Los ratones de la cocina

Capítulo 25

Habían salido a la calle. A pesar de lo que había dicho Adalberht, sí que era tarde, y Flora se sentía cansada y con ganas de acostarse. Aun así, se alegraba de que Detlef quisiera hablar con ella.

-Supongo que procede una disculpa -le dijo.

Él se sorprendió a sí mismo no siendo capaz de darle la razón abiertamente. A la hora de la verdad, toda su vida como criado le impedía recibir con naturalidad ─mucho menos exigir─ las disculpas de quien había sido ─¿aún era?─ su Señora.

Afortunadamente para él, no tuvo que decir nada al respecto. Flora le pidió perdón voluntariamente por su salida de tono, y especialmente por el comentario respecto a él y la Duquesa. También le pidió que no dejara a Adalberht y a Herta por su causa.

-Lo dices como si tú ya no fueras a estar.

-Creo que os voy a perjudicar, Detlef. En realidad, ya lo he hecho. He desbaratado los planes que Adalberht tenía aquí.

-Si Adalberht es la mitad de honrado de lo que pretende ser, no podría hacer buenas migas con gente como los Enbojup. Te diría que sólo le has abierto los ojos a cómo son en realidad; pero es que ni siquiera es así: Han sido ellos mismos los que se han destapado. Y si no hubiesen comido tus hierbas, o lo que sea que les preparaste, Adalberht y yo les habríamos zurrado bien, te lo aseguro.

Ella lo miró con profundidad a los ojos.

-Entonces, ya no estás enfadado conmigo.

-No, no lo estoy. Pero me dolió lo que dijiste. Yo… no sé lo que tú pensarás, Flora, pero yo no vengo con vosotros porque espere ayuda de Adalberht. Vengo por ti… únicamente. Está claro que, después de lo que me hizo la Duquesa, iba a alejarme de allí cuanto antes. Pero podría haberlo hecho en cualquier dirección. No me mueve ningún otro interés, Flora. Me mueves tú. Necesito que lo sepas. Y es por esa razón que no puedo soportar que insinúes, o que directamente me digas, que soy un esbirro de tu madre. Yo nunca la he apreciado. Simplemente, no pensé que pudiera hacer otra cosa que no fuera obedecerla, a ella o a cualquier otro amo. No tenía razones para aspirar a otro destino, ni ilusión para arriesgarme a averiguar si podía. Tú me has proporcionado esa ilusión. Pero si dudas tanto de mí todavía…

Ella no le dejó acabar la frase. Lo besó. Con toda la dulzura de un primer beso; con toda la pasión de un amor contenido y frustrado durante largo tiempo. También con el valor de la promesa de confiar.

Él, por su parte, le ofreció el mismo valor y la misma promesa.

 

Flora fue la primera en abrir los ojos por la mañana. Su compañera de cuarto seguía dormida en la cama de al lado y ella permaneció sin levantarse, disfrutando de las ilusiones que flotaban en su cabeza.

Ahora ya sabía de los sentimientos de Detlef. Ahora ya podía apoyarse en ellos para ser más fuerte y continuar.

De nuevo, tocaron a la puerta. Esta vez abrió ella.

Volvía a ser Adalberht; pero, ahora, su semblante estaba gris y profundamente entristecido.

-Adalberht, ¿qué ocurre?

-Flora -dijo éste, cogiéndole la mano-. Siéntate.

La llevó hasta la cama y ambos se sentaron en el borde. Herta seguía sin despertarse.

-Ha ocurrido algo durante la noche. No he querido venir sin intentar antes solucionarlo, para no alarmaros innecesariamente, pero no ha sido posible.

-¿Qué pasa? ¿Qué ha sucedido? -preguntó la muchacha, ante la pausa prolongada de Adalberht.

-Flora, Detlef…

Adalberht la miraba, incapaz de completar su anuncio. Ella lo empezó a ver claro: Se había marchado. A pesar de su conversación, a pesar del beso, él había encontrado razones para irse y no estar más con ella. ¿Por qué se había engañado pensando que una simple disculpa podía compensarlo por el insulto tan grande que ella le había infligido?

-Detlef ha sufrido un colapso hace un rato. He ido a buscar a un médico; he ido a buscar a Oda también, pues su padre era médico y sé que ella es bastante hábil en estas situaciones; pero no han podido hacer nada.

Tras sus cábalas, la información la estaba pillando tan desprevenida que le costó trabajo reaccionar a lo que, de hecho, estaba oyendo.

-¿Qué? ¿Cómo que no han podido hacer nada? ¿Qué me estás diciendo, Adalberht?

Adalberht se sentía un miserable por estar causando dolor a su amiga y se resistía a seguir hablando.



Monica Euen

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En el texto hay: magia, misterio, amor

Editado: 26.08.2019

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