Prometo no amarte

Capítulo 1

 

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CAPÍTULO I

 

Estela caminó encorvada por los pasillos del colegio y esquivó las cientos de figuras que se movían de un lado a otro mientras buscaban sus clases o simplemente perdían el tiempo. Su mirada se movía temblorosa para apuntar en varias direcciones, pendiente de que no se acercara el rostro de alguna de sus abusadoras, quienes disfrutaban de hacerle la vida miserable como si su felicidad dependiera de la tristeza de ella.

Sabía que el estar tan atenta la hacía ver más insegura de lo que ya era, pero no podía evitarlo. Hacía mucho había abandonado la idea de hacer amigos, y más bien se alegraba si podía pasar un solo día sin tener que soportar las burlas y violencia de sus compañeros. Por supuesto, el haberse acostumbrado no lograba que se sintiera menos patética al notar que estaba tan sola a sus 17 años y que probablemente seguiría así.

Mientras avanzaba, se encontró con la mirada una de las zonas verdes del colegio, donde los alumnos se sentaban a descansar y en muchos casos a quejarse de los profesores. En medio de esta, una mesa de madera grande resaltaba con unas diez figuras sentadas en ella o paradas al no encontrar asiento. Eran un grupo de chicos ricos y populares, incluso más que el resto del colegio de por sí lleno de petulantes hijos de millonarios.

En medio de aquel enjambre de víboras, Estela descubrió a un par de sus acérrimas abusadoras pegándosele a ese chico que todo el alumnado se encargada de traer a las conversaciones. Estela no solía hablar con básicamente nadie en el instituto, más que para responder a las preguntas de clase, y aun así lo conocía por escuchar de él al menos una vez al día, en especial de los labios de las chicas.

Adam Black, un chico rubio que rozaba la apariencia albina, de ojos claros y fríos como un trozo de hielo. De facciones perfectas y elegantes, como si el dinero de sus padres le hubiera impregnado el rostro desde antes de nacer. Estaba segura de que ninguna chica en el colegio se negaría a salir con él, así le dejase en claro que era un entretenimiento, y que ningún chico perdería la oportunidad de ser su amigo.

Le daba terror ese tipo. Pensaba en qué pasaría si él también se volvía su abusador con todo el poder que parecía tener dentro del colegio. Y su miedo no era del todo infundado, verlo junto a sus enemigas era lo que la hacía esconder el rostro como lo hizo en esa ocasión, en que caminó lo más rápido posible para evitar cualquier encuentro desagradable.

Cuando llegó al fin a su pupitre estaba tan alterada como cualquier mujer caminando en una calle solitaria a media noche, y antes de que pudiera sentirse levemente a salvo notó que varias personas ya dentro del aula la observaban con ese gesto cruel que ponía cada que algo malo le pasaba. No tuvo que buscar mucho para dar con la pizarra rayada con su nombre al lado de varios insultos típicos. Estúpida, hija de prostituta, puta, retrasada: eran algunas de las palabras que desfilaban en tizas de colores por la superficie negra de la pizarra.

―¿Tu madre no trabaja hoy? Tengo ganas de quitarme un antojo ―se alzó una voz masculina antes de que explotaran las carcajadas.

―No sé cómo puede seguir viniendo como si nada a nuestro colegio ―opinó otra chica―. Si es becada que al menos esconda el olor o algo ―agregó mientras se acomodaba el cabello.

Estela se quedó quieta en su mesa mientras apretada los puños y contenía las lágrimas. Nunca se acostumbraría a eso. Siempre era igual de doloroso. Sabía que en los últimos días se había extendido el rumor de que una de las mujeres que ofrecía sus servicios en un bar era su madre, y aunque era obvio que su parecido se limitaba a que ambas eran rubias, todos se habían puesto de acuerdo para aceptar la mentira como una verdad.

Ni siquiera intentó contradecirlos, entendía bien que, su madre o no, lo único que querían era tener otro pretexto para destrozarla.

Cuando el profesor entró y observó el espectáculo, lo único que hizo fue decirle en un tono neutro:

―Borra la pizarra, Estela.

Obedeció. Sabía que los profesores de ese sitio tampoco le tenían ningún tipo de aprecio. Más que el hecho de provenir de un hogar del que cualquier Trabajador Social se horrorizaría, Estela sentía que si había un Dios este la odiaba. Existían hijos favoritos que lo tenían todo, como Adam Black, y ella, que debía cargar con el peso de vivir, aunque probablemente nadie la amaba y nadie lamentaría que desapareciese.

 

 

***

 

 

 A pesar de todo, había sido un día menos problemático que los anteriores. Después de lo de la pizarra, solo se habían limitado a ofrecerle las típicas miradas de desprecio y no mucho más. De camino a la salida, siempre con la vista fija al suelo y caminando lo más rápido que pudiera, pensó que llegaría con más energía para hacer la cena y soportar los gritos de su padre.



Shiu

Editado: 25.01.2021

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