Mariana

26- La cena

Fermín no despertó hasta la noche. Bajó de su cuarto medio sonámbulo y agarrándose a las paredes. La primera que lo vio fue Mariana y corrió a ayudarle.
—¿Por qué no nos has avisado? —Le dijo —. Hay una campanilla en...
Mariana me miró y se echó a reír.
Dichosa campanilla, pensé, riéndome a mi vez.
—No quería molestar —dijo el chico.
—No es molestia, Fermín —contesté —. Somos tus amigos ¿no?
El muchacho se me acercó y me susurró al oído.
—Necesito tu ayuda —me dijo muy bajito —. Me hago pis y no sé dónde...
—Yo te acompañaré —le dije, sonriéndome —. Agárrate a mi brazo.
Le guié hasta uno de los cuartos de baño.
—Vaya lujo —dijo el chico —, un cuarto de baño dentro de la casa...
—Tres —comenté—, hay tres...
—¿Y para qué queréis tantos...?
—Pues, no lo sé. Yo tampoco dejo de asombrarme, Fermín. ¿Quieres que entre a ayudarte?
—No, no...gracias —dijo, sonrojándose —. Podré solo...
Salió un par de minutos después y volví a acompañarle al salón comedor donde ya estaba preparada la cena.
—¿Te sigue doliendo? —Quiso saber, Mariana.
—No, ya no. Pero estar ciego es una lata —contestó, Fermín —. Ahora ya sé lo que tenía que aguantar mi abuelo...Le echo mucho de menos...
—Nosotros también —dijo mi prima —. Era una buena persona. No debió sufrir tanto en la vida.
Matías trajo la cena y enmudecimos todos. Teníamos bastante apetito pues no habíamos probado bocado desde el día anterior, así que acabamos con todo lo que nos trajo.
Mi tío estaba muy callado. Le miré a hurtadillas un par de veces repitiéndome que no le conocía tan bien como para exonerarle de mi lista de sospechosos. Motivos no sé si los tendría o no, pero de oportunidades si que dispuso. La noche anterior él entró antes que yo en la cueva buscando a Fermín. ¿Que es lo que hizo en todo ese tiempo?
Nuestros ojos se encontraron durante un instante y yo sonreí mientras apartaba la vista.
—¿Te ocurre algo, Álvaro? —Me preguntó.
—No tío Sergio, no me sucede nada. —mentí.
Mariana también clavó su vista en mí. Movió lentamente su cabeza en un gesto de negación mientras me taladraba con la mirada.
Me encogí de hombros y continué cenando sin volver a abrir la boca y sin levantar la vista de mi plato.
Para mí, mi tío seguía siendo el sospechoso numero uno.
—Mañana iré a hablar con tu padrastro, Fermín —dijo el pintor —, y le pediré permiso para que estés un tiempo con nosotros.
—Espero que no diga que no.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Simplemente por fastidiar. Él es así, puede odiar una cosa como por ejemplo a mí, pero como alguien se la quiera arrebatar, entonces pelea con uñas y dientes.
—Comprendo —dijo mi tío —. Trataré de dialogar con el primero, si se opone e echaré mano de todos los recursos que tenga a mi disposición. Cuando se trata de pelear, son dos los que dan los golpes.
—Ya, pero mi padrastro disfruta golpeando —terminó, Fermín.

                                                                                       ◇◇◇

20 de mayo de 1919.

Desperté con el sol en mis ojos. Seguro que era muy tarde, pues la claridad inundaba mi cuarto. Me incorporé y solté un gemido. Las agujetas del día anterior me pasaron factura. Había que reconocer que fue un día muy movidito. En mi sueño, recordé, aún seguía en la cueva, buscando una salida que no lograba encontrar y al final, sin fuerzas para continuar, me entregaba a esa paz y esa serenidad que todos pensamos llega con la muerte.
Un escalofrío me recorrió la espalda a pesar de que sentía el calor de ese día primaveral.
Me vestí lo más rápido que pude y salí al pasillo. No se escuchaba ni un murmullo. Me acerqué hasta la habitación de Mariana y abrí la puerta intentando no hacer ningún ruido. Seguía durmiendo. Me quedé observándola durante un tiempo impreciso, admirando lo que veía. Su cabello negro brillaba a la luz de un ladino rayo de sol que consiguiendo atravesar la persiana incidía sobre él, poseyéndolo sin su permiso. Sus ojos, cerrados, enmarcados por sus largas pestañas; sus labios algo fruncidos en una mueca de reproche, como los de una niña muy pequeña que tuviera una rabieta y el latir de una vena en su sien, muy suave, me cautivaron de tal modo que fui incapaz de dejar de mirarla.
La amaba con todos mis sentidos, con toda la pasión de mis cortos años; pero de una forma tan adulta que me era imposible explicar de donde provenía aquel sentimiento.
El rayo de sol, peregrinó hasta sus ojos y ella acabó por despertar.
—Hola —le dije cuando por fin notó mi presencia.
—Hola —dijo ella esbozando una sonrisa.
—¿Sabes que estás preciosa cuando duermes?
—¿Solo cuando duermo?
—No. Cuando duermes, cuando respiras, cuando sonríes y cuando me miras. Eres preciosa al levantarte y cuando el sueño te acecha para irte a dormir. Eres preciosa cuando, sin que te des cuenta, no puedo dejar de observarte y también cuando tus ojos revolotean sobre los míos. Preciosa como jamás he visto nada...
—Eso es precioso, Álvaro.
—No más que tú.
La vi sonreírse antes de besarme en los labios con toda su juventud, todos sus miedos y todos sus anhelos flotando en la incierta esperanza de un mañana. Un mañana que hoy no importaba. Un hoy que nunca volvería a repetirse.
—Te quiero —prometió.
—Te quiero —aseguré.



Marcus Turkill

Editado: 12.07.2018

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