos ratones. Todo el mundo estaba callado, quieto y atento, y si alguno de ellos circulaba por entre las sillas, sería visto.

Lejos, entre la gente, Regine conversaba disimuladamente con su acompañante de la cena mientras fingía, a ratos, que escuchaba a su madre. Gloria no estaba; o al menos su prima no la veía desde su sitio; al chico que había bailado con ella, tampoco (rubísimo, muy alto… difícil de no identificar).



Monica Euen

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En el texto hay: magia, misterio, amor

Editado: 26.08.2019

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