Necesito Cambiar

Capítulo 10: Reconstruirme sin máscaras

Durante muchos años, me escondí. No detrás de una puerta ni de un lugar físico, sino detrás de una versión de mí mismo que no era real. Me construí una armadura invisible, una personalidad que funcionaba como escudo: el que siempre está bien, el que nunca se cae, el que puede con todo. Sonreía cuando por dentro me rompía. Decía "estoy bien" cuando en realidad estaba pidiendo ayuda en silencio. Y eso... eso cansa. Eso enferma. Eso destruye.

Me costó entender que ser fuerte no era resistir todo, sino aceptar que a veces no puedo. Que la vulnerabilidad no es debilidad, sino sinceridad con uno mismo. Que quitarse las máscaras no te hace menos, sino más humano.

Vivimos en una sociedad que aplaude al que "se la banca solo", al que no llora, al que resuelve todo sin molestar a nadie. Pero esa idea de fortaleza es una mentira que nos han vendido. Porque nadie puede con todo. Porque todos tenemos un límite, una lágrima contenida, una palabra que no pudimos decir a tiempo.

Durante mucho tiempo creí que mostrarme vulnerable era dar ventaja. Que si contaba mis errores o mis temores, los demás me iban a juzgar. Entonces elegí callar. Apretar los dientes y seguir. Mostrarme invencible. Hasta que un día me quebré. No fue un gran suceso, ni una tragedia visible. Fue un cansancio profundo, un suspiro en el silencio de mi pieza. Fue darme cuenta de que no podía seguir fingiendo.

Sanar también es dolor. Lo aprendí llorando en silencio, mirando el techo a las 3 de la mañana, pidiéndole a Dios que me diera una señal, que me muestre el camino. Y la señal no fue algo externo. La señal fui yo. Fui yo el que se levantó esa mañana. El que decidió hablar. El que se permitió contar su historia. El que entendió que el cambio no llega cuando agradás a todos, sino cuando empezás a agradarte a vos mismo.

Ya no quiero cambiar para caer bien. Quiero cambiar para aportar. Quiero que lo que viví sirva para algo. Que mi voz, aunque no sea la más fuerte ni la más perfecta, diga algo que alguien necesitaba escuchar. Porque sí, me equivoqué muchas veces. Caí en deudas, en malas decisiones, en relaciones que no me hacían bien. Pero si hoy escribo esto, es porque me levanté de cada una de esas caídas.

Reconstruirme sin máscaras fue y sigue siendo el proceso más doloroso y valiente que encaré. Me duele ver hacia atrás y reconocer que muchas veces fingí. Que a veces me creí mi propio personaje. Que fui el "positivo" del grupo, el que daba ánimos a todos, mientras por dentro se apagaba. ¡Y cómo cuesta salir de ahí! Porque no sólo está el miedo a mostrarse, también está la costumbre. Uno se acostumbra a callarse. A dejar pasar. A sonreír sin sentirlo.

Pero un día me pregunté: ¿Y si me muero así? ¿Y si nunca soy quien realmente soy?

Ahí fue cuando decidí que no quería vivir más escondido. Que mis errores también son parte de mí. Que mis fracasos me enseñaron mucho más que mis logros. Que mis emociones no son enemigas, son mi verdad.

Empecé a hablar. A contar. A escribir. A aceptar que llorar no me hace menos hombre. Que pedir ayuda no me hace débil. Que decir "no puedo" también es una forma de cuidarme.

El cambio empieza cuando dejás de culpar y empezás a actuar. Dejar de culpar a mis padres, a la sociedad, al gobierno, a mis ex, a la suerte. Porque sí, todo eso influye. Pero el paso más importante lo doy yo. La decisión de hacer algo distinto es mía. La responsabilidad de vivir de forma coherente con quien quiero ser es mía.

Reconstruirme sin máscaras es aceptar que no sé todo, que no tengo todo bajo control. Es vivir más liviano, más sincero. Es no tener que demostrarle nada a nadie. Es mirar a alguien a los ojos y poder decirle: "Esto soy. Así, con mis partes rotas y mis partes reconstruidas."

Hoy puedo decirlo: me siento más libre. No porque tenga todo resuelto, sino porque ya no cargo con la presión de fingir.

Y si hay algo que aprendí, es que cuando uno se muestra como es, también empieza a atraer personas reales. Gente que no quiere verte perfecto, sino verte genuino. Gente que no se va cuando no podés, sino que se queda para acompañarte. Esas personas existen. Pero para encontrarlas, primero tenés que animarte a mostrarte.

Hoy sigo aprendiendo. Me equivoco. Retrocedo a veces. Pero ya no soy el mismo que antes. Porque el que fui vivía escondido. Y el que soy hoy, vive decidido.

Decidido a ser yo. Decidido a sanar. Decidido a inspirar, aunque sea a una sola persona, con esta historia que, más que una historia de errores, es una historia de reconstrucción.

Sin máscaras. Sin adornos. Con el corazón abierto y la verdad en la mano.

Así, como soy. Así, como sigo siendo.




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