Monocromático

Capítulo X: El pasado volvió.

Para Cassie aquel fin de semana fue un suspiro, se dedicó a escribir y adentrarse en una de sus obras, las cuales no compartía con nadie; adelantó unos cuantos trabajos de sus clases, después de todo, tenía un promedio que mantener y una distracción como Lysander Aldrich no debía impedirle seguir adelante con su vida, como si nada hubiera ocurrido... Aunque le fue imposible sacarse de la cabeza el hecho de que Lysander había leído aquellas palabras en la primera página de su libreta. 

Incluso se avergonzaba, era algo que había escrito hace mucho pero llevaba las palabras grabadas en la memoria, era incapaz de olvidarlas. 

Cassie no podía recordar por completo a sus padres, después de todo, los perdió cuanto tenía cinco años y la mayoría de sus recuerdos con ellos eran situaciones muy breves y puntuales con gran valor emocional. En su mayoría, recordaba como lucían y sus voces por un vídeo que su tía Eliana había guardado del tercer cumpleaños de Cassie. La definición de la imagen y la calidad del audio no eran las mejores, pero era un objeto atesorado. 

Cuando Eliana le había dicho a Cassie que sus padres no regresarían, ella lo tomó como un abandono, como si lo hubieran hecho apropósito y no la quisieran lo suficiente para quedarse con ella. En aquel entonces, con apenas cinco años, había tomado una muñeca de trapo que hizo con su madre y la tiró en la basura.

Era un recuerdo vivido y claramente definido para Cassie, puesto que se había arrepentido de ello durante años y cuando comprendió por completo lo sucedido: el accidente aéreo, la muerte de sus padres, la muñeca... Era sentimiento pesado que nunca logró definir, puesto que no era tristeza o arrepentimiento completamente, era algo más, pero aún así se había enroscado alrededor de su corazón y se había asentado ahí.

Más tarde a los diez u once años, más o menos, a Cassie le habían pedido escribir algo para la clase de literatura  y ella escribió sobre esa muñeca, habían sido palabras sencillas y un tanto torpes dada su edad, pero para ella habían significado todo.

Ella soy yo, yo soy ella.

Ella se perdió, yo la abandoné.

Ellos me dejaron, como yo la dejé a ella. 

Ella es de trapo, sucio y maltrecho, 

como mi corazón, como su cuerpo, como sus restos. 

Pobre muñeca, sola y asustada, 

sin sus padres para salvarla,

abandonada, como yo, 

solitaria, como ella, 

rodeada de muerte y pestilencia, como yo, 

disgustada, como ella, 

Yo soy ella, ella soy yo,

Yo soy de trapos sucios, ella de carne y hueso, 

Yo me perdí, ella no me abandonó. 

Yo me deshice de ella. 

Cassie podía recitar aquellas palabras una y otra vez, sin vacilar, sin equivocarse. Aunque había una gran verdad, con diez años no había escrito eso tal cuál, sino que le había adicionado y cambiado unas cuantas palabras con el paso de los años. En esos momentos, cuando su tía vio el resultado de aquel trabajo y leyó esas palabras se deshizo en lágrimas, había sido una de las pocas veces que Eliana había llorando, ante Cassie, por lo menos. 

Habían pasado años y Cassandra comprendió que la vida se trataba de conocer, aprender y dejar ir, que cada segundo es diferente y que los que pasan, no se podían recuperar. Reconocía que anhelaba a sus padres, que le hubiera gustado crecer rodeada por ellos... Pero también reconocía que su tía había hecho lo que estuviera a su alcance para darle a Cassie lo mejor y lo había logrado. 

En el presente, en su insulsa habitación del dormitorio, Cassie cerró con un golpazo su portátil, tras ensimismarse en su pasado, había sido incapaz de continuar escribiendo algo con coherencia. Dejó de lado el aparato y se acostó en la cama, cerró los ojos un instante y luego miró a la cama de al lado, a Helena.

La chica de dieciocho años, con las manos y el rostro manchados de pintura, estaba mirando a Cassie con los ojos abierto de par en par, y cuanto sus miradas se encontraron; la estudiante de arte soltó sin disimulo: — Das miedo.

Cassie le frunció el ceño. 

  — Sentada ahí como un ente fantasmal mirando a la nada — agregó antes de volver al lienzo cuadrado en su regazo. A Helena le importaba lo más mínimo manchar o hacer algún desastre con sus obras, sus sábanas estaban manchadas por aquí y por allá con diversos tipos de pintura, colores y tizas. 



Mélia Àngelier

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En el texto hay: oscuridad, amorjuvenil, arte

Editado: 25.01.2019

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