Noches en blanco || Krizuli

6. Necesidad

Si algo sobraba en aquel centro comercial eran tiendas y, casualmente, todas las favoritas de Dieciocho ocupaban el ala norte de la planta superior al completo. Un total de veinticinco boutiques, una al lado de otra, formaban una “u" enorme cargada de glamour, y ella seleccionaría percha por percha, en cada una, los conjuntos más chic para vestir como se merecía.

Asimismo, a Krilin no le importaba pasar su tarjeta de crédito por caja cuántas veces hiciera falta por tal de verla sonreír como lo hacía, aun a riesgo de endeudarse hasta las cejas. ¿Cómo podría negarse? La luz que desprendía su mirada no tenia precio.

De esta forma, pasarían la tarde, Dieciocho tanteando los modelos y él babeando por donde ella pisaba,  aguardando pacientemente a que terminara con su labor para pagar la cuenta. No obstante, el final de la primera compra no transcurrió así, ya que la rubia androide se fue directamente por la puerta cargando con las prendas sobre su brazo, sin más, únicamente parando sus pies la voz de Krilin:

—Pero, ¿a dónde vas, Dieciocho?

—A la tienda de al lado —le dijo ella desde el otro lado del dintel de la puerta, ignorando las alarmas que habían saltado y mirándole como si estuviera diciendo la cosa más obvia del mundo—. Vamos, necesito que sostengas esto mientras voy al probador.

—Pero habrá que pagar por esa ropa primero, ¿no? —Una gota de sudor le recorría la sien mientras hablaba de la forma más calmada posible, intentando pasar por alto el notable enfado de la dependienta que hablaba por teléfono de detrás del mostrador.

—¿Seguridad? —dijo la trabajadora sin apartar la vista un segundo del enano calvo y la rubia presumida.

—¿Puede esperar un momento, señorita? —Krilin permanecía en todo momento delante de la caja, cartera en mano, y en ese momento alzando una mano hacia la dependienta y mirándola con urgencia para que no hiciera nada indebido—. Yo me encargo, por favor. Sólo es un malentendido —se dirigió de nuevo a la androide, soportando la mirada inquisitiva de la trabajadora—. Dame eso, Dieciocho.

—Oblígame —le desafió ella alzando una ceja y con una sonrisa maliciosa en el rostro.

Krilin titubeó entonces. ¿Sería una broma o hablaba en serio? Si lo decía en serio sabía que tenía las de perder, sin embargo no quería llegar tan lejos ni por asomo. Ya le había gastado alguna que otra broma pesada de esas en apenas veinticuatro horas, así que optó por tomarlo como le hablaba su aguda intuición.

—Dieciocho, no juegues con ésto. Vas a llevarte la ropa, pero tengo que pagarla primero.

—He dicho que no —su mirada se endureció y su sonrisa se borró por completo de su cara, dejando petrificado al guerrero—. No tardes.

Y echó a andar, alzando la cabeza con altanería.

La dependienta tomó nuevamente el auricular del teléfono y marcó el número de línea interna, comunicándose directamente con la empresa de seguridad.

—Por favor, señorita, no lo haga —dijo Krilin poniendo la tarjeta de crédito sobre el mostrador—. No sé el valor de la ropa que ha escogido, pero cóbrese lo suficiente y añada una propina por las molestias.

La chica tomó el plástico con los ojos entrecerrados, mirando a ese extraño hombre bajito, sin fiarse mucho de su palabra. Colgó el teléfono nuevamente, luego de pronunciar un “Luego te cuento” al otro lado.

No hubo problema. La tarjeta tenía crédito suficiente y el hombre se marchó, con aire culpable y con prisa, por la puerta.

Y con razón, pues al fondo de la galería veía cómo ya subían un par de guardias por la escalera mecánica y empezaban a ojear lo que sucedía en el lugar. Tenía que hablar con Dieciocho antes de que se vieran obligados a salir corriendo de allí como dos vulgares ladrones.

Entró justo en la tienda de al lado, sin caer muy bien en el tipo de establecimiento que era, prestando atención únicamente a la ubicación de ella.

—Pe-perdone, ¿ha entrado una mujer alta y rubia hace un momento? —preguntó a la dependienta de la segunda tienda.

—Hace un momento ha llegado una chica, ha dejado una montaña de ropa con etiqueta aquí, ha tomado algunas perchas de aquél frente y se ha metido en el probador —Curiosa, la muchacha le dedicó una mirada de arriba a abajo—. ¿Viene con ella, señor?

—S-sí, gracias —respondió y salió corriendo a donde indicaban los letreros del techo que estaban las cabinas para probarse la ropa, dejando a la chica con mas preguntas indiscretas en la boca.

Entró por el pequeño, silencioso y bien iluminado pasillo. Se detuvo para sosegar los nervios, escuchando la música soul que sonaba de fondo en el hilo. Caminó despacio sobre la moqueta gris oscura, peguntándose cuál de esas cortinas, tres de ellas a cada lado y del mismo color de la alfombra, estaría ella.

—¿Dieciocho? —la llamó en voz baja.

—Has tardado.

Su corazón latió con intensidad al escucharla. Al fondo a la izquierda. Se quedó al otro lado, hablando al grueso telón que ocultaba las preciadas vistas. Se sonrojó.



Roveldel

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En el texto hay: fanfic, androides, dragon ball z

Editado: 01.01.2019

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