Los secretos de Venus

Capítulo 35

Me lancé al suelo intentando evadir a Camilo y recuperar mi arma, mis movimientos estaban destinados a tener un mejor ángulo para poder dispararle a Jaeguer sin lastimar a Venus. En el trayecto Camilo disparó su arma, escuché varias detonaciones y me preparé internamente para morir, pero antes me llevaría a ese hijo de puta de Jaeguer al infierno conmigo… Disparé.

Tengo una excelente puntería, esa bala iba con certeza y precisión hasta estallar en medio de sus ojos. No podía fallar, pero… lo hizo… ¡Maldición Falló!

¡No podía creerlo! ¡¿Qué demonios había pasado?!

Escuché a Venus jadear… a Jaeguer quejarse y Elisa gritar llamando al viejo. Examiné rápidamente, con la mirada, mi cuerpo y no vi ninguna herida, ninguna miserable gota de sangre sobre mí… devolví la mirada hasta Ares quien sujetaba fuertemente del cuello a un Camilo que no oponía resistencia alguna, todo lo contrario, miraba aterrorizado mientras su arma yacía frente a él, en el suelo ¡¿Qué carajos?!

Venus dio una patada a otra arma que yacía sobre la tierra, me di cuenta de que era la de Jaeguer, el viejo sangraba abundantemente por todo su abdomen, ella mantenía una daga en su mano ensangrentada.

A mi derecha, Elisa yacía sobre un gran charco de sangre, al parecer ella recibió todos los errantes disparos de Camilo, mientras éste estaba siendo golpeado por Ares… Nuevamente vi a Camilo con intenciones de recuperar su arma, así que hice señas a la gemela mayor quien se encargó de sacarlo definitivamente del juego.

Venus aún seguía conmocionada, respirando con cierta incomodidad, casi hiperventilando y mirando la daga en su mano. Me acerqué a ella, examinando todo a mi alrededor… nuevamente todo era tan irreal.

—¡¡Mi hijo!! ¡¡Maldito mataste a mi hijo!! —era la voz de Jaeguer, quien casi estaba arrastrándose por el suelo, buscando llegar hasta el cuerpo de Elisa.

—¡¿Su hijo?! —hablé en voz alta mirando a Venus.

¿Elisa estaba embarazada de Jaeguer?

¡Ahora entiendo la razón del encantamiento del viejo! Tanto apego no era con ella, sino con la criatura que llevaba dentro. No tenía nada contra Elisa, pero era obvio que nada bueno podía pasarle estando al lado de ese miserable asesino.

El viejo seguía desangrándose, dejando su asqueroso rastro de sangre en la medida que se arrastraba por el suelo como el maldito gusano carroñero que es.

Tan pronto como estuvo al lado del cuerpo de Elisa, comenzó a acariciar el vientre de esta, al tiempo que comenzó a reír a carcajadas, completamente desquiciado. Las gemelas y yo nos miramos confundidos, pero al mismo tiempo con nuestros sentidos en alerta por cualquier nueva jugarreta sucia que guardara el viejo bajo la manga.

 

Sentí ruido producido por la avioneta, está ya había tocado tierra, situación muy preocupante ya que no sabíamos a qué atenernos, ni siquiera estábamos seguros de haber eliminado a todos los guardaespaldas de Jaeguer… aunque todo apuntaba a que sí.

Una serie de vehículos irrumpieron en el área, claramente identificados con los logos de la seguridad nacional, los mismos se enfocaron en la avioneta que ya había aterrizado, rodeándola e impidiéndole volver a alzar el vuelo… O lo que sea que intentaran hacer.

Ares se acercó hasta Jaeguer y sin mediar palabra alguna, hundió su espada justo en el pecho del viejo, con toda la saña y el odio que le permitió su ser. Entendí perfectamente su actitud, pero aun así me acerqué a ella, para tomarla de sus hombros y alejarla de allí… Ella estaba tensa, pero al mismo tiempo todo su cuerpo temblaba, increíblemente no opuso resistencia alguna y se dejó llevar, Venus también se acercó a ella y se abrazaron, mientras lloraban… Se había acabado las torturas y los encierros.

Nuevamente se escucharon algunas detonaciones, y entonces hubo un momento en el que sólo pude centrar mi mirada en un moribundo Jaeguer.

El miserable criminal que marcó mi vida para siempre, si es que se puede llamar vida al paso de los días con un solo objetivo fijo en mente «Matar al asesino de tus padres». Me acerqué con mi arma preparada dispuesto a darle el tiro de gracia, antes que los del gobierno pudieran impedirlo, pero me detuve… no por arrepentimiento, ni mucho menos por cobardía. Verlo arrastrándose, casi desangrado y sintiendo verdadero dolor por el hijo perdido, era una situación que en ese momento saciaba mi sed de venganza. No lo negare, en cierto modo su sufrimiento sosegaba mi pena.

Justo ahora me parecía una compensación el acabar con su agonía de un disparo. ¿Soy una mala persona por regodearme en el sufrimiento de otro? Sí, muy probablemente lo soy, aunque mi conciencia me decía a gritos que sólo cumplía con una ley de vida… «Quien a hierro mata… a hierro muere».



MarilynF

Editado: 30.07.2020

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