Relatos cortos

Cefeida

¿Por qué el viento, una suave brisa, una leve corriente de aire, me trae recuerdos que no distingo con claridad? Algo lejano… de un tiempo muy pasado, de noches de Luna llena y astros infinitos que yacen en el misterioso cielo. De guerra y hambre. De calma y paz. De un cielo libre de faroles que encandilen; sin ruidos molestos, sin aviones, sin vehículos. Me pregunto cómo será el mundo cuando me vaya; ¿seguirán cantando las aves?, ¿el Sol despertará por las mañanas?, ¿las hojas de los árboles bailarán al son de sus arrullos? ¿Por qué uno se cree tan importante e indispensable? Si muriera hoy nadie lo notaría, ¿mis amigos imaginarios dejarían también de existir?

Estoy sentada en el frío banco de mármol de esta antigua glorieta, adornada con coloridas y variadas flores, de plantas trepadoras y enredaderas que buscan expandirse sobre sus columnas y aventurarse a conquistar. Aún no me he aprendido sus nombres; las hay azules, rosadas y violetas, blancas y amarillas, y también naranjas, son colores vivos e intensos, puros; aromas dulces y frescos.

A veces vengo por la mañana, otros días en la tarde, depende cómo me despierte, y de si tengo o no deseos de venir. Hoy me puse mi vestido dorado, me cubre hasta los talones, es modesto y coqueto a la vez, mi tía Carmela dice que los debo usar así de largos para no mostrar demasiado mi piel, y que con dieciséis años debo comportarme como una señorita. 

 

Estoy esperándolo a él, no sé si hoy vendrá, pero me dijo que cada vez que lo necesitara estaría ahí para mí, confío plenamente en él, no es ningún extraño, desde bebé puedo verlo y recordarlo, siempre estuvo a mi lado. Era una lucecita que volaba frente a mis ojos, me hacía reír y me cantaba, cuando tenía dos años era de mi altura y tenía un cuerpo humano, así es como lo veía, era el amigo imaginario que los mayores dicen que no existe. ¿Los adultos olvidan lo que era ser niño?, ¿o lo reprimen y entierran en sus corazones por haberse sentido decepcionados y desilusionados cuando maduraron y vieron que sus sueños infantiles y quimeras jamás podrían realizarse? Estas cosas solo las puedo pensar cuando estoy sola, no las hablo con nadie porque si lo hiciera me tratarían diferente. A medida que mi cuerpo crecía continué viendo a mi amigo imaginario, pero al ser un poco mayor ya no se presenta con tanta frecuencia, me dijo que mis niveles de percepción se van perdiendo y disminuyen con el pasar de los meses, ¡en verdad que no quiero dejar de verlo!

Paso mis delgados dedos por unas bellas flores que crecen salvajes en el jardín, yo lo llamo «Mi Jardín», creo que soy la única en este pueblo que no está todo el día con el celular ni jugando a esos jueguitos que no hacen más que hipnotizar a las personas, ven el mundo a través de un vidrio, no lo digo por sentirme superior, pero los observo y noto que ya no miran a su alrededor, no alzan la vista para observar las estrellas por las noches, tan solo se pegan a unas pantallas, ya no ven a los ojos, es… triste.

Transcurren unos minutos y el lugar se plaga de pequeñas mariposas, aves y colibríes me acompañan, estamos esperando que mi otro amigo llegue, pero quien aparece es mi amigable compañero en la soledad; negro pelaje y verdes ojos, estilizado y altanero, orgulloso felino salvaje, ligero y ágil, sus suaves garras lo transportan en silencio. Una fuerte brisa nos acaricia despeinando mi rojizo cabello, todos los animales se desvanecen como borrados por agua, y me quedo sola, en el mármol, frío y macizo.

El Sol se oculta y las nubes oscurecen, un aroma a mar me rodea, sé que el Ángel Sirael se acerca, es lo que precede siempre a su llegada. Desciende con gracia y ligereza, un azul halo lo rodea y extiende sus alas. Sus pies tocan el suelo y me sonríe, revolotea sus alas doradas y crea una nueva brisa, pero esta vez más cálida. Le sonrío y extiendo mi mano invitándolo a acercarse, da unos pasos y se sienta junto a mí, muy cercanos, me envuelve en sus alas y me eleva sobre todo. 

Me deposita en una nube y se eleva, dejándome ahí… yo, simple humana, no lo puedo seguir.

—¿A dónde vas? —le grito.

—Shhh, tranquila, ya regreso… —me responde alejándose.

Tras un par de minutos regresa con un pequeño frasquito con un líquido resplandeciente dentro.

—Bébelo —me dice entregándome el envase.

Lo miro alzando las cejas, con mis temblorosas y pequeñas manos lo sostengo, retiro la tapa y lo tomo. El líquido se desliza y baja por mi garganta cosquilleando, siento un nerviosismo… se mueve en mi interior, puedo sentirlo en mis pulmones y en mi pecho, estalla por todo mi cuerpo y resplandezco, mi cuerpo brilla, me elevo y me elevo más, sobre la glorieta, sobre la plaza y la ciudad. Grito. No sé si es miedo o emoción… o adrenalina, no podría saberlo.

—Tranquila, espera hasta que tu cuerpo lo acepte —me dice en mi mente.



Jo Vans

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En el texto hay: relatos cortos, amor desamor, terror

Editado: 21.11.2020

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