No seré tuya #4

Capítulo 4

La señorita Alice Caruso no era cobarde. No lo era. 

El hecho que tenía un duque enfadado no iba amedrentarse, y más sabiendo que era su culpa que él estuviera así, pero tuvo que contenerse porque tenía público. Cassadra Lombart no les quitaba el ojo de encima. No quería que ella viera su lado "salvaje". Desde que regresó a Devonshire, quiso mantener una imagen más "amable" de ella. Temía decepcionarlos y que hubiera la posibilidad, una mínima, que la mandasen de vuelta al internado. Ni loca volvería a ese lugar infernal. 

Tendría que hacer un gran papel delante del duque para no remover más el fuego que estaba ya de por sí removido. 

Se produjo un silencio entre ellos tras el comentario que dijo el duque. Lo dijo tan bajo que no lo escuchó afortunadamente su hermana que no dejó de observarles en todo momento. Esa fija observación en ellos era debido por la manera que Julian estaba tratando la joven. Sabía que casi dos años atrás, su hermano había sufrido un robo en la casa de Londres. Ese robo fue orquestado por dos personitas, una de ellas, la hija adoptiva de su hermana Diane y su marido Dante. 

Podía ver que el reencuentro no había sido "cordial".

El duque había sujetado a la joven entre sus brazos porque casi se iba a caer al suelo y la sentía tensa como un palo. La fue soltando sin dejar de mirarla con la intención de ponerla nerviosa pero obtuvo el efecto contrario. La ladrona lo miró con altivez, y le sorprendió que no le diese una patada en sus partes nobles teniendo en cuenta el historial de su mala relación. 

  — Gracias, excelencia — obvió su comentario —. Sino fuera por mi torpeza, me habría caído al suelo.

Julian entrecerró la mirada. No se tragaba que ella actuara como una delicada paloma blanca ante él. ¡Hasta se había cambiado de vestimenta! Se había puesto un vestido. Le pareció extraño verla con un vestido cuando en su mente tenía grabado... Siendo consciente que estaba pensando más de la cuenta en la ropa de la joven, detuvo el camino que estaba yendo sus pensamientos. 

¡Era absurdo!, negó con la cabeza olvidándose de ello.

  — No tiene que agradecérmelo— dijo con una sonrisa que no era sincera —. La próxima vez espero que alguien me socorra y tenga el mismo trato si en alguna ocasión me caigo.

Alice se percató que el duque no iba a dejar el asunto tan fácilmente. 

Cassie le extrañaron las palabras de su hermano e iba a preguntar a qué se refería cuando él le hizo otra pregunta, haciéndole olvidar de su propósito:

— ¿La cena es la misma hora? — cambió de tema de forma abrupta —. Vengo lleno de polvo y necesito tomar un baño antes de bajar para la cena.

La joven hizo bien en mantenerse callada y apartada. 

— Sí. Todos estarán encantados de verte de nuevo, Julian. Has hecho bien en regresar. Recuerda que somos una familia.

Él asintió aunque no estaba del todo de acuerdo. No sabía cómo actuaría cuando se encontrara con Diane, cara a cara, y nada menos con la compañía de su marido Dante. ¿Estaría preparado para verlos? Esa pregunta no paraba de rondar por su cabeza. 

— Lo sé —  le dijo mirando a Cassie directamente.

Alice sintió que sobraba de allí. Antes de dar un paso hacia atrás e irse, se topó con los ojos azules del duque. 

— Somos una familia.

 

Antes de bajar al comedor, su ayuda de cámara le preparó el traje para esa noche. Debería lucir como el duque que era. Se puso la camisa, el chaleco y la camisa sobre la parte superior de su cuerpo desnudo. Se colocó los gemelos de la familia, los que había recuperado tras que le robara. 

Los tocó sabiendo que habían estado en otras manos que no habían sido las suyas. Una sesanción rara le embargó en el pecho. Estuvo unos segundos pensando en quitárselos o no. Alguien golpeó la puerta, le dijo que pasara. 

Se quedó quieto cuando vio al marido de Diane, Dante Caruso entrar en la habitación.

  —  Señor Caruso —  lo saludó con un gesto en la cabeza —, le veo bien

  — Perdona mi intromisión pero no podía evitar en hablar con usted.

Aunque había sido su rival,  un contrincante por el amor de Diane, tenía que reconocer que era un hombre valiente y luchador. Se equivocó con él. Aun así, no estaba seguro de querer tener una amistad. 

  — ¿De qué quería hablarme? —  hizo un gesto para que el ayuda de cámara se fuera dejando a los dos hombres a solas.

Le sorprendió que Dante le tendiera la mano.

— No tengo nada en contra de usted. Para mí lo que hubo en el pasado, está más que olvidado. Quiero que sepa que no lo considero como un enemigo. Nunca lo llegué a pensar antes ni ahora.

En cambio él, sí. Pero no quería que el rencor volviera dominarlo.

— Puede tutearme Dante. No puedo asegurarte que lo trate como un cuñado pero haré un esfuerzo para que la situación no sea incómoda.




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