Relatos de mi, de vos, de todos.

GRACIAS FAMILIA

Muchas veces me criticaron, me dijeron que con eso nunca iba a llegar a nada, que ahora porque era joven me daba para vivir, porque también tenía a mis padres apoyándome, pero luego de mayor, de nada serviría. Como una vez que un día que una señora, un tanto mayor, me paró para comprarme pan, justamente me quedaba uno solamente, la señora muy amable me compro, pero luego de darme el dinero, me pregunto si estudiaba, le dije que no, me miro sorprendida y lo próximo que dijo fue “¿Y piensas vivir toda tu vida vendiendo pan? ¿No quieres ser alguien más en la vida?” Mi respuesta fue inmediata, “Antes lo quería, quería ser contador, pero encontré mi verdadera vocación, ser panadero, cuando sea grande toda mejorara y hasta mi propia panadería tendré” La señora simplemente me miro y me sonrió, no muy conforme con mi respuesta. O como otra vez que al cumplir los 18, el almacenero de la esquina de mi casa, me pregunto si no pensaba en trabajar, en otra cosa, y nuevamente volví a responder que no que en un tiempo iba a tener mi panadería, y nuevamente volví a recibir una sonrisa no muy conforme pero esta vez me dijo “Tus padres no estarán toda la vida para apoyarte y mantenerte, tienes que trabajar en algo productivo, en algo que te haga ganar más dinero y puedas sobrevivir por ti mismo, seamos realista, no vas a llegar a tener tu panadería propia como tanto sueñas“, enojado y triste, lo mire a los ojos y no le respondí, simplemente me di vuelta y Salí de ahí.

Desde los diecisiete años hacia panes caseros todos los días a las siete de la mañana, dedicando el tiempo necesario a cada uno de ellos, y cuando por fin terminaba, los envolvía en papel, y los salía a vender a las calles, a los almacenes, a las panaderías, volvía enseguida a mi casa, ya que tenía mis clientes y mis lugares para ir a vender y todos los días me compraban sin falta.

El tiempo pasaba, dieciocho años tenía y seguía, con mi cajoncito lleno de pan en los medio días, entregando en las casa, almacenes y panaderías que me compraban, mis padres siempre me miraban contentos por la ventana salir de la casa, también se ponían contentos cuando llegaba a la casa, con el típico surtido para la familia, pan, leche, arroz, huevo, frutas y verduras, y si me sobraba algo, compraba caramelos para mi hermanita.

Y un año más paso, cumplí diecinueve años y comencé a hacer galletitas de avena, bizcochos con dulce para vender, mis clientes que nunca me fallaron siempre me compraban, comencé a ganar más dinero, ya podía llevar más cosas a mi casa, guardar plata para mí, y darle para la merienda de la escuela a mi hermana, que en ese entonces, ya tenía diez años, era hermosa, era una niña carismática, simpática y muy compañera, cuando llegaba los fines de semana y ella no tenía que ir a estudiar, me rogaba poder ir conmigo a vender, con mucho gusto la tomaba de la mano y salíamos, aunque muchas veces encontraba a la traviesa comiéndome uno que otro bizcocho, mis padres siempre contentos, nos saludaban desde la puerta cuando nos íbamos, y al volver siempre teníamos una merienda preparada, que consistía de leche y pan con dulce que me sobraba de los bizcochos, muchas veces también hacia galletas o bizcochos de más, para que mi familia pudiera probar de ellos.

Cuando cumplí veinte mis padres fallecieron en un accidente de tránsito, era un sábado a las dos de la tarde, estaba terminando de repartir junto con mi hermana, cuando me suena el celular, número desconocido, pero atendí, las palabras cayeron en mi como un balde de agua fría, venían en un autobús, del centro de la ciudad, cuando el autobús se desvió, se dio vuelta y comenzó a prenderse fuego, pocos salieron con vida y mis padres no tuvieron esa suerte. Fue un año sumamente doloroso, tanto como para mí como para mi hermana, nunca deje de vender, aunque a veces había días que no tenía ánimos y me quedaba acostado, llorando, el dinero nos empezó a faltar, muchas veces no teníamos para pagar los impuestos de la casa, o simplemente para tomar un vaso de leche, mi hermana a veces comía en el colegio, algo que la amigas le daba y yo me las arreglaba en conseguir algo que me dieran los vecinos o conocidos. Pero llegué a un punto de mi vida, que veía a mi hermana sufrir, veía como a veces no teníamos para comer, no teníamos para comprarnos alguna ropa que nos gustara y fue ahí cuando dije basta, cuando dije “Yo me propuse algo y lo voy a lograr”. Comencé a trabajar duro, ya no me levantaba a las 7 de la mañana para hacer panes y bizcocho, sino que me levantaba a las 5, y pasaba toda la mañana haciendo, al medio día, iba a los lugares avitualles y vendía, luego en la tarde, conseguí trabajo en un supermercado, llegaba a mi casa a las 8 de la noche, pero comenzó a valer la pena, las cosas comenzaron a cambiar, no deje que mi hermana dejar el colegio, quería que estudie hasta el último momento, ya que ella no quería ser panadera como yo, quería ser contadora, si, lo que yo quería hacer antes de encontrar mi vocación, por ese motivo quería que ella cumpla su meta como yo iba a cumplir la mía pronto, ella por su cuenta se conseguí una beca económica, no era mucho, pero ella era feliz con eso, porque era su dinero y podía hacer con él, lo que quisiera, que casi siempre, era para comprar comida, ropa, me regalaba algo y le llevaba flores a mamá y a papá. Pasaban los años y nosotros estábamos bien, el dinero daba, comíamos todos los días juntos, salíamos de compras, cuando yo tenía libre la tarde y ella no iba al colegio, nuestros ánimos mejoraron, pudimos aceptar lo de nuestros padres y aferrarnos el uno al otro.




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