Mensajes en las Montañas

MAGIA EN LA MONTAÑA, (a modo de prólogo)

Tenía algo de frío, pero no era del ambiente, sentía su corazón algo helado; trató de calentarse frotando sus manos, y de pronto supo que no podría calentarse más, porque su corazón mismo estaba totalmente en un sitio helado. No podía transportarse a un lugar cálido, se sintió inútil, ya no era dueña de sus pensamientos. Decidió subir la montaña, «su montaña», aquella que le había regalado su padre hace tiempo, pero que ahora le pertenecía a ese joven rico; que, con su gran carisma, convenció a la familia de que le vendan el terreno. No lo hicieron por dinero, simplemente era una costumbre familiar el siempre tener algún terreno que vender cada diez años. Y a ella le invadió una tristeza enorme cuando decidieron deshacerse de esa montaña tan especial. «Era la montaña de mi padre, era ahí donde él se sentía a gusto; con sus fantasmas, sus duendes, sus muchas bestias que le venían a visitar, ya sean imaginarias o reales.»

La montaña ya estaba ocupada por muchos trabajadores que preparaban la tierra para sembrar, sólo una parte de la meseta, pues era en verdad muy grande. Se esforzó más por subir hasta encontrar al joven dueño que ya lo divisó desde que empezó a ascender. Ahí estaba, también carismático con sus trabajadores, ayudando personalmente en algunas actividades, con esa sonrisa tan calurosa que le hizo extrañar los gestos de su padre.

—¡Señorita! —dijo alegre, alzando la voz cuando la vio. Bajó rápidamente los veinte metros que lo separaban de ella—. Qué alegría tan grande el recibir su visita.

—Gracias por recibirme —dijo Linh, mirándole fijamente con mucho respeto.

—¿Bromea? —dijo alegre, el joven—. Puede visitarnos cuando quiera.

—Pues le agradezco que me permita eso, yo...siempre venía a la montaña a escribir o a leer. Acostumbraba ir hacia el mirador, al otro extremo.

—¿Al mirador natural verdad? —dijo el joven, mirando los pergaminos y cuadernos que Linh sostenía como a un bebé en sus brazos.

—Sí, así es, me alegra que ya lo haya conocido.

En el lado Este se encontraba un mirador natural, en la parte superior, que incluso tenía una barandilla de piedra. Quizás los dioses lo habían formado, pero se decía que fue hecha por la misma naturaleza.

—También suelo leer ahí, desde que la compré —dijo él—…bueno, incluso ya iba al mirador antes de comprar el terreno. Fui un poco aventurero, incluso iba de noche algunas veces.

—Sí, ya lo veo —dijo Linh, acomodando sus pergaminos—. Es raro que nunca lo vi, yo acudía muchas veces, cada día.

—Yo la veía a usted, señorita; a veces la veía con su padre, y muchas veces salí corriendo.

—Ya veo —dijo Linh, con una sonrisa tierna—. Bien, ya no lo perjudicaré más, lo dejo con su trabajo. Yo me voy…a leer.

—…O también a escribir.

—Sí, ésas son mis dos actividades favoritas.

—Quisiera que me cuente todas sus actividades que le dan gusto, pero no quiero incomodarla más…y bueno, yo también tengo mucho trabajo. En otra, no será necesario que venga por aquí, puede ir directo al mirador; no se preocupe, está en su montaña.

Ambos rieron en una simple carcajada. Y Linh pasó con mucha seguridad, mezclado con una nerviosidad muy exclusiva, que sólo lo reservaba para aquel joven.

Apuró su paso hasta alcanzar la cima, recordó que siempre lo hacía desde pequeña; corriendo, gritando. «Esto es mío, y de nadie más». Era una niña muy caprichosa, y desde los cinco años ya le decía a su padre apuntando a la meseta: «Eso es mío, nadie me lo quitará».

«Te lo prometo», le dijo, «solo será tuyo». Dos meses después de haber cumplido dieciséis años, su padre murió, y la familia se deshizo de su propiedad sin consultarle; solo por un ridículo protocolo. Pero sin embargo se preguntó si habría estado dispuesta a defender su montaña si le habrían consultado al respecto. «Quizás no», se dijo, «quizás en verdad soy débil, como lo afirman algunas viejas tías». Esa noche, cuando le dieron la noticia, solo lloró en su cuarto, lloró por su tierra; y porque ese lugar, todo, no solo el mirador natural, le recordaba a una magia que le llenó de felicidad. Era eso cuando recordaba su niñez, una magia impregnada. Recuerdos hermosos, imágenes que venían a su mente en los momentos de inspiración y extrema felicidad. Ella fue feliz ahí. Fue ahí, en la meseta, donde aprendió a leer y a escribir…a escribir historias. Era como si el espíritu del lugar le dictaba la trama y los diálogos.

«La montaña tiene su espíritu», le dijo su padre. Y ella le creyó.



G. Isaac Alvarez

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Editado: 27.03.2018

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