Memoria rota

Capítulo 18

Creo que tengo problemas de concentración. Hace días que trato de estudiar para mi próximo examen pero no logro ni captar las primeras lineas. Tampoco he podido dormir las horas necesarias, y casi caigo rendida en una de mis clases. Hace días que mi apetito se reduce a desayuno y barras nutritivas. Por lo menos trato de mantenerme con la comida más importante del día.

 De igual forma, cuando digo "desde hace dias" me refiero a desde el encuentro con Raily. Simplemente no he dejado de pensar en lo grosera y prepotente que se presentó ante mí, si no supiera que fue ella la que alteró mi prueba de admisión, no sabría que hubiera sido de mí. La crisis en la que entré fue muy alarmante si me pongo a analizarla. Literalmente estuve a punto de desfallecer.

 Tres toquecitos en la puerta de mi habitación me hicieron apartar la mirada de los apuntes que, aparentemente, estoy estudiando. Giré la silla de mi escritorio a la puerta para permitirle el paso a la única persona que vive conmigo. O que me dejó vivir con él?

—¿aún no sales, rubia? –cerró la puerta tras suyo para acercarse a mi escritorio. Arrugué la nariz, negando con mi cabeza a su retórica pregunta.

—bajo en un minuto. Solo estoy estudiando. –señalo el desorden de hojas y notas sobre el pequeño escritorio.

—Ana, son las nueve de la mañana. –ojeó mis apuntes, negando frenéticamente ante mi letra de niña. –enfermarás si no desayunas.

 Sonreí aparentando inocencia, no quería que se enfadara por saltarme el desayuno cuando no lo he hecho.

—la verdad es que tomé algo del refri antes de que te levantaras y me encerré aquí.

—¿antes de que me levantara? Y a que hora te haz levantado tu si yo lo hice a las cinco de la mañana.

 Estuve despierta toda la noche, pero no le diré eso. ¿Para que me obligue dormir y perderme todo el día? No.

—¿ya haz terminado? Quiero seguir estudiando, Cris. –fruncí mi ceño y mis labios en un puchero.

—vamos. Hice algo para ti. –tomó mi mano entrelazando sus dedos y despegó mi trasero de la silla. Al instante todas mis extremidades se quejaron. –luego seguirás estudiando.

 Gruñí un asentimiento gracioso para él, arrastrando mis pies hasta la salida. Cristopher preparó algo para mí. Quería reír, pues él no cocina. Si acaso puede preparar un tazón de cereal con leche, y la última vez que lo hizo le echó sal, haciéndome escupirlo; así que cuando Cristopher dice que preparó algo para mí, me da miedo.

—Tadah!

 Bien... No es un tazón de cereal. Ni tampoco tostadas quemadas. Mucho menos son huevos revueltos en sus propias cáscaras.

—¿te agrada? –cuestionó, tenso por mi silencio inesperado. Sonreí sin poder evitarlo.

—es muy hermoso. –apreté el lazo de nuestras manos antes de abrazarme a su brazo para ocultar mi ridícula sonrisa avergonzada.

 Había olvidado por completo que estoy cumpliendo los dieciocho años. ¿Tan distraída he estado que hasta mi cumpleaños olvidé? Bueno, no realmente mi cumpleaños, sino el día que desperté en el hospital después de mi accidente. Pero eso no importa ya...

 Justo frente a mí, encima de la barra de la cocina, se encuentra un bello arreglo de flores púrpura en una canasta decorada con mi nombre y dos globos que forman un dieciocho. Sentí mis vellos erizarse ante el hermoso detalle enfrente mío.

—me encanta. –suspiré, alejándome de él, tomando entre mis dedos una nota de felicitaciones que había dentro de la canasta. Arrugué la nariz, reteniendo una risa por el mensaje escrito en ella.

 Feliz cumpleaños, preciosa. Sé que amas que te llame asi, y no entiendo porqué lo niegas. Deberías meterte en la cabeza que eres preciosa para mi, y si lo eres para alguien más le partiré la madre. Recuerda: aceptaste ser solo para mi.

 Te quiero, preciosa.

—además de eso –quité mi atención de la nota para mirarlo caminar a mí con una caja de terciopelo azul. Sonreí al verle. –, sé que odias que te consienta llenándote de regalos y demás –lo miré seria, como para probar su punto. –. Pero no sé qué otro método usar para demostrarte... Cuanto te quiero.

—cielos. Me vas a hacer llorar. –solté con un poco, sólo un poco, de sarcasmo. Reí por su reproche gesticulado al cortarle a medio discurso.

—¿en donde estaba?... Ah. –acalró su garganta y yo reprimí otra risa. –creo que es todo. Lo leíste en la nota, aceptaste ser solo para mí. Así que.. –abrió la caja y un bonito brazalete de plata brillaba encima de la tela negra.

 Yo soy la rubia

 Era lo que las pequeñas letras colgantes escribían en la cadena brillante, por lo cual lo miré totalmente confundida. La respuesta llegó cuando me mostró su muñeca, dejando ver otro brazalete igual que el de la caja, pero este decía otra cosa.

—soy sólo de la rubia. –tradujo el escrito. Estallé en risa cuando la resolución llegó tarde a mí.

—yo soy la rubia. –repetí las palabras de mi brazalete. Esta vez fue Cris quien rió, colocando el brazalete en mi muñeca derecha y después besar el dorso de mi mano.

—puedes volver a estudiar –pasó sus manos a mis mejillas y besó dulcemente mis labios. –, saldré por unas cosas y regreso rápido.



Diohannis Gabriela Alguaca Dayar

Editado: 05.09.2020

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