Prometo no amarte

Capítulo 6

 

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CAPÍTULO VI

 

Ese día, fue el primero en que Estela sintió deseos de llegar a su colegio, y no porque la embargaran unas enormes ganas de estudiar.

Cuando despertó, lo hizo en su cama, con una manta encima que la cubría pobremente, con la cual debía conformarse incluso en las peores noches de invierno. Esa mañana poco pensó en si le gustaría tener algo que le diera más calor. Lo primero que hizo fue levantarse como un resorte y revisar bajo su puerta para descubrir que, si alguna vez una mancha había estado ahí, ya no se encontraba. Dudó apenas unos segundos y abrió la puerta, esperando encontrarse con quién sabía qué cosa, pero el sitio estaba como siempre.

No, no como siempre. Alguien había limpiado.

Por si quisiera pensar que los recuerdos de la noche anterior habían sido solo una pesadilla, la madera golpeada y a punto de destruirse de la entrada a su cuarto le dejó claro que la escena de su padre golpeando para ingresar había sido tan brutal como la recordaba. De hecho, al pensar en su padre y buscarlo con la mirada, se dio cuenta de que este se encontraba frente a la nevera descompuesta que solo servía para guardar cosas como un cajón.

Estela se sintió temerosa al verlo voltearse, pero lo único que recibió de él cuando la miró fue un gesto del más puro desprecio y luego nada. Tan solo se encerró en su cuarto dando un portazo, algo infinitamente pacífico para tratarse de su progenitor.

El único que podía darle las respuestas que necesitaba eran Adam. Y justo lo encontró sentado en uno de los verdes jardines del colegio, rodeado de personas igual que las flores menos bonitas se agrupaban en torno a la rosa más bella. También de la misma forma en que los poderosos se acercaban al rey con una sonrisa mientras pensaban en cómo acabar con su reinado. Para Estela era un poco más de lo segundo y lo último que deseaba era tener que involucrarse con esas personas más de lo que la obligaban cuando se metían con ella, pero la ansiedad que oprimía cada órgano en el interior de su cuerpo le proporcionó una valentía inusual para acercarse a aquel círculo que nada debía envidiarle a los del infierno.

―¿P-puedo hablar contigo? ―preguntó al muchacho, bajo la mirada atónita de los que lo rodeaban.

Un par de chicos se empezaron a burlar con sus gestos, como preguntándose qué le pasaba a la loca estudiante becada que se atrevía a acercarse a ellos, pero las chicas, en especial Graciela y Cinthya, parecieron quedar tan impactadas por su mala educación que no lograron esconder los enormes ojos que querían saltar de sus rostros.

―¿Qué…? ―preguntó Cinthya cuando logró salir de su estupor―. ¡¿Qué diablos te pasa?! ¿Cómo te atre…?

Estela juntó sus manos sobre su pecho y se encogió de hombros pensando que tal vez había sido una peor idea de lo que creyó. Como para contradecir ese pensamiento, Adam se levantó, sin cambiar su expresión, y comenzó a caminar en línea recta. Estela, entendiendo el mensaje, lo siguió, y mientras más se alejaba de los rostros furiosos o burlones de los otros estudiantes, su corazón volvió a latir en paz… Hasta que recordó que su temor principal no había sido acercarse a aquellos chicos mimados, al menos por ese día.

Adam caminó hasta el aula de su siguiente clase y se recostó en la pared, cruzado de brazos. Estela observó alrededor. Había algunos alumnos a varios metros conversando, pero nadie que fuese a escuchar sus voces si hablaban a un tono normal.

Esperó un momento, después habló ella al entender que él no diría nada.

―¿Qué…? ¿Qué pasó ayer?

―Salió el sol. Personas murieron, personas nacieron. Una nueva marca quebró y…

―Me refiero a lo que pasó en mi casa ―aclaró ella molesta porque la tratara de tonta.

―Te refieres a eso ―fingió un gesto de entendimiento―. Maté a ese tipo que te iba a violar.

Ella se quedó mirándolo en silencio. Esperaba que agregara algo, o aclarara un mensaje que ya estaba claro pero era lo suficientemente perturbador para desear que lo explicara de otra manera.

Adam no dijo nada más.

―¿Lo… m-mastate? ―susurró la última palabra―. ¿Por qué?

―Tú me lo pediste.

Estela tragó saliva.

―Yo no te dije que lo mataras.

―No, pero me pediste que te salvara de él.

Ella asintió con cierta timidez.

―Pero no tenías que matarlo.

―¿Cómo podría salvarte de una violación sin matar al violador?

―Podrías solo haberlo alejado de mi casa, o golpeado, algo diferente.

Adam suspiró de la misma forma que un padre tras escuchar alguna tontería de su hijo.



Shiu

Editado: 14.01.2021

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