Memoria rota

Capítulo 11

Aburrimiento. Si hay una palabra que no existe en mi diccionario es aburrimiento. Jamás me quedo en un sitio sentada, viendo a la nada con los brazos cruzados mientras Cris está en la universidad. Es obvio que no empezaría sino cuando comience el nuevo semestre, pero tampoco puedo soportar un segundo más de silencio en este lugar. Debía hacer algo. Tal vez caminar la ciudad, comer algo en la calle, o conseguir un nuevo empleo; ya que el anterior cerró por la partida de Elizabeth.

 Decidida a no ser rapunzel, encerrada en esta enorme casa, descuelgo mi chaqueta dispuesta a experimentar nuevos ambientes. Después de todo soy libre de hacer lo que me venga en gana ahora que no tengo responsabilidades y me espera un buen futuro.

—¿a donde la llevo, señorita? –me pregunta el taxista, a través del espejo retrovisor.

—no lo sé. –sonreí apenada. –no conozco lugares de Nueva York que sean geniales. ¿Podría recomendarme alguno?

—¿conoce el central park?

—he oído de él. ¿Podemos ir allí?

—en seguida. –devolvió mi sonrisa amablemente.

 Central park es el zoológico más bonito de la ciudad, o al menos es lo que dicen los demás. Sinceramente nunca tuve tiempo de ir a ese zoológico y me emociona mucho ver animales de cerca.

 Le pagué al taxista en cuando avisó que habíamos llegado, miré el anuncio que traía su nombre y mi estómago hizo cosquillas de la emoción. Amplié mi sonrisa antes de aventurarme en ese lugar lleno de gente y animales.

 Simplemente hermoso al solo entrar. Pensé en listar las cosas que podía hacer en pocas horas aquí, y tal vez buscar otro lugar que me interese visitar, o un empleo nuevo. Comenzaré por un helado, no está demás comer un helado mientras veo a los animales.

 después de probar el helado de chocolate con nueces y ver a las cebras, seguí los mapas buscando específicamente al animal personalmente más hermoso de todos: El elefante. Morí tan solo ver un pequeñin bajo las patas enormes de su madre. Si tuviera una cámara la llenaría solo con fotos de ese elefante.

 Justo a mi lado estaba un chico tomando fotografías con una cámara profesional. Quizás sea una mala idea, pero no pierdo nada al intentarlo.

—hola, ¿podrías sacarme una foto cerca del pequeño?

—¿pasarás la cerca de los elefantes? –me miró como la rara más rara del club de los raros.

—eh. No. Solo que aparezca el elefante y yo en la foto.

—tranquila. Solo bromeaba.-rió con diversión. –¿estás lista?

—si. Cuando quieras.

 Arreglé mi cabello antes de sonreírle a la cámara como mejor me salía. Tardó más de lo esperado, pensé que me congelaría o que mis mejillas sufrirían un calambre.

—listo.

 Abandoné mi pose en busca de la fotografía.

—se ve perfecta. –Sonreí en agradecimiento.

—¿a donde debo enviartela?

—ah... Eh. Supongo que a mi E-mail está bien.

—genial. Te la enviaré entonces. –sacó una libreta y bolígrafo, entregándome ambos objetos.

—te lo agradecería muchísimo. –devolví sus pertenecías en cuanto terminé de escribirle mi correo y me sonrió a modo de respuesta.

—soy Zack. Por cierto.

—Anaís. –extendí mi mano, recibiendo su estrechamiento. –gracias por la foto. Adiós. –me despedí con un simple gesto a seguir viendo más cosas nuevas a mis ojos.

 Fue una primera experiencia muy bonita, probé una manzana acaramelada y realmente no me gustó después de la quinta mordida, era tediosa. Almorcé un HotDog y tan solo ese bastó para llenar mi estómago, compré una botella de agua y me senté en una banca cerca del león.

 Por quinta vez pensé en la posibilidad de conseguir un trabajo, uno temporal hasta que comience los estudios. Pero qué clase de trabajo. ¿Otra cafetería? Es la única experiencia que tengo.

—disculpe, señorita, ya vamos a cerrar el parque.

—oh. Está bien. –me levanté del asiento apenada ante la cuidadora.

—no se preocupe. –me regaló una simple sonrisa antes de seguir de largo.

 Cuidadora

—disculpe, señora. –me apresuré a seguirle el paso. –¿no están necesitando más cuidadores en el zoológico?

—¿quieres trabajar aquí? –se expresa cons sorpresa. –tendrías que tener experiencia con animales. No podemos arriesgarnos en contratar a gente que no pueda alimentar a los animales, cambiar el agua a algunos de ellos, limpiar sus hábitat. Cosas así.

 Mordí mi labio inferior con nerviosismo. Yo no puedo hacer nada de eso. Si acaso cerrar el parque. Rayos.

—muchas gracias.

—no hay de qué.

***

 Pasear la gran manzana estuvo divertido e interesante. No tuve tiempo de visitar todos lo monumentos y atracciones de la ciudad, el sol estaba bajando y eso indicaba que si en quedaba un minuto más en las calles, sin tener con qué comuncarme, Cris se preocupará. Llamé un taxi tan pronto lo vi, le di la dirección de la casa y hasta allá condujo.



Diohannis Gabriela Alguaca Dayar

Editado: 05.09.2020

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