Mon petit amour

Le plan d'elle

Antoine Bonehur poseía un alma de cristal, que amenazaba con romperse cada día más. Por todos los problemas con los que había lidiado desde que era sólo un infante, hasta ahora, cuando vagaba entre el laberinto del vivir buscando un poco de esperanza.

Aquellas manos temblorosas, aquel corazón tan sensible, y esa alma repleta de secretos.

El jóven tenía los ojos fijos en el techo de su habitación, y viajaban de un lado a otro como barcos sin un objetivo aparente.

-¿Dónde estás, Andrew? -se preguntaba a sí mismo mientras tecleaba en su computadora, esperando encontrar noticias de aquel hombre al que no le había dirigido palabra desde hacia mucho tiempo-

Andrew Walker, un inglés que había llegado a Francia en los años noventa, y se había enamorado de cierta mujer de cabello oscuro y piel pálida.

De él había aprendido que el amor podría ser tan frágil como el alma misma.

El tiempo que había pasado con su padre, se le escapaba como si fuera arena entre sus dedos, como si fuera sólo un vago recuerdo de su infancia, que se negaba a volver.

Lo había conocido muy poco, poco como para descubrir lo que escondía detrás de aquellos ojos grises, o de aquella sonrisa nerviosa.

Recordaba entonces las noches de alcohol y felicidad que compartía con ciertos hombres que nunca le gustaron a Amelié.

Los mismos hombres que le habían hecho esas cicatrices, días antes de que ella fuera asesinada.

Le reclamaban por un supuesto ajuste de cuentas, un asunto de deslealtad que Andrew había provocado.

No lo defendió en lo absoluto, sólo lo dejó, con un par de cicatrices sangrantes y muchas preguntas en la cabeza.

Antoine tenía muchas razones para creer que él fue el responsable de la muerte de su madre y ahora, muchos años después, los mismos hombres regresaban intentando localizar a aquel británico que había escapado de manera cobarde de las garras del destino.

Encontró algunas coincidencias, pero le costaba creer que aquel ser demacrado que veía en la pantalla del computador fuera su padre. 

Ahí comprendió las miradas de aquellos hombres que lo dejaron malherido en la entrada de la Rue Rouge, comprendió por qué se sentía tan inseguro aquellas noches en las Andrew creaba todas esas fiestas llenas de humo y sustancias indebidas.

En ese momento alguien tocó la puerta.

Era nada más y nada menos que Cosette Delacour, que era la última persona que deseaba ver en aquel momento.

Iba acompañada de un hombre extraño, de tez oscura y grandes lentes de sol.

-Tenemos un trato para tí. -dijeron al unísono-

.......

La señorita Bellerose caminaba por las calles solitarias, viendo las flores y el sol que brillaba fuerte sobre su corazón.

Pasó entonces por la desolada Rue Rouge y vió al chico de gafas negras teniendo un argumento con la Julieta más fea que ella hubiera visto jamás.

Antoine parecía escéptico pero por lo que Lorraine escuchaba, no tenía elección.

-Y no hagas ningún movimiento en falso, porque si no...

La horrenda Julieta señaló un aparato que Lorraine no alcanzó a reconocer, y se alejó mientras le regalaba un beso desde el aire.

La muchacha esperó a que estuvieran lo suficientemente lejos y salió de dónde estaba, para encontrarse con la mirada más necesitada de amor y cálidez del mundo.

Al encontrarse con el brillo de sus ojos sintió como se le debilitaban las piernas, hasta casi sentir que se caía al suelo.

El aspirante a escritor tomó el rostro de ella entre sus manos con devoción, mientras besaba sus labios con ternura.

-Perdoname, perdoname princesa. -dijo mientras sentía cómo se aferraba a su pecho- No podemos estar aquí, entremos rápido.

Tomó su mano y la llevó adentro, lo más rápido que pudo.

-¿Qué, qué es lo que pasa? ¿Qué te dijo? -decía ella mientras se sentaba en el sofá, con los ojos un tanto cristalizados-

Él seguía repartiendo besos por su rostro, como si la hubiera anhelado todo este tiempo.

Y es que en verdad lo hizo.

Lo abrazó, mientras lo sentía sollozar como nunca antes.

Lorraine hasta podría jurar que lo escuchó con la voz quebrada, como si estuviera a punto de llorar.

Ella hundió su cabeza en su pecho, mientras sentía como los latidos de sus corazones se conectaban.

-Nada de eso importa ahora. Lo único que me importa eres tú. Tú y sólo tú, pequeña.

Y mientras acariciaba su cabello, repitió:

-Perdoname, perdoname princesa. 

-Sólo quiero saber qué quería esa...Esa mujer.

Antoine sabía que muy dentro de sí, Lorraine la estaba insultando, pero era muy educada para decirlo en voz alta.

-Me tiene localizado. No sé cómo rayos encontró un localizador.

Pasó su mano con suavidad por su mejilla y dijo:

-Desde ahora, tendremos que vernos sólo aquí. Es el único lugar al que ella no vendrá. Pero me ha prohibido verte, y no puedo permitir eso.




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