Mi caos favorito

Capítulo 12

El abrazo de Martín en el pasillo del hotel había sido un punto de inflexión. Había sido un gesto de protección, de elección. Le había dicho a Luz, sin palabras, que la prefería a la pulcra perfección de Valeria. Y ahora, en el impecable apartamento de Martín, la promesa de su “noche de números y comida china” se sentía como una primera cita real.

Pidieron la comida china que a Luz le gustaba, un desfile de colores, sabores y especias que Martín, por primera vez, saboreó sin pensar en calorías o en el estricto menú de su nutricionista. Se sentaron en el suelo de la sala de estar, sobre una manta que Luz había traído (para “proteger el precioso suelo de madera” de posibles manchas de salsa), rodeados de cajas de cartón con deliciosos aromas.

Después de la cena, llegó el momento del “trabajo”. Martín se acomodó en su sofá con su ordenador portátil, un gráfico de proyecciones financieras para el proyecto del hotel. Luz se sentó a su lado, en el suelo, con el cuaderno de bocetos en el regazo. El contraste era una obra de arte en sí misma.

—Bien, Luz —comenzó Martín, con su tono de empresario—. Necesito que revises estos números. El costo de los materiales que has propuesto es... significativamente alto. Hay un margen de error de un 20 % que me preocupa. Mis proyecciones indican que podríamos exceder el presupuesto si no somos más eficientes.

Luz miró la pantalla del ordenador. Las filas y columnas de números le resultaban tan indescifrables como a él las suyas de pintura. Se encogió de hombros.
—Martín, yo no entiendo de números. Yo entiendo de colores. Y de sentir. Y mi instinto me dice que para que la instalación sea perfecta, el precio vale la pena.

—El “instinto” no es una variable en la ecuación, Luz —replicó Martín, intentando sonar paciente.

Luz, con una sonrisa traviesa, tomó su cuaderno de bocetos.
—Claro que lo es. Es la variable más importante. Mira, te lo voy a explicar de una manera que entiendas.

En lugar de números, Luz dibujó un círculo.
—Este es el presupuesto —dijo.

Dentro del círculo, dibujó dos líneas curvas que lo dividían de manera desigual.
—Esta parte es la que tú quieres, “eficiencia” y “control”. Esta parte, la más pequeña, es la que yo necesito, “creatividad” e “instinto”. En tu mundo, esta parte pequeña es la que se corta para que todo sea perfecto.

Dibujó una X sobre la parte pequeña.

—Pero, en mi mundo —continuó, dibujando un nuevo círculo—, el corazón está en esa pequeña parte. Si la cortas, el círculo se siente vacío.

Dibujó un círculo hueco.

—Para que el círculo esté completo, la “eficiencia” y la “creatividad” tienen que estar unidas. Juntas. Uniendo sus líneas.

Con un trazo seguro, dibujó un corazón en el medio del nuevo círculo, uniendo las dos partes.

—Ahí es donde está la magia. Y el éxito. Es la lógica del corazón, Martín.

Martín la miró, fascinado. Las imágenes de Luz, tan simples y directas, le resultaban más claras que cualquier gráfico de barras. Era un lenguaje que él no había hablado nunca, pero que, de alguna manera, lo entendía perfectamente. Era la lógica del caos.

De repente, Luz se inclinó, una chispa de diversión en sus ojos.
—Mira, te voy a demostrar que mis números sí son artísticos.

Tomó el portátil de Martín, para su horror. Con una agilidad sorprendente, se metió en la hoja de cálculo. En lugar de cambiar los números, cambió el formato. Las celdas con números rojos (las que indicaban pérdidas) se volvieron de un vibrante color naranja. Las celdas con números verdes (las que indicaban ganancias) se volvieron de un hermoso color turquesa. Y la celda que indicaba la ganancia total se volvió de un brillante fucsia.

—¡Listo! —exclamó Luz, con una sonrisa triunfante—. Ahora no son solo números, son arte. Son una historia. Son una “declaración”.

Señaló las celdas de color naranja.
—Mira, esto es lo que está mal. Necesita más color. Es decir, ¡más inversión! Y esto —señaló la celda fucsia—, esto es lo que vamos a lograr cuando le metamos un poco más de arte a tu logística.

Martín se quedó sin palabras. Era una locura. Completamente inútil desde un punto de vista profesional. Pero, al ver el gráfico ahora, ya no lo veía como un montón de números fríos. Lo veía como un cuadro. La obra de Luz, su “lógica del corazón”, había invadido su mundo de la manera más insólita.

Se rió, una risa genuina y liberadora.
—Luz, no puedo presentarle esto a mis inversores. Pensarán que estoy loco.

—¿Y qué si lo piensan? —preguntó Luz, con esa lógica irrefutable—. Los locos son los que cambian el mundo. Y al menos, ¡se divertirían un poco viendo tus números!

Martín la miró, y por primera vez, sintió que no solo la admiraba como artista o la deseaba como mujer. Sentía que la necesitaba. Su caos era el antídoto para su rigidez, el color para su vida en blanco y negro.

Se acercó a ella y, con una lentitud deliberada, la besó. Esta vez, no fue un beso de sorpresa o de emoción. Fue un beso de aceptación. De rendición. Un beso que decía “eres mi caos favorito”. Luz le correspondió, sus manos en su cuello, profundizando el beso.

Cuando se separaron, sus frentes se tocaron. El silencio entre ellos era mucho más elocuente que cualquier palabra. El aire se había vuelto eléctrico, lleno de la promesa de lo que estaba por venir. El “caos” había ganado la batalla, pero en el proceso, había creado algo más hermoso de lo que Martín jamás había imaginado.




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