Mis días con el señor Perfecto

Capítulo 7

Camino a su casa, no sabía qué hacer ni decir, solo se repetía en mi cabeza aquella escena a la cual no sabría como identificarla.

— Camina más rápido. — Decía el ingrato ese.

¿Cómo se atrevió a besarme? Ya veré la forma de vengarme.

Mi celular sonó, no sabía qué hacer, era Ana. ¿Qué le diría?

¿Qué estaba en un motel con el estúpido con el que ella quiere emparejarme?

Vi a Egmont devolverse.

— Toma, contesta, di que estoy en un hospital porque me caí o algo, no puedo contestarle yo. — Dije nerviosa. Conozco bien a Ana y estoy segura que hará que Tom la lleve a casa del señor perfecto.

— Pero... ¿De qué hablas? Contéstale tú. — Se quejó.

— No entiendes, si no le dices eso, nos van a descubrir, ella va a hacer que Tom la lleve a tu casa ahora. — Grité. Él tomó la llamada y le dijo que estaba en un hospital, pero no por lo que le dije, si no que le dijo que yo tenía hemorroides.

¡Ay maldito Egmont... me la vas a pagar, lo juro!

Él cerró la llamada y lo pateé por andar diciendo mentiras.

— ¡Salvaje!— Gritó.

— Lleguemos a tu casa y cállate. — Dije demandante y arrebatándole el celular.

Caminé, por lo menos sabía que debía seguir de largo. Escuché pasos asomarse rápidamente hacia mí, al voltear, solo logro ver a Egmont riéndose mientras yo caía y me pegaba fuertemente en mi trasero.

Me paré y le arrojé una bola de nieve que recogí del suelo. Esta le dio directamente en la cara. Su risa inmediatamente cesó. Estaba enojado, vimos un guardia acercarse a nosotros y Egmont sostuvo mi mano.

— ¿Qué hacen?— Preguntó amargado el policía.

— Solo damos una vuelta. — Dijo Egmont.

— ¿Lo he visto en algún lado?— Preguntó el policía al señor perfecto.

— No creo, soy nuevo por aquí. Si me disculpa, mi esposa está embarazada y debemos ir a ver un doctor.

Morí por dentro.

— Oh, claro, sigan. Debo patrullar esta zona. — Dijo.

Egmont y yo nos despedimos y caminamos. Cuando vi que estuvimos fuera del alcance de la vista de ese, pateé en un punto bajo a Egmont.

— Desgraciado... ya sabía que eras un pervertido. Solo te advierto que si te atreves a hacer algo que no es de mi agrado, voy a matarte. — Amenacé.

— Loca desquiciada... ¡¿Cómo si quisiera hacer algo contigo?!

*

*

El resto del camino lo pasamos en silencio. Sin embargo, miles de pensamientos recorrían por mi mente. No eran pensamientos sanos, eran sicalípticos, ni siquiera sé cómo llegaron a mi cabeza...

Veía a Egmont en la habitación de aquel motel, quitándose aquella chaqueta, quería que siguiese, luego el beso...

¡No, no, no! ¡Basta, Andrea! ¿En qué estás pensando? ¡Esta no eres tú, tú no tienes tiempo para pensar en chicos y menos en esa forma tan vulgar, reacciona!

Los minutos pasaban, mi corazón cada vez más empezaba a palpitar como locomotora a toda marcha, Egmont no salía de mi cabeza. Habían pasado unos cinco días y yo sigo con mi demencia. Ana aun sigue con la insistencia de que le explique en donde nos encontrábamos Egmont y yo aquel día cuando casi me descubre en aquel lugar.

¡Qué castigo...!

Él estaba en su alcoba mientras que yo estaba en la que por ahora me correspondía. Daba vueltas en la cama, en la habitación, y nada, esta sensación no se quitaba.

¡Demonios...! ¿Qué me sucedía?

No estoy bien, lo sé, debo estar bien loca.

— Oye engendro... sal a cenar. — Dijo.

Yo caí de la cama asustada, me pegué en la cabeza y sólo escuchaba la risa de ese idiota. Me paré corriendo para patearle, resbalé con mi propio pie y caí golpeándome la nariz, Egmont se empezó a reír, cuando alcé la mirada, sentí como agua corría rápidamente hacia abajo.

— S-sangre...— Dije antes de desmayarme.



Nicole DB

Editado: 26.10.2020

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