Píntame la mirada

Capítulo 31

— Te prometo que será temporal — volvió a puntualizar Isabela por quincuagésima vez mientras terminaban de recoger sus cosas de la habitación donde dormía. Luego de la declaración de su novio hace apenas unos minutos, todos se habían quedado callados, excepto su hermano Manuel que sorprendentemente, no tardo en apoyar la idea asegurándose que sería lo mejor para ella. En cambio, su madre no tardo en esconderse en la habitación a llorar.

Es duro darse cuenta de que no eres tan necesario como creías serlo.

Adrián puso los ojos en blanco, a veces esa chica podía llegar a ser exasperante.

— No hay problema si te quedas en mi casa un día o toda la vida, Isabela. Hablo en serio— « Toda la vida » se escuchaba bastante bien, pero no iba a decirlo.

  — No quiero que creas que voy a abusar de tu confianza — replicó en voz bajita, guardando un par de blusas en la maleta.  

— Si yo te lo ofrecí no es abusar, Isabela… además…— no sabía cómo decir que ese hombre no le inspiraba nada bueno y que no dormiría tranquilo con ella cerca de ahí. De hecho, no sabía cómo dormir con la idea de que Manuel y Ana siguieran con él aunque el adolescente había recalcado que se haría cargo de la pequeña.

Aún tenía plantada en su mente la sonrisa siniestra del hombre al verlo, era obvio que quería algo de él y no quería quedarse a averiguarlo. Cerraron las maletas finalmente, saliendo del pequeño cuarto de pintura rosa desteñida y cortinas viejas. En la sala de estar los esperaba Manuel junto con otra chica  que abrazaba a la niña en la silla de ruedas con mimo. Isabela se acercó a ellos, agachándose frente a la pequeña lentamente.

Estiro la mano insegura hacia el cabello de la pequeña, acariciándolo con suavidad.

 — Todo va a estar bien… no quiero que te pongas triste ¿vale? — los leves sollozos de la pequeña le hicieron ver que iba a tardar un rato, así que se decidió por llevar las maletas al auto. Eran tan pequeñas que ni siquiera fue necesario abrir el maletero, con tirarlas al asiento trasero fue suficiente.

Hizo una mueca, tenía que llevar a Isabela de compras.

— ¿Sabes que él quiere algo de ti, no? — exclamo Manuel tras de él, haciendo que diera un salto en su sitio, se dio la vuelta mirando su ceño fruncido.  Asintió —. Me preocupa que quiera hacerle algo a mi hermana…

— No voy a dejar que le haga nada— el aplomo con el que pronuncio esa frase sorprendió a Manuel momentáneamente, era como si de verdad le arrancaría la cabeza al que se atreviera ponerle un dedo encima a Isabela. Pero, sabía que no debía caer en sus palabras tan fácilmente, podría estarlo engañando.

 —Estoy confiando más en ti que en él…no me decepciones, Saavedra.

Entendía a la perfección sus dudas.

— No lo haré— señalo serio, viendo a Isabela salir de la casa, limpiando las lágrimas de sus ojos

— ¿Dónde están? — preguntó con la voz un poco rota y sintió su corazón estrujarse.

 — Por aquí— habló su hermano fuerte y  firme, por lo cual ella  no tardo en guiarse para llegar hasta ellos.

Para la sorpresa de ambos, Manuel abrazo a su hermana de inmediato.

 — Yo cuidare de Anita, pero prométeme que si te pasa algo me lo dirás— ella asintió a punto de echarse a llorar de nuevo, despedirse su familia era duro.

— Lo haré— aseguró sonriendo.  Manuel rompió el abrazo, haciéndole una seña a Adrián y metiéndose rápidamente a la casa con el único objetivo de que no lo vieran llorar.

— ¿Lista? — inquirió suavemente. Ella asintió sintiendo como el pasaba un pulgar por su mejilla limpiando una lagrima traicionera.  Tomó su mano, ayudándola a entrar al automóvil seguido de él para ir a su casa.  Tuvo que contener las ganas de reír ante lo irónico de la situación.

Si alguien le llegaba a plantear esa situación apenas unas semanas atrás se hubiera horrorizado ¿llevar a alguien a vivir con él? ¡Jamás! Escucho una leve risita de Isabela — ¿Puedo saber que te causa tanta gracia? — preguntó intentando no perder la vista de la carretera.

—Esto es muy inesperado y extraño.

—Ni que lo digas— murmuró sonriente luchando por no demasiado mirar su rostro sonrosado. Otra risilla nerviosa salió de sus labios.

— Llevamos saliendo apenas una semana y ya vamos a vivir juntos ¿Qué crees que dirá tu familia? Suerte que no puedo mirarlos a la cara — su familia... no había pensado en ellos. Se imaginó su reacción y ya no pudo contener las carcajadas.

— Dirán que estamos locos y que somos raros… pero ¿Qué importa?  Ya somos una pareja bastante peculiar— dijo estacionándose. Isabela asintió de inmediato dándole la razón. Un pintor con una persona ciega no era algo muy visto que digamos. Como había dicho antes, los opuestos se atraen… nunca le había gustado más ese dicho.

— ¡Bienvenida a casa! —  dijo su novio con exceso de algarabía cuando abrió la puerta.  Rio ante su exagerada alegría, entrando a su ya no tan desconocido hogar.

— Me va a costar aprender a moverme aquí…

— No te preocupes por eso, yo te ayudare en lo que necesites, ahora el verdadero dilema es… ¿Dónde vas a dormir? — enrojeció ante el cuestionamiento, no había pensado en eso.

— ¿Qué tantas opciones hay?— preguntó con nerviosismo. Adrián boqueó, sintiendo temor de espantarla si llegaba a sonar demasiado atrevido.

— Eh bueno, tienes varias habitaciones de invitados. Incluida donde te quedaste la primera vez... y también puedes quedarte conmigo… ¡solo si quieres!

Isabela sonrió enternecida. Estaba segura que no pretendía sonar tan adorable al hacerle la proposición de compartir cuarto.

 — Me gusta la segunda opción — respondió con intencional coquetería.  Sintiéndolo acercarse para pegarla a él y darle un beso.

— Esto parece que me va a gustar más de lo que creí…— susurró embelesado por la cercanía.  Definitivamente, vivir juntos solo era el comienzo de una larga travesía que esperaba no terminara nunca.



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En el texto hay: romance, amor novela juvenil, drama

Editado: 09.06.2020

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