Los ratones de la cocina

Capítulo 28

Antes de desayunar, Flora salió a la puerta de la casa de huéspedes donde se alojaban para ver si venían sus dos amigos, ahora casados, tal y como habían quedado en hacer. Desde el principio, a ella le había parecido muy improbable ─y absurdo─ que fuesen a cumplir el compromiso ─que ellos mismos habían insistido en crear─ de no alargar su noche de bodas más allá de la hora acostumbrada a la que solían juntarse a desayunar en la habitación de Detlef y Adalberht (ahora ya, para alegría de todos, con el primero despierto); pero se equivocó. Los dos venían caminando por la acera, Herta agarrada del brazo de su marido, habiendo abandonado ya la posada que habían buscado para pasar su primera noche como casados a solas.

Flora empezó a mover la cabeza con gesto negativo cuando los vio. Éstos sonrieron.

-Desde luego, hay que ver cómo sois.

-¿Qué? ¿Pensabas que no vendríamos? -le dijo Herta sin dejar de sonreír.

-¿Cómo sigue el enfermo? -preguntó Adalberht antes de que Flora pudiera responder a lo anterior.

-La verdad es que está mucho mejor. Ha dormido bien y dice que se siente fuerte para emprender la marcha de nuevo. Aun así, sería mejor que esperásemos, como mínimo, hasta mañana.

Flora había permanecido en la habitación con Detlef durante toda esa noche. Al no estar Adalberht, no se habría quedado tranquila estando tantas horas sin saber de su evolución. Su casi milagrosa recuperación no debía hacerla olvidar lo frágil que su estado seguía siendo. Había estado muerto. A pesar de la fortaleza que estaba demostrando, su organismo necesitaba descanso y tiempo para recuperarse.

Tras el desayuno, Adalberht, todavía con la emoción y la exultación de su feliz enlace con Herta, retomó los temas que seguían preocupando y afectando a todos.

-Cuando… Cuando dijiste que “había utilizado” un veneno similar al tuyo… ¿te referías a Oda?

Flora sabía perfectamente de qué hablaba Adalberht.

-No estoy segura. Creo que tenía en mente tanto a ella como a mi madre, como a cualquier otra persona capaz de realizar ese tipo de pócimas. Pero, lamento si te ofendí.

-No lo digo por eso. Lejos de estar ofendido, cuanto más lo pienso, más veo que tenías razón en encontrar sospechoso lo de la manzana. Y, de hecho, tu remedio basado en ello ha funcionado.

-Dijiste que su padre era médico. Eso podría explicar su conocimiento de la Química.

-Pero, ¿por qué lo haría? Quiero decir ¿qué interés podría tener en hacer daño a Detlef?

-Tal vez no sólo a él. ¿Cómo sabes que el resto de las manzanas no contenía también veneno? Tú elegiste una de ellas de la cesta ¿no es así? -le preguntó a Detlef.

Éste asintió.

-Luego podría haber cogido cualquier otra. A vosotros también os ofreció.

Tanto Adalberht como Herta asintieron. A ésta última no le habían sido ofrecidas exactamente, pero recordaba lo a punto que había estado de coger una de todas formas.

-Cualquiera de nosotros podría haberla comido -continuó Flora-. Me inclino a pensar que todas ellas estaban envenenadas.

-Sigo sin explicarme la razón -insistió Adalberht.

-Me temo, amigo mío -dijo Detlef desde la cama-, que a ti es realmente al único de los cuatro a quien conocía.

Adalberht no pudo fingir sorpresa. Era lo que lo atormentaba desde que las manzanas habían salido a relucir.

-¿Enviada por la Duquesa? -Sus ojos inmediatamente se posaron en Flora. Sabía que, a pesar de todo, podía hacerle daño con esa acusación. Pero, todas las cartas se estaban poniendo sobre la mesa. Era necesario.

-Desconozco si Oda colaboraba con ella -explicó ésta, con el único afán de ayudar, a pesar del dolor que, efectivamente, le causaba verbalizar así la maldad de su madre-. Yo nunca las vi juntas.

Los demás se sentían impotentes, al no poder aportar ningún dato clarificador.

-Esto nos lleva -reflexionó la muchacha- a relacionar todo esto también con la muerte de mi hermano.

-Creo que he sido muy desconsiderada -dijo Herta-. Apenas hemos hablado de ello. Me limité a contártelo cuando regresamos esa noche las dos a la habitación y, prácticamente, no me he preocupado de preguntarte cómo te sentías, después. Tampoco a ti te he dado el pésame como correspondía -dijo cogiendo la mano de su esposo.



Monica Euen

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En el texto hay: magia, misterio, amor

Editado: 26.08.2019

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