Red de almas

1. Jabulani

 

Nigeria, 2005

 

Los últimos rayos de sol se colaban por la ventana, me sentía extenuado y enojado, miré hacia la cama vieja y sucia, el cuerpo no se veía nada bien, estaba de un color parduzco, y su mirada daba escalofríos, sus ojos estaban vacíos de cualquier emoción o sentimiento ¿Amor? ¿Odio? ¿Envidia? ¿Ambición? Nada, no percibía nada en esa mirada. 

 

— Sólo una última vez, y tu deuda será saldada - dije a la - persona que estaba acostada, era una mujer, de unos 40 años, pero que parecía más de unos 80. 
 

Aunque no sabía bien si le hablaba a una persona de carne y hueso, o a un fantasma. La mujer movió los ojos, como si estuviera escaneando todo a su alrededor, y asintió levemente con la cabeza, soltó un suspiro y cerró los ojos de nuevo.

 

Me levanté de su cama, y salí a la carretera, necesitaba respirar, sentía que mi deuda también estaba casi saldada, pero me faltaba algo, estaba cansado de sólo encontrar pequeñas almas. Me senté en una silla vieja, los rayos del sol ya habían desaparecido del cielo, y sólo quedaba el sonido del viento contra los techos desvencijados de zinc de las casas costeras. Unos niños pasaban corriendo, mientras hacían rodar un neumático roto, gritaban y reían. 

 

Pasaron unos 10 minutos, hasta que sentí una opresión en el pecho, y una ráfaga de viento chocó contra la ventana de la casa, entrando al precario cuarto donde estaba la mujer. Entré rápidamente, me senté cerca a su cama, y empecé a rezar. El esposo de la mujer estaba por llegar a su casa, así que debía moverme rápido. Mirándola fijamente, sin siquiera pestañear un poco, recé por unos 5 minutos. Me levanté, cerré la ventana y sonreí. 

 

Tenía una más. Una completa.
 

Antes de salir de la casa, la mujer abrió los ojos inyectados de sangre, y me sonrió, tenía una sonrisa vacía, sin emoción alguna, su sonrisa era escalofriante. 
 

Años después de mi última visita a esa mujer, su hijo mayor tomaría el lugar de alguien más privilegiado, de un hijo mayor de alguien más con dinero, para ir a la escuela superior y salir adelante, dejando a sus padres en el mismo barrio pobre y hundido en la costa. 

 

Esa fue la fortuna que la mujer pidió, a cambio de vender su alma. Lo que no entienden los humanos es que, a veces, la vida mira hacia otro lado cuando uno le pide algo con ferviente emoción. 

 

Salí de allí justo antes de que el esposo de la mujer llegara y la viera con una sonrisa escalofriante y una mirada vacía. El esposo también vio una sombra salir de su casa.



 

Ya era un nuevo día, cuando me levanté de la colcha negra en la que dormía, me sentí tan lleno de vida como hace días no me sentía. No comí nada, era día de hacer penitencia, era fin de semana, y aún así, no tenía un ápice de hambre. Lave mi cara, tomé las dos pequeñas rocas que tenía en la mesa, me senté cruzando las piernas, y con las rocas en las manos, empecé a rezar. 

 

Aunque sabía que esas dos rocas no serían usadas como amuletos, tal como lo había dicho la anciana con artritis y cabello cenizo que hacía dos días había entrado a La Choza, no podía permitir el dejar de rezar mientras las movía con mis dedos, pero apartando todo eso, este era mi trabajo: hacer lo que las personas pidieran, tuvieran corazón negro o blanco. La anciana con artritis había entrado con una amplia sonrisa y dos pequeñas rocas en sus manos, las dejó encima de la mesita de pedidos, y dijo dos amuletos para la buena suerte. Otra cosa que no saben los humanos, es que, cuando uno tiene un poder sobrenatural, se da cuenta de las intenciones de las personas. En definitiva, la anciana con artritis era de un corazón negro.

 

Terminé de conjurar los dos amuletos en piedra, cuando escuché unas pisadas potentes fuera de mi casa.

 

— Señor Jabulani - una voz gruesa y nerviosa llamó, alce la vista, un hombre negro, joven y alto miraba por la pequeña ventana abierta.

 

— Te he dicho que no me busques cuando estoy rezando Ajani ¿No entiendes? - le dije, en tono brusco pero bajo, no quería enfadar a los espíritus, lo peor que se podía hacer luego de crear amuletos que no lo son, era tensionar el ambiente.

 

— Di-disculpe, señor, pero es realmente urgente - dijo Ajani, mientras se retorcía las manos - Alguien importante lo necesita en La Choza, creo que a usted le puede interesar

 

—¿De quién se trata? - inquirí mientras me levantaba de mi posición, para tomar el abrigo negro y largo que tenía en el perchero. 

 

— Se trata de Tafari Abioye, dice que necesita de los —conocimientos de usted, señor Jabulani, no me dió más detalles - respondió Ajani.

 

Después de dejar las piedras conjuradas encima de la mesita, y cerrar la ventana, me puse el pesado abrigo y salí al frío del exterior. Ajani sonrió, saludó de nuevo y me siguió hacia La Choza. 

 

 

Tafari Abioye era un señor con demasiado dinero, bien posicionado en un rango social cercano al dictador de Nigeria, se decía que era su mano derecha. Sentía demasiada curiosidad por saber el porqué ese señor requería del conocimiento de un Bokor con tan poca popularidad como yo. 
 

Ajani entró detrás de mí a la pequeña estancia de La Choza, la vela roja de la mesa grande del centro estaba encendida, y un señor robusto y alto estaba de pie, mirando alrededor. Cuando vió que habíamos entrando, empezó a caminar hacia nosotros. 


— Quédese en ese lugar, Señor - dijo Ajani, en tono de —alguien que está acostumbrado a mandar. Totalmente diferente al tono de voz que usaba cuando hablaba conmigo o con algún sacerdote. 
 

Tafari se quedó congelado en su sitio, yo me acerqué hasta él y lo miré a los ojos, sus ojos de un color negro me devolvieron la mirada. Y lo sentí, Tafari Abioye tenía algo muy grande que darme, a cambio de mis servicios. 
 



Steph Taborda

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En el texto hay: romance, magia, misterio suspense

Editado: 02.06.2020

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