No me digas adiós

Capítulo 72

Domingo 30 de septiembre

―¿Estás lista? ―pregunta el joven a la chica.

―¿No ves cómo tiemblo?, ¿qué te dice eso?

―Que tienes un poco de miedo.

―¡Miedo! ¡Estoy aterrada!

El joven ríe, con mesura, no vaya a ofender a la chica. Aunque es poco probable. Los últimos días se han acoplado muy bien. Se entienden, congenian. En cuanto a sus vidas, tienen pocas cosas en común. Sin embargo, cuando están juntos, cuando hablan por teléfono o se escriben, se complementan. 

Además, muchas veces la joven parece un pajarillo recién salido del cascarón, ávida de conocimientos sobre la vida. El chico, si bien no es un trotamundos ni su vida ha sido especialmente dinámica o aventurera, a sus veinte años sabe o ha hecho cosas que la joven no, y disfruta poder compartir sus experiencias con la simpática muchachita.

―No pregunté si tenías miedo, pregunté si estás preparada ―replica el joven.

―Para el caso es lo mismo.

Una nueva carcajada. Es una chica muy inteligente, joven aún, pero tiene una respuesta para todo. Le recuerda a él mismo y también a Alejandra, pero en el caso de ellos dos, la respuesta suele ser una puya; contrario a la joven, que acostumbra ser más moderada con sus palabras.

―Son las 5:50 ―señala después de ver la hora en su teléfono celular―. Según internet, el sol sale a las 5:58. Así que si no queremos perdernos el espectáculo, lista o no, es hora que empieces a subir.

La joven mira hacia arriba; treinta metros más arriba. Observa con temor la vieja escalera herrumbrada. No parece tener treinta metros de altura, sino cien o mil.

La gente acostumbra llamar al lugar “El Mirador”. Estrictamente no es un mirador, sino una vieja torre en cuya cima de concreto había un viejo tanque de agua. A medida que el municipio crecía, el viejo tanque se volvió obsoleto al no poder abastecer de agua potable a un pueblo en crecimiento. Se construyó uno tres veces más grande en un punto diferente del pueblo y el primero cayó en desuso. El tanque se quitó, pero la torre permanece en pie.

Francisco y Andrea no son los primeros chicos que, a hurtadillas, intentan acceder a la cima de la construcción. Un día la derribarán, pero mientras, al subir a la cima se tiene una vista encomiable del pueblo y sus alrededores.

―¿Resistirá? ―pregunta la joven.

―Mi amigo Otto subió el mes pasado, y el pesa dos veces más que yo, así que ya dirás.

―¿Voy primera?

―Por supuesto. Yo iré por detrás, por si algo sale mal.

―Menos mal que traje vaqueros. ―Sonríe.

―Vaqueros o no, tú ibas a ser la primera.

―Eres imposible.

―No eres el primero en decirlo.

―Querrás decir la primera. De acuerdo, voy. ¡Y mi mamá piensa que estoy tomando ponche en casa de Amanda!

Amanda es una amiga del colegio. Ese día es su cumpleaños número XV. Todo el grupo de clases fue invitado a la despierta por motivos del onomástico. Fue, participó, pero a las 5:30 se escapó con Francisco. El joven insistió que subir a la vieja torre de agua para admirar la salida del sol era una de las cosas que todo cruceño tiene que hacer al menos una vez en la vida.

Mientras inicia el ascenso, la idea de que no es la primera chica a la que el joven lleva al mirador pasa por su cabeza. Siente una punzada de celos. Empieza a sucederle bastante a menudo.

―Desde aquí se tiene una vista envidiable ―comenta el chico.

―¡Si aún no llegamos a la cima!

―Creo que me entiendes.

La joven nota el ardor en sus mejillas y sus orejas. No dice nada. Solo el silencio consigue que Francisco se abstenga de hacer ese tipo de comentarios.

Al llegar a la cima, el alba clarea el horizonte de levante. Las nubes están teñidas de rosa por la cercanía del sol. No hace mucho, viendo una película, uno de los personajes dijo que cuando al amanecer las nubes se teñían de ese color era porque se iba a derramar sangre en el transcurso del día. No recuerda qué película fue. Y tampoco cree que sea un presagio real.

La chica se para a mitad de la plataforma. Es amplia, de más de diez metros de diámetro, no obstante, apartarse del centro sería una temeridad. A pesar del miedo, una exclamación surge de su boca al contemplar a su alrededor. ¡Es maravilloso!

Siente unas manos sobre sus hombros, que la calman a la vez que la ponen nerviosa.



ManuelVilleda

Editado: 24.12.2019

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