Memoria rota

Capítulo 1

13 de julio del 2005.

 Abrí mis ojos totalmente aturdida, dolorida... Desorientada. ¿Dónde estoy? Algo dentro de mí reaccionó y reconocí el espacio totalmente en blanco, frío, con olor a desinfectante. Es un hospital. ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué ocurrió conmigo? ¿Porqué... No sé nada?

 Me descontrolé, la respiración me comenzó a fallar y no encontraba mi voz. Intenté buscar a alguien a mi alrededor, pero solo habían más personas postradas en camillas, mi cerebro no respondía, no reconocía a nadie y para más colmo... Mi nombre no rebota en ninguno de los rincones de mi cabeza. Fue entonces cuando el pánico me ganó.

 Esa fecha se convirtió en el día de mi nuevo nacimiento, una de las enfermeras que corrió a mí cuando grité me bautizó como Anaís. Dijo que tenía cara de Anaís, así que me quedé con ese nombre.

—me llamo Anaís y tengo ocho años —susurraba para mi cada minuto.

 Ese día los médicos me dijeron que sufrí amnesia, por lo que no recuerdo mi nombre y, lo más importante, si tuve una familia.

 16 de julio.

 Fue el día en el que, sin saber qué hacer conmigo, me llevaron a un refugio de chicas. Uno en el que todo empeoró al recibir rechazos y maltratos por todos allí dentro. Me determiné tratar de recordar, así sea por fragmentos, todos y cada uno de mis recuerdos.

 

 25 de mayo de 2015

–¡ya despierten perezosas! ¡Hora de desayunar! –grita Karen, mi madre, detrás de la puerta, golpeando una cacerola con pudor.

 Desperté exaltada en mi cama después de una ridícula pesadilla. Igual que casi todas las noches.

 Después de venir a vivir aquí comencé a tener muchas pesadillas, lo más loco aún es que es solo de momento, porque al instante de abrir mis ojos, desaparecen las imágenes. ¡Ni siquiera las recuerdo! Pero cada vez que puedo retener una pequeña imagen, la escribo en una libreta para así unir algunas piezas. Al final mi mente no se abre a las imágenes, como si no quisiera encontrarse con mi pasado.

 Me dirigí al baño, arrastrando mis pies, decidida a lavar mi cara, y como mala costumbre mis compañeras de cuarto me dejan fuera.

— ¿dónde crees que vas, enana? — me empujaron entre todas y estamparon la puerta en mi cara —. Tú no entras aquí.

— ¡espero que se les caiga la bolsa de maquillaje en el inodoro!

 Como toda una valiente salgo corriendo al patio después de gritar eso, y remojo mi rostro en el lago que está frente del asqueroso refugio. Es mas tranquilo que esperar por el baño de mi habitación. El agua cristalina, el amanecer frente mis ojos. Simplemente paz por unos minutos. Por unos diminutos e insignificantes minutos.

 Al acabar de limpiar mis dientes y respirar un poco, solo un poco, fui al comedor para desayunar. No me a tocado cocinar hoy ¡Gracias a Dios! Pero nuevamente me toca desayunar sola.

 Tomo mi comida pasando de largo a algunas mesas en las que, casi, todas las chicas murmuran de mí. Me siento en una mesa aislada a las otras, disfrutando de mi amiga soledad. Las demás chicas me creen retrasada, loca, hasta peligrosa, pero eso no era lo peor.

— ¿Anais, te puedes apresurar y termina de desayunar? ¿Piensas que te pagan para quedarte? ¿Acaso quieres que te despidan? ¿Cómo rayos piensas que mantendremos el refugio?

 Me tenía hasta la coronilla sus preguntas de mierdas. ¡Es una tortura!

— Más que refugio parece la cárcel —Murmuré.

— ¿qué dijiste? – Haló de mis cabellos hacia atrás fuertemente —no hagas que te rasure la cabeza, niña. No tengo tiempo para soportar a mocosas respondonas. –soltó mi cabello con rudeza.

— Da igual —suspiré masajeando mi cuero cabelludo —. Ya voy. Además, primero debo ir a la escuela —le contesté con mi semblante totalmente serio y me fui a alistar para el colegio.

 Contestarle a tus mayores no es algo que los hijos debería hacer, pero con ésta mujer no me dejaría intimidar. ¡Olvidenlo!

 Estoy acostumbrada a estos maltratos desde que llegué aquí, tanto por mis compañeras como por mi "madre". No estoy segura de si en verdad las madres actúan así con sus hijas. He leído de amor de madres, pero esto es otra cosa.

 Terminando de ducharme, me vestí con mi uniforme, cepillé mi cabello y tome mi mochila dispuesta a salir de ese horrendo lugar. Primero tenía que caminar un largo recorrido para llegar a la ciudad, tomé un bus hacia mi colegio, me senté en uno de los puestos con ventana abierta y saqué la cabeza como un perro. Suspiré de alivio.

 Éste era uno de esos momentos en los que mi mente puede pensar pausadamente, sin que me griten o maltraten, solo el viento rudo en mi cara. Me hace pensar en cómo construir un buen futuro para mí.

 Después de unos veinte minutos llegué a mi colegio, nuevamente tarde, así que corrí lo mas rápido posible a mi aula. Cuando entro ya habían iniciado la clase. Traté de entrar desapercibida pero...



Diohannis Gabriela Alguaca Dayar

Editado: 05.09.2020

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