8- Ruido en el silencio
El camino de regreso fue tranquilo, pero dentro de mí… no había silencio.
No podía dejar de repasar cada palabra que Kai me había dicho. Cada gesto suyo, cada pausa, su mirada clavada en la mía. Parecía que por primera vez alguien me hablaba sin gritarme, sin juzgarme, sin esperar que respondiera de inmediato.
Y eso me desarmó más que cualquier grito.
Mis pasos sonaban vacíos, igual que el pasillo que atravesaba, pero mi mente era un torbellino. ¿Por qué me eligió para mostrarme ese lugar? ¿Por qué yo? ¿Qué vio en mí que ni siquiera yo soy capaz de ver?
Suspiré. Siempre había sido así… acostumbrada a pasar desapercibida, a esconderme en ropa grande, en mi diario, en las paredes que construí desde que aprendí que confiar duele más que callar.
Pero entonces él llegó. Como una grieta en mi coraza. Una grieta que no se cerraba… y que extrañamente, no dolía.
¿Es esto lo que se siente cuando alguien te ve de verdad?
Me detuve un segundo, apoyando la espalda contra una de las columnas del patio. Miré al cielo como lo hizo él. Cerré los ojos. Y por un momento, me permití imaginar que podía ser fuerte. Que tal vez, en ese refugio que ahora compartimos, también podría aprender a no hundirme tan fácilmente.
No lo entendía del todo… pero sus palabras seguían ahí, grabadas en mi mente:
"Te enseñaré a no agachar la mirada."
Y por primera vez en mucho tiempo, no quise huir de una promesa.
No sabía si podría sostenerme sola todavía. Pero… tal vez, solo tal vez, no estaba tan sola como creía.
Al llegar a casa, el silencio me abrazó como siempre. Pero esta vez no se sentía hostil. Era un silencio distinto… uno que me dejaba pensar.
Tiré la mochila sobre la silla y me quité los zapatos lentamente, como si cada movimiento pesara más de lo normal. Caminé hasta mi habitación, y al cerrar la puerta detrás de mí, el peso de todo volvió a caer.
Me senté en la cama y miré el cuaderno donde solía escribir. Estaba ahí, en la mesita, esperándome como siempre.
Pero no lo abrí.
Por primera vez, no sentí la necesidad de escribir lo que pensaba. No porque no doliera, sino porque no quería esconderme detrás de las palabras. Tal vez Kai tenía razón… tal vez había otras formas de hablar, de sanar. No solo llenando hojas con frases que nadie leería.
Me tumbé boca arriba y miré el techo. Conté las grietas que se cruzaban, como si pudieran responder lo que yo no entendía.
No lo sabía. Pero sí sentía que algo en mí se movía. Algo pequeño, como una chispa. Como una voz tímida que decía: “resiste”.
Pensé en sus ojos. En cómo me miró. Serios, intensos… pero con ese brillo leve que no había visto antes. Ese que no usaba con nadie. ¿Siempre fue así con los demás? ¿O solo conmigo?
Mi pecho se encogió. No por dolor. Por miedo. Miedo a volver a confiar, a equivocarme, a abrir una parte de mí que nadie había tocado en años.
Pero también… había esperanza. Y eso me asustaba más.
Me giré de lado y apreté la almohada entre los brazos. No lloré. Pero me sentía frágil. Como si estuviera hecha de cristal, y por primera vez alguien lo supiera… y aún así, decidiera acercarse.
"Quédate, incluso si no sabes porque"
Recordé esa frase y una sonrisa involuntaria se escapó. Una mezcla de ironía y ternura. ¿Por qué me hacía sentir así? ¿Cómo podía alguien tan gruñón decir algo que se sintiera tan real?
Quizás él también estaba roto. Pero no se rendía.
Y quizás, eso era lo que más nos unía. No nuestras cicatrices… sino el hecho de que aún seguíamos de pie.
La noche cayó sin que me diera cuenta. No encendí la luz. Me gustaba cómo la oscuridad me envolvía lentamente. Me hacía sentir menos expuesta. Más libre para pensar.
No sabía lo que venía. No sabía qué seríamos él y yo, ni si esto que estaba empezando a sentir tenía nombre.
Solo sabía una cosa:
Por primera vez en mucho tiempo, no quería desaparecer.